Deja de castigarte

Todos deseamos sentirnos felices, triunfar en lo que nos proponemos, disfrutar de abundancia económica, de una pareja maravillosa y de gratificantes y amorosas relaciones.

La búsqueda de la felicidad

Si te parases en la calle y les preguntases a las personas que pasan si desean ser felices, todas invariablemente te dirían que sí, a muchas, incluso, les sorprendería la obviedad de la pregunta. Sin embargo, si fueses un poco más allá y les preguntases si se merecen ser felices, la mayoría dudarían, tardarían en contestar. Si además les pusieses delante de un espejo y les pidieses que mirándose a los ojos te dijesen si realmente se merecen disfrutar y sentirse felices, la mayoría no podrían contestar, bajarían la mirada o te dirían tristemente que no.

Salvo raras excepciones, esa es la respuesta y reacción que he observado en los asistentes a mis cursos, cada vez que les he formulado esa misma pregunta.

¡Qué gran paradoja a la que nos vemos enfrentados los humanos! Deseamos sentirnos felices, pero hay algo en nuestro fuero interno que nos dice que no debemos, que no nos lo merecemos, que no es para nosotros, que solo nos podemos permitir sentir un cierto grado de felicidad y que sentir una plenitud total es sencillamente peligroso.

¿Por qué si todos deseamos sentirnos felices, triunfar, disfrutar de abundancia y buenas relaciones no lo estamos haciendo ya? ¿Por qué, si la esencia creadora nos ha dotado de la posibilidad de sentirnos felices y triunfar, no lo estamos aprovechando?

Sencillamente porque nos estamos castigando. Nos sentimos culpables de algo que no llegamos a identificar, que no logramos llevar al nivel de la conciencia, pero la sensación está ahí: hay algo que estamos haciendo mal, algo que hemos hecho mal y ese algo, sin duda, se merece nuestro castigo. ¡Nos estamos castigando y ni siquiera sabemos por qué!

Expiando la culpa

En nuestro fuero interno estamos seguros, sabemos que hay algo malo en nosotros, que hay algo que no estamos haciendo bien. Al no poder recordar qué es eso que hemos hecho, al no poder llevarlo al nivel consciente tratamos entonces de compensar de algún modo esa supuesta maldad en nosotros, castigándonos.

Al castigarnos sentimos una especie de alivio, de algún modo sentimos que estamos expiando la culpa, sentimos que estamos llegando a un equilibrio al compensar el dolor que supuestamente hemos causado.

Pero, ¿por qué sentimos culpa?, ¿qué nos lleva a todos invariable e independientemente de la cultura, la edad, la clase social o la religión a sentirnos culpables, a no permitirnos sentirnos felices al 100 % de nuestras posibilidades?, ¿por qué nos conformamos con sentirnos bien momentáneamente, con sentir momentos de felicidad, por sentirnos bien en ocasiones?

El olvido como base del problema

El problema, como todos los problemas a los que se enfrenta el ser humano, no es otro que el olvido: el olvido de quiénes somos y de a qué hemos venido.

Al olvidarnos de que somos seres energéticos en continua evolución y que esta vida terrestre no es más que un alto en nuestro camino con la única finalidad de seguir evolucionando, nos sumimos en una especie de sonambulismo, una especie de letargo y olvido que nos lleva a identificarnos con nuestra persona (en lugar de nuestro ser), a imitar a nuestros progenitores (en lugar de servirles de maestros al mostrarles que el cambio es posible) y a olvidarnos de nuestra auténtica razón de existir: evolucionar al iluminar nuestra oscuridad.

Al olvidarnos de quienes somos, sentimos dos grandes culpas:

La culpa proveniente de las memorias oscuras de nuestro ser. Como ser llevamos siglos evolucionando y como tal hemos manifestado comportamientos oscuros en vidas anteriores. Al no recordarlo, solo tenemos la sensación de esos actos y pensamientos oscuros en nosotros, nos olvidamos de que eso fue únicamente parte de la evolución de nuestro ser y de que es nuestro deber perdonarnos al no seguir repitiendo estos comportamientos oscuros (y ¿qué puede haber más dañino que la culpa que invariablemente no lleva al castigo?)

La segunda razón por la que nos sentimos tan culpables es porque no estamos haciendo lo que prometimos al encarnarnos en este cuerpo humano: llevar a cabo nuestra misión, iluminar nuestra oscuridad al elegir escuchar a nuestro corazón sobre nuestro ego.

Viniste a ser un ejemplo de amor y de felicidad a este mundo. ¡Aún estás a tiempo!

Recuerda: sentirse culpable por haber hecho algo mal es un contrasentido pues la culpa, al igual que los comportamientos oscuros por los que nos sentimos culpables, alimentan a las mismas corrientes oscuras del sufrimiento, no son emociones del corazón.

Atrévete a recordar

¡No importa cuán equivocado hayas estado, tú como todos, hasta ahora! Recuerda que el tiempo pierde su importancia una vez que tomamos conciencia de nuestra naturaleza eterna. No importa si has estado viviendo en el olvido y ajeno a tu misión veinte u ochenta años, lo único que importa es retomar tu camino en el amor, la felicidad y la alegría en este momento.

¡Atrévete y sé feliz!



Deja tus comentarios aquí: