Del yo al nosotros: cuando la pareja cruje

Del yo al nosotros: cuando la pareja cruje

“Aprendí que debía voltear a verlo y leerlo entre líneas más seguido. El silencio en ellos no significa que no sufran”.

(Rita Principe. Libro El milagro de mi imperfección:cuando buscar bebés no es una ecuación matemática)

 

Hace unas semanas, tuve la oportunidad de realizar un conversatorio donde, en compañía de un grupo maravilloso de hombres y mujeres, construimos un espacio genuino y emotivo que sirvió de burbuja para abrir diversos temas y compartir opiniones, visiones, experiencias y reflexiones sobre lo que transitamos las muchas parejas a las que les ha tocado lidiar con el complejo camino de los procesos de fertilidad como vía para lograr el sueño de ser padres.

Durante nuestra experiencia personal, mi esposo y yo caminamos un trayecto de más de diez años, y en muchos momentos nuestra relación crujió hasta casi romperse. Eso de pasar del amor al odio, de utilizarnos para desahogar nuestras frustraciones, o de ocultarle al otro el dolor que sentimos, muchos lo experimentamos de una u otra forma, pero muy pocas veces se habla sobre ello.

En mi caso, a veces estaba tan inmersa en mi propio dolor porque no lograba embarazarme, que no solo sentía que era el más grande del mundo, sino que nadie podía comprender lo que estaba sintiendo; ni siquiera la persona más importante en mi vida que me estaba acompañando en mi proceso: mi esposo.

Y por supuesto, ni me pasaba por la mente que él también estaba sufriendo y transitando su propio proceso, mientras lidiaba con el mío que ya era bastante intenso. Por esto, hoy quisiera invitarlos a que hagamos una reflexión.

En nuestro caso, la infertilidad la juzgamos como la peor de todas las adversidades que nos imaginamos vivir como pareja. El hecho de desear concebir un hijo y que esto no se diera ni como ni cuando esperábamos, realmente significó un quiebre existencial para nuestro matrimonio. Quizás muchos se sientan identificados con nuestra historia, sin embargo, esta reflexión pudiera ser útil ante cualquier situación difícil. Para indagar un poco, los invito a hacerse estas preguntas y a observar sus pensamientos, su emocionalidad, su cuerpo, todo su ser mientras se las responden:

  1. ¿Cómo vive esa adversidad cada uno, como individuo?
  2. ¿Esa situación la interpretan de la misma manera?
  3. Si la respuesta es no, ¿validan al otro en lo que piensa, vive y siente frente a eso que les ha tocado vivir juntos?
  4. ¿Se permiten tener conversaciones honestas, profundas, intensas y al desnudo sobre eso que les afecta, sobre qué espera el uno del otro?
  5. ¿Se dan el permiso de mostrarse vulnerables? ¿Se buscan y se ven más allá del dolor?

A veces el dolor y la frustración son tan grandes que convertimos al otro en nuestra pera de boxeo, ¿no es verdad? O nos atrevemos a juzgarlo con tal nivel de dureza, como si tuviésemos la certeza de que no siente lo mismo, que no sufre igual que nosotras. O me aislaba hasta de él para que no me viera ni percibiera débil, vulnerable, porque desde muy pequeña aprendí que como mujer no debía dar tanta cancha a la tristeza porque debía ser fuerte. ¿Les ha pasado?

¿Nuestro gran aprendizaje? Es que al atrevernos a vernos y a escucharnos más allá de lo evidente, nos conectamos desde el amor que se oculta tras el dolor y la frustración, y logramos percibir que estamos juntos, y que depende de ambos cómo reinterpretemos eso que nos ocurre y cómo reconstruiremos el presente y el futuro, juntos.

Por eso los invito a reencontrarse desde ese nuevo espacio, con una escucha y emocionalidad más constructiva. Legitimando al otro como ser. Pasemos del yo al nosotros.



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