Deseo, mire donde mire te veo

Deseo, mire donde mire te veo

Ilustración de José Alejandro Ovalles  [email protected]

El deseo de experimentar cosas nuevas es asunto natural. Viene impreso en nuestro cerebro. Desde un viaje a lugares desconocidos hasta un nuevo teléfono inteligente, estamos programados para buscar experiencias novedosas y mejores. La naturaleza nos hizo así por una razón sencilla: el deseo nos pone en acción y la curiosidad activa la creatividad para alcanzar los objetivos. Sin esta dupla seguiríamos en las cavernas.

Esas ganas de descubrir y mejorar son más que un asunto de carácter. En buena parte tienen que ver con la dopamina, un neuro transmisor que excita las neuronas para que enfoquemos la atención, aprendamos de las experiencias y nos pongamos en marcha. La dopamina ha sido llamada la molécula del querer porque nos infunde autoconfianza y prepara al cerebro para la acción. También nos capacita para responder ante los cambios, y mejor aún, nos impulsa a buscarlos.

“Digerir las novedades es una de las actividades principales del cerebro” escribe Stephan Klein en su libro La fórmula de la felicidad “ellas son el alimento de las células grises”. Analizando la actividad cerebral se ha comprobado que la dopamina regula la intensidad del deseo. Además hay algo interesante: por lo general resulta más excitante la anticipación del deseo que la satisfacción al obtener lo deseado.

Así somos los humanos: deseamos algo, lo obtenemos, y cuando nos habituamos a ello, nos aburrimos. Piensa en la sexualidad. Aquí los mecanismos de la dopamina llevan a la euforia en los primeros encuentros. Pero a medida que pasa el tiempo sus efectos se atenúa. A partir de allí la emoción del deseo puede transformarse en un sentimiento más profundo para que la relación tome otros cauces. Es el tránsito de la pulsión a la complejidad del amor. Por otro lado, el deseo de nuevas experiencias puede llevar a buscar nuevas experiencias con una pareja distinta.

Los efectos de la dopamina se perciben incluso en las experiencias más elevadas. “En los humanos, la dopamina inspira el afán de buscar el sentido de la vida y del mundo” escribe Klein. ¿Significa eso que toda la sofisticación de nuestro razonamiento depende de una simple molécula de 22 átomos? En parte es así, porque nuestro cerebro opera en base al caldo bioquímico que lo remoja. Aunque si entendemos la mente más allá del cerebro, como una extensa red de percepciones e información capaz de elaborar pensamientos y acciones, la dopamina es un ingrediente más del caldo.

En otras palabras, de la misma forma que no somos rehenes de nuestros genes, tampoco lo somos de nuestras hormonas y neuro-transmisores. Tenemos el poder de regularlos, bien sea con medicamentos o activando los recursos que nos da la conciencia.

Una aliada en este proceso es la curiosidad. Al mantenerla despierta, logramos descubrir los cambios y novedades que surgen a cada instante. Además, deseo y curiosidad trabajando en conjunto potencian la creatividad y abren oportunidades. Siguiendo a este par (con una buena dosis de intuición) podemos sentir la emoción de la experiencia y salir de la apatía o el estancamiento. Prestando atención a la curiosidad y el deseo logramos crecer.

Y claro, la dopamina tiene un lado oscuro. El deseo incontrolado lleva a la adicción, el sufrimiento o el delirio. Aquí es donde entra el poder de la conciencia para observar y regular el descontrol. O en caso necesario, cuando hace falta ayuda especializada.

No creas ese cuento de que la curiosidad mató al gato. En realidad le permitió alcanzar sus deseos. Y seguir en movimiento.



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