Diarios de Rehab: ¿a dónde ir?

Esta serie de artículos apareció primero en Inspirulina y ahora forma parte de un libro, el cual no trata solamente de drogas y adicción. Su tema es la condición humana que todos compartimos. Estará disponible bajo el sello Oscar Todtmann Editores.

 

Finalmente, luego de casi un mes en el psiquiátrico tuve permiso del equipo clínico para tener una salida de fin de semana. A pesar de que ya estaba desintoxicado, ello no significaba nada en cuanto a mi estructura como persona funcional, a mi autoconocimiento o a mis emociones. Lo único que tenía en ese momento era una “leve” conciencia de enfermedad y la idea de que tenía que continuar hacia un tratamiento de rehabilitación como tal, a pesar de que en el fondo yo no estaba muy convencido de ello.

Ese mes en el sanatorio sirvió así mismo para que yo retomase contacto con mi madre, con quien tenía sólo un trato superficial en los últimos años. Sin embargo, y en consonancia con el plan terapéutico ella me apoyaría a nivel económico y logístico de acuerdo a algo que más tarde descubrí que se llamaba el “amor responsable”. Usualmente las familias de los adictos deben ser, de manera simultánea, intervenidas dado que desarrollan la codependencia, que es la adicción al adicto en sí.

Llegó finalmente ese viernes, mi ex había planificado que fuésemos con otra amiga y su pareja a cenar. Hay que entender que para ese momento yo llevaba un mes viendo solamente un pasillo y una habitación bajo luces de neón permanentes. La enfermedad adictiva se manifiesta de muchas formas, incluso a través del discurso. El lenguaje en tanto virus de Burroughs. Y fue así como esa misma noche, a pesar de no estar consumiendo, sólo hablé de narcóticos. Era el slogan del estilo patológico de vida que una vieja conocida del consumo me había enseñado años atrás: “cuando no se tienen drogas se habla de drogas, pero cuando se tienen drogas no se habla de ellas”.

Al menos poder comer una buena comida fue una bendición. El resto del fin de semana sería otra cosa dado que yo quería visitar el centro de rehabilitación que mi ex había elegido entre una serie de opciones de las que se escuchaban y se ofrecían por internet o en centros de salud. El hecho es que ese sábado fuimos al sitio en cuestión. Ver la fachada y la cara de la persona que me recibió me espantó y me dio la idea de una suerte de correccional. Quizá yo estaba buscando, de algún modo, evadir el tratamiento y tuve la excusa perfecta cuando la persona que nos atendió nos dijo que el proceso duraba alrededor de un año. Horror. En ese instante descarté ir allí dado que la información no coincidía con lo que yo esperaba; algo a corto plazo de máximo tres meses.

La situación entre mi ex y yo el resto del fin de semana fue de verdad muy tensa. Incluso estuve a punto de abortarlo todo dado que contaba con un dinero que había recibido estando en el psiquiátrico. Lloré y grité. Le dije que no iría a ningún sitio, que eso no era para mí y me justifiqué para ello de las mil y una maneras. Llamé a amigos e igualmente traté de manipular, pero nada funcionó y algo de lucidez brilló dentro de mí cuando recordé el nombre de un centro que había escuchado años atrás. Así que pude conseguir ese domingo el número de su directora, Sofía, a quien llamé durante la tarde. Ella me dio la dirección y ese lunes, después de hacerme una prueba toxicológica que me exigían en el sanatorio para corroborar que no hubiese consumido, fuimos al Rehab, donde nos recibió su director. El sitió tenía una bella imagen. Era una casa donde todo se veía limpio y agradable y tenía máquinas de hacer ejercicio en la entrada. Igualmente su director, Boris, conversó de un modo muy ecuánime conmigo y me dejó muy buena impresión. Me alarmó un poco el hecho de que el proceso ahí también era a largo plazo. Quedaba claro que el tratamiento era voluntario y que si yo deseaba abandonarlo sólo tenía que pedir que me abriesen la puerta. Mi única opción era ingresar ya que nadie más me recibiría en ningún lado.

Así quedó todo cuadrado para internarme ese mismo miércoles 21. Mi último intento de evasión tuvo lugar cuando pedí pasar unos días en casa antes de entrar al centro. No obstante, mi alta en el psiquiátrico estuvo condicionada a que fuese directo desde ahí hasta el Rehab.

En ese momento comenzaban nueve meses y medio de la historia más intensa de mi vida, un período que significaría una revolución interior en mi manera de ver y experimentar la vida. Ese 21 de agosto comenzó mi Rehab.

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Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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