Diarios de Rehab: Aprender a pedir ayuda

Ya se avecinaba el fin de febrero de 2014. Continuaba limpiando mis redes sociales en compañía de Sofía, la directora del Rehab. Asimismo, debido a que yo era el mayor de los usuarios que permanecíamos todo el día en la casa y ya se acercaba mi paso a la cuarta fase o período de autonomía, el equipo clínico decidió encargarme la responsabilidad de que fuese el jefe de la cocina. Dicha función la venía desempeñando Andrés, el adicto a la heroína y deportista extremo de 38 años.

Fue así como durante las últimas devoluciones del equipo terapéutico del mes de febrero me asignaron esa responsabilidad. Ello era bueno en el sentido de que indicaba mejoría, pero también iba a requerir de mí un nivel de trabajo mayor dado que tendría que estar en todo momento pendiente de las reservas de alimentos de la despensa, además de proveérselas a los grupos que diariamente tuviesen la función de cocinar. Todos los días un equipo de dos o tres personas debía llevar a cabo la preparación de comestibles de la jornada, al igual que disponer la mesa y dejar estrictamente limpia la cocina.

Del mismo modo, el equipo clínico me indicó trabajar en alguna terapia de grupo emocional mi vínculo con mi ex, debido a que a pesar de que ella había planteado el divorcio, en las salidas de fin de semana siempre terminábamos durmiendo en la misma cama, a pesar de que ya no teníamos intimidad. Inconscientemente los dos estábamos resistidos a dicho proceso de separación, aun cuando eso fue lo más sano para ambos. Al final, ésta cumplió su palabra de acompañarme en el tratamiento hasta el final, pese a que yo seguí las recomendaciones en torno a desprenderme de ella, de forma que para mi egreso, que sería el cuatro de junio, no le avisé.

Por otro lado, la rutina comunitaria de la casa era más o menos igual. Estábamos relativamente convulsionados por la presencia de Natalia, la mujer con trastornos alimenticios por quien nos dieron fuertes indicaciones en relación a cual debía ser el manejo con ella. Asimismo, Joanna, la ingeniero de 53 años que había llegado recién, tenía una conducta insólita en el sentido de que fallaba de manera deliberada y hacía todo lo posible por resistirse, no solo al tratamiento, sino a trabajar aspectos de sí, como su vinculación con su propia edad. Eventualmente Joanna abandonó y recayó. Hoy por hoy su vida es el frenesí en pos de lo trágico.

Iván, quien estaba en la cuarta fase, salía todas las mañanas de la casa a cumplir actividades en el mundo externo que tuviesen que ver con su reinserción social, aún cuando las calles estaban convulsionadas por los disturbios constantes. Sin embargo, yo empecé a notar que éste, pese a ser el “hermano mayor” de la casa, no hacía el número de señalamientos mínimos por fallas a otros usuarios. En lo referido a él, ello tendría que ver con algún tipo de desidia debido a que durante esa época los puntos por dicha actividad no incidían en que se perdiera una salida, que durante esa fase eran de viernes a domingo todos los fines de semana. En el caso de los pacientes en período de autonomía, se descuenta una hora de salida por cada cinco señalamientos recibidos. Hay que tener en cuenta que ese último escalafón es una bisagra que conecta al tratamiento con las responsabilidades en la calle y es por eso que el número de horas de salida es mayor.

La abstinencia sexual entonces comenzó a pegarme como al resto de los usuarios y ello contribuía a un estado de crispación general. Cosas aparentemente inocuas tenían potentes efectos en nosotros. Tal fue el caso de una mujer que asistía al panel de narcóticos anónimo y que en una oportunidad nos habló de sus rutinas con la pornografía puesto que a ella la adicción le hacía síntoma en el plano sexual.

Una de las cosas radicales que uno aprende en Rehab es a pedir ayuda. Eso para mi quedó claro y lo aprehendí una mañana cuando Marlon –el joven músico de rock- y yo nos encontrábamos preparando el desayuno para todos los usuarios. El menú consistía de arepas y huevos revueltos. Ya yo sentía que las cosas no habían empezado bien ese día porque por una y otra razón llegué un minuto retrasado para iniciar la faena. Inmediatamente Marlon me señalo mi falta, cosa que me dio mucha rabia, aún cuando la acepté. Luego todo comenzó a salir mal. Hacia el momento cumbre no lográbamos culminar el desayuno y era obvio que éste saldría tarde.

En medio del frenesí también comprendí lo que significaba el trastorno por déficit de atención de Marlon, cuando él, justo en el instante en que debíamos hacer más esfuerzos por terminar el desayuno, se puso a picar una patilla, labor que no debíamos hacer sino hasta la tarde. En definitiva yo le dije al músico que saliera y pidiese ayuda a los demás usuarios para que la cosa no fuera peor. El desayuno terminó saliendo con solo cinco minutos de retraso y el resto de los pacientes colaboraron de forma muy diligente.

El Rehab fue un aprendizaje constante y el saber que uno debe estar en todo momento dispuesto, tanto a pedir ayuda como a aceptarla.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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