Diarios de rehab: Atrapado en un disturbio

Era extraño poder ver las calles de nuevo estando solo y mirar los rostros de las gentes en las avenidas; rostros diferentes a los de mis compañeros de proceso en el rehab. Había recuperado mi agenda de autonomía luego de que esta me fuera suspendida después de la situación del toxicológico erróneo y la consecuente pataleta que armé por ello. En seguida me apresuré a retomar los contactos en el ámbito laboral y continuar con mi trabajo.

También por esos días, mi terapeuta —Carlos— planteó una sesión junto con mi madre para dilucidar aspectos operativos dado que se avecinaba mi egreso. En esa reunión se acordó que yo volvería a la casa de ella luego de años viviendo en otros sitios. Regresaba al lugar donde había crecido. Igualmente se acordó que yo podría ir a tener sesiones de trabajo ahí. En otras oportunidades simplemente me dirigía a un cyber cercano a la comunidad terapéutica que quedaba en el mismo centro comercial donde estaba el instituto de yoga en el cual retomé dicha actividad. Además, mi madre indicó que viajaría en los próximos días a los Estados Unidos para visitar a unos familiares. No obstante, con ese viaje de mi madre comenzaron a activarse aspectos patológicos míos en el sentido de que empecé con la ficción fatalista de que ella me dejaría encerrado en un centro por el resto de mi vida de acuerdo con algunos familiares. Comenzaba de nuevo a aparecer la dimensión singular de mi propia locura.

Otra cosa que tuve que abordar por esos tiempos fue lo relativo a la firma de los documentos de mi divorcio. Mi ex había conseguido un abogado y me planteó que hiciésemos esos trámites antes de que ella se mudase de ciudad. Para mí todo era maquinal, simplemente iba en el día a las reuniones que me indicaban para concretar esa diligencia. No obstante, mientras regresaba al rehab luego de la última gestión, la atmósfera de la calle en una de las avenidas cercanas a la comunidad terapéutica se comenzó a poner sumamente tensa. Se sentía el olor del gas lacrimógeno.

Hasta el momento solo teníamos noticias de los disturbios por informaciones que nos referían o cuando vimos muchedumbres huyendo de las zonas de conflicto hacia las calles del rehab. Sin embargo, esta vez pude ver los despliegues de las diversas fuerzas en pugna y de pronto me vi atrapado en medio de la agitación de modo que no podía escapar del sitio. Me logré poner a resguardo en un centro comercial y de ahí avisé del hecho a Sofía, la directora. La gente corría con vehemencia. Me sentía un náufrago que contemplaba el absurdo.

Al cabo de un rato —no sé exactamente cuánto puesto que perdí la noción del tiempo por la adrenalina— pude escapar de la zona y me dirigí de nuevo al rehab. Sin embargo, me detuve en el cyber al que solía ir y ahí, frente a la computadora, permanecí inmóvil, solo escuchando música. Estaba devastado por lo que acababa de vivir. Perdí la noción del tiempo, a pesar de que avisé al rehab acerca de mi ubicación.

Cuando por fin regresé a la comunidad terapéutica luego del incidente me encontré una situación extraña en el sentido de que me comenzaron a preguntar qué había hecho. La operadora Magda me inquiría cual interrogatorio policial los detalles de los tiempos. Yo no me contradije en nada porque había dicho la verdad y pensé que todo estaría bien. Eso fue un martes y al día siguiente vendrían, como era usual, las indicaciones del equipo clínico para todos los usuarios.

Al llegar las devoluciones del equipo terapéutico, mi optimismo volvió a caer cuando me suspendieron la agenda de autonomía por mal manejo del tiempo y por no haber regresado de inmediato al rehab luego del disturbio en el que me vi atrapado. El equipo clínico apuntaba también al hecho de que me concentrara en hacer cada tarea sin dispersarme, puesto que yo estaba tendiendo a ponerme frente a la computadora sin hacer realmente nada. A pesar de eso mis salidas de fin de semana no me las suspendieron y me indicaron, además, que no podía ir a casa de mi madre mientras ella estuviese de viaje.

Así fue como debí cumplir con mi trabajo desde la casa del rehab en las horas que me pautaron y tuve oportunidad de revisar mis correos en dos momentos del día desde mi teléfono. No era fácil cumplir con todo esto cuando debía estar asimismo pendiente de los usuarios, con todos los ingresos nuevos, al cual se sumaba el de Miguel, un hombre de treinta años que era padre de familia y quien hacía de taxista, pero que había llegado al hueco del consumo de heroína. Este demostraría gran determinación al hacer un muy buen tratamiento y egresar en febrero de 2015. De igual forma, Marlon —el joven músico de rock de 19 años a quien yo conocía de antes— y yo fuimos mudados juntos a una habitación que quedaba en el sótano de la casa y que no era nada cómoda en comparación con las que ocupábamos en la parte de arriba.

Kiki —la exmodelo y chef— y yo hacíamos esfuerzos porque todo estuviese lo mejor posible en la casa; sin embargo, debimos pasar por una última situación cuando se descubrió una organización de consumo irregular de café dentro de la comunidad, dirigida por Andrés —el deportista extremo de 37 años adicto a la heroína— y Vivine —la hebrea de 53 adicta al crack.

Como era usual cuando surgían sospechas de alguna cosa irregular en el rehab donde pudiesen estar involucrados varios usuarios, todo el grupo fue llamado a la sala de terapia y ahí se nos informó que debíamos poner por escrito todo lo que supiésemos al respecto, so pena de que si alguien ponía en evidencia algo que uno no reconociese, la sanción podría ser mucho peor. Aquí de lo que se trataba era que este grupo de usuarios estaban emulando el consumo de drogas ilegales y su tráfico con la única sustancia permitida en el rehab: el café. De hecho, el uso del café dentro de la comunidad terapéutica está encuadrado en un horario y estos pacientes en cuestión empezaron a consumirlo secretamente a deshoras y en exceso.

Lorena, la joven terapeuta de línea dura estaba realmente indignada (sobre todo por el hecho de que el implicado mayor era su paciente) y nos dijo que quien no admitiera algo irregular que hubiese hecho sería devaluado de inmediato a la primera fase.

Aparecieron un montón de cosas de las cuales yo no tenía la menor idea. De este modo se supo que casi todos los usuarios estaban al tanto de lo del café, por lo que también recibieron sanciones por complicidad. Por ello, Joanna, la ingeniero de 53 años, fue devaluada junto con Vivine y Andrés. En el caso de ellas pasaron de la segunda a la primera fase y Andrés —que recién había subido a la cuarta y estaba por iniciar su agenda de autonomía— perdió dos escalafones y bajó a la segunda etapa. Ante tales eventos Joanna decidió abandonar. Me lastimó mucho su partida y luego la noticia de su recaída, así como me dolió cuando recibí su invitación a ser amigos en Facebook, luego de que yo estaba egresado, y tuve que bloquearla siguiendo el protocolo respecto a alguien que es cuarentena (persona con la cual no se puede tener contacto). Joanna fue la primera persona que me atrajo en el rehab y, de hecho, me fascinaba.

A pesar de que estaba cansado del rigor del tratamiento, ya transitaba las últimas incidencias de mi proceso, sabía que no podían restar muchas semanas para culminar y a pesar de que Kiki y yo casi no nos hablábamos, las pocas veces en las que se dirigía a mí solo me decía: «Haz todo lo que haya que hacer para egresar». Así, en efecto, hicimos ambos y hoy por hoy disfrutamos de la vida real en sobriedad cosechando día a día el logro del esfuerzo tan grande que constituye hacer un proceso de rehab.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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