Diarios de Rehab: cuidado con lo que deseas…

Seguía incorporándome al ritmo de la comunidad. Ya estaba en el “plan motivacional” y sabía que cualquier acción en el Rehab tenía su consecuencia y éstas venían los miércoles en la forma de devoluciones del equipo clínico. El ambiente entre los usuarios era extraño. Yo seguía con la sensación de que había un orden secreto entre los de mayor jerarquía de la casa. En las mañanas, mientras me bañaba veía los edificios de las montañas vecinas de la ciudad. Veía al cielo inmaculado y pensaba en lo pesado de los siguientes meses y en todo lo que me restaba para culminar el tratamiento. Ésa fue una imagen que vi muchas veces, así como vi al tiempo transcurrir y eventualmente experimenté el final del proceso. Con ello fui recuperando una percepción más ecuánime del paso de los días y de lo efímero de la existencia; de cómo todo, incluso mi propia vida, pasará.

Los cuentos de Rita –la usuaria que venía expulsada de otro centro- eran asombrosos. Me gustaba hablar con ella y con Kiki. Una de esas mañanas llegó Marlon, un joven de 19 años a quien yo conocía desde hacía algún tiempo dado que él me había abordado por redes sociales al ser seguidor de mi trabajo. Éste era miembro de una conocida banda de rock. Me impresionó mucho verlo con sus padres y hermana cuando llegó a conocer las instalaciones del Rehab. Nunca pensé que a su edad pudiese estar metido en semejante problema, pero su adicción a la heroína y la cocaína se había hecho inmanejable. En el pasado siempre me había dado la impresión de que había aspectos de nuestras vidas que eran análogos. El hecho de que hubiésemos estudiado en el mismo colegio pero con más de veinte años de diferencia, así como cierta sensibilidad común, confirmaban ese sentimiento.

Al igual que ocurrió con Kiki, Marlon terminó haciendo un tratamiento y egresando casi simultáneamente conmigo. Su proceso, luego de unos tropiezos iniciales, fue muy bueno. A pesar de eso hubo muchas oportunidades en las que quiso agredirme y me llegó a pegar gritos y proferir amenazas. Las emociones que se mueven en el día a día de un Rehab son muy intensas. Sin embargo, entre nosotros prevaleció un profundo cariño. Luego de todas las cosas que vivimos, algunos miembros del equipo clínico nos decían -a manera de chiste- “cuidado con lo que deseas”. Ello era en referencia a que Marlon me había abordado en el pasado y eventualmente terminamos hasta durmiendo en la misma habitación.

La situación de la casa seguía tensa. Durante la mañana del viernes de esa semana tuvimos nuestra actividad rutinaria de limpieza profunda en la que por grupos llevábamos a cabo un aseo a fondo de todas las áreas de la comunidad. A mí me tocó la cocina. La verdad yo seguía un poco en la luna pero hacía lo posible por estar brioso. Mi terapeuta me preguntaba, en medio del frenesí de la limpieza, que si terminaría el tratamiento y yo le respondía que sí, a pesar de que en el fondo quería irme de inmediato. Hay que tener en cuenta que la estancia es voluntaria y siempre se puede abandonar libremente.

En un cierto momento de la faena encontré una torta que tenía un pedazo faltante en un gabinete. Nadie quería asumir que se había comido esa porción. En un Rehab es asunto grave que alguien se coma algo sin permiso. En ese instante no lo imaginaba, pero ese evento fue la punta del iceberg de una serie de situaciones que se fueron descubriendo subsecuentemente y que dejaron en evidencia lo que mi propio terapeuta, Carlos, sostuvo de la comunidad por ese período: que más que un centro de rehabilitación estaba convertida en una “guarida de adictos”. En efecto, un grupo de usuarios había tornado a la casa en eso y era necesaria la confrontación cuando se pervertía la conducta. Los hechos que fueron saliendo a la luz pública llevaron a la expulsión de varios pacientes y a la suspensión de un egreso la propia fecha del mismo. Mis sospechas de que había algo oculto se fueron corroborando en la medida que transcurrían los días.

La tensión era cada vez mayor e interrogaron a diversos compañeros. De igual forma se hicieron “limpiezas” o testimonios escritos que debía hacer cada paciente sin comunicarse con los demás y en los que se debía narrar las fallas propias y las que se hubiesen visto en otros. Yo la verdad no había visto nada porque estaba muy nuevo como para saber exactamente qué ocurría. En esos procesos de “limpieza” lo más sensato era ser honesto, dado que si uno no admitía algo que otro usuario pusiese en evidencia, la sanción podía ser mucho peor. Todas estas cosas que parecen severas fueron a la larga valiosas en mi recuperación.

Esas circunstancias para mí eran difíciles de sobrellevar por la tensión; no obstante, ello apenas era el comienzo de lo que vendría en ese camino para aprender a poner límites y reinventarme como una persona sobria.

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Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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