Diarios de Rehab: en el tránsito hacia un Plan de Intervención

Continuaban los días de noviembre de 2013. Recordaba mi vida y contrastaba mi presente con lo que fueron mis tiempos pasados. En efecto, yo viví en un país que ya no es. La infancia que tuve fue absolutamente inusual para los parámetros, no sólo de la época sino de hoy en día. Pude asistir a centros educativos bien privilegiados y contar con todas las comodidades posibles. Tuve incluso una Tatá, que era una señora mayor que había nacido en el siglo XIX y quien cuidaba de mí cuando era pequeño. Yo pensaba que todo eso era normal y que así vivía todo el mundo. Con el paso del tiempo fui descubriendo que mi percepción era errada. De forma que luego de tal infancia más bien yo sólo procuraba extender mis zonas de confort, algo muy propio del adicto. Ello lo expresé con claridad en los noventa cuando en un texto mío escribí “levanté las banderas de un paraíso”.

Ese tipo de particularidades de mi vivencia los compartía con otros compañeros del Rehab, tal era el caso de Andrés, el hombre de 37 años adicto a la heroína que era deportista extremo. También, durante las terapias me fui dando cuenta de otras cosas que se manifestaban a través de mi discurso. De este modo, a mi llegada al proceso yo no podía comenzar ninguna oración sin anteponer un “pero”. Esto era algo central en mi forma de pensamiento puesto que con ello eludía realizar cualquier acción en el sentido de la toma de conciencia de mi problemática o su modificación. Fue bien curioso cómo en una terapia de grupo trabajando aspectos emocionales un joven adicto a la heroína me señaló ese “pero” atravesado siempre al comienzo de cualquier frase. Yo ni siquiera tenía conciencia de ello. De nuevo, eso era una prolongación de mi territorio de confort. En primer término, el darme cuenta representó una suerte de shock. No sabía que estaba tan entrampado en mi propia problemática. Con el tiempo modifiqué eso y hoy por hoy simplemente asumo mis fallas y modifico mis conductas.

Por esos días de noviembre tuvimos nuestra primera salida comunitaria al cine, acompañados de los operadores Brian y Dionisio (adictos rehabilitados que nos asisten en la cotidianidad). Fuimos en esa oportunidad a ver una película que ya yo había visto en una de las primeras salidas que tuve con mi ex luego de que retomara mi segunda fase del tratamiento. En vista de lo que empezaba a notar en cuanto a la utilización del lenguaje, procuraba por esa época analizar cada palabra que iba a decir de manera de evitar conflictos con cualquier persona, en especial con mi ex. Con el paso de los meses, esa tensión se fue haciendo cuerpo en mí al punto de que somaticé con migrañas y dolores en las articulaciones. Y, de nuevo, en el caso de las somatizaciones terminé por descubrir cómo ellas no eran más que estrategias de mi yo adicto para conseguir eventualmente algún tipo de píldora; así fuese una pastilla para el dolor de cabeza. De ese modo perverso podría comenzar a transitar un camino en la ruptura sucesiva de límites hasta que me fuese recetado algún narcótico poderoso. De hecho, en algún momento de mi proceso, mi terapeuta Carlos, me indicó que sólo podía ser medicado si se comprobaba que tenía fiebre alta. Ello significó una dura batalla contra mi yo adicto.

Sin embargo, hubo momento divertidos en comunidad, como un apagón eléctrico que ocurrió en Caracas una noche de noviembre. Ya se aproximaba el grupo de cierre del día y yo me encontraba en la cocina terminando de hacer labores de limpieza. Estaba de guardia Dionisio, el operador de 54 años que era fanático de Miguel Ruiz y que decía a todo “excelente”. Fue casi unánime el grito que se escuchó en toda la casa apenas se fue la luz. Yo mismo grité en plan de broma. El grupo de cierre estaba previsto que lo hiciésemos en la terraza superior de la residencia. No obstante, Dionisio se molestó un poco y catalogó la situación ocurrida con una palabra que es jerga de Rehab criollo: descocote.

En esa arqueología de mi ser que ejecutaba en el tratamiento, la historia de mi consumo y su impacto sobre mis aspectos sanos se fue desplegando. Aparecieron así eventos escabrosos del pasado como la oportunidad en la que estaba totalmente pegado al consumo de pseudoefedrina, de las bebidas energéticas y de las benzodiacepinas. Fue clara entonces esa cotidianidad mía que era un frenesí de trabajo delirante, vida nocturna escabrosa y amoríos fatales e imposibles.

De hecho, durante la segunda fase del tratamiento –que era la que yo transitaba– el objetivo primordial consistía en identificar las problemáticas con miras a intervenirlas en la tercera fase. De este modo, el equipo clínico me indicó comenzar a elaborar mi Plan de Intervención. Así que para diciembre llegué a tener una panorámica de mi cuadro de patologías. Justo en ese momento la totalidad de mi proceso empezó a tener un sentido real y coherente.

El Rehab fue un esfuerzo continuo y sostenido. Más que una carrera de velocidad fue una prueba de resistencia; de aprender a poner límites y de asumir una posición receptiva frente al mundo. Fue llevar a efecto cambios en mi propio estilo de vida y en la percepción de mi vivencia.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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