Diarios de rehab: En ese espejo donde nos vemos

Transcurrían mis últimos días dentro de la comunidad terapéutica. De modo que aunque no sabía exactamente cuándo se llevaría a cabo mi egreso, sabía que ya estaba en los últimos tiempos. No obstante, mi humor era pésimo y yo estaba muy harto de todo el rigor del tratamiento. Igualmente le pasaba a Kiki. En mi caso en particular lo ocurrido con el resultado erróneo del toxicológico alimentaba aspectos muy patológicos en mí y todo tipo de ficciones fatalistas. Asimismo, el viaje de mi mamá se sumaba a toda esta vorágine de elementos en los que yo me figuraba un futuro fatal. Me imaginaba, por ejemplo, que al volver de su viaje mi madre me comunicaría que me dejaría en una institución por el resto de mi vida. Sin embargo, aun con todos esos pensamientos desquiciados dentro de mí, hice lo mejor que pude para cumplir con mi trabajo y todo lo que debía ejecutar para culminar mi proceso.

Iba al centro de yoga tres veces a la semana. Iba al cyber o a la casa de mi mamá (en el tiempo que ella no estuvo de viaje) y trabajaba. Tenía pendiente poner en orden mis pertenencias que recién había buscado en la casa de mi ex y que estaban todas amontonadas en el cuarto que ocupaba en la casa de mi madre. Los fines de semana que ella estuvo de viaje yo salía solo y caminaba por algunas zonas de la ciudad de manera de distraerme.

También por esos tiempos y para completar mi fatalismo, mi terapeuta me indicó que se tomaría unas semanas de vacaciones por lo que supuse que yo no egresaría sino hasta después de su retorno. El día que me comunicó su viaje yo estaba enfurecido, y le dije que entonces me calaría todas las semanas que me tocara estar. Sacaba cuentas de mis posibles fechas de egreso.

Sin embargo, una de las cosas que uno aprende en el tratamiento es a vivir el aquí y ahora. En efecto, así me ocurrió cuando a finales de mayo fui normalmente a la práctica de yoga. Al término de la misma, el profesor nos preguntó si queríamos recibir una bendición especial de la divinidad y todos asentimos, por lo que a uno por uno fue impartiéndonosla. A la salida me dirigí de nuevo a la casa del rehab resignado a que en mi fatalismo quizá faltarían meses para que se produjera mi egreso.

A llegar a la casa vi a Kiki. No nos hablábamos porque estábamos hartos de todo y evitábamos hacerlo para que no se produjera una confrontación entre nosotros. Luego del almuerzo nos llamaron a la sala de terapia para las acostumbradas devoluciones o indicaciones del equipo clínico de la semana. Ese era un momento temido por todos. Comenzaron las devoluciones en orden por cada usuario. Cuando llegaron a mí, yo simplemente miraba el piso y esperaba algo horrible cuando de súbito mi terapeuta, Carlos, dijo: “Fecha probable de egreso: el 4 de junio”, que era en una semana. Luego dijeron la de Kiki y la fecha fue justamente una semana después de la mía. Después de unos segundos, por fin reaccioné ante la mejor noticia de esos nueve meses y medio, y cuando por fin levanté la mirada, Kiki y yo hicimos contacto visual y empezamos de súbito a llorar.

Lo que restaba entonces era hacer todo de modo impecable de manera de no poner en peligro el egreso. Habían sido meses intensos y atípicos en un rehab debido a que éramos un grupo de usuarios que habíamos hecho el tratamiento juntos desde el comienzo. Éramos el “grupo compacto” conformado por Andrés —el deportista extremo de 37—, Iván —el joven de 19 años que había egresado semanas atrás—, Kiki —la exmodelo y chef de 31—, Marlon —el joven músico de rock—, Ignacio —el joven de 25 años adicto a la marihuana transgénica que llegó psicótico— y mi persona. Hasta el momento de escribir este capítulo todos nos mantenemos en sobriedad, excepto Ignacio. Asimismo, una de las peculiaridades de ese grupo es que en nosotros estaban repartidas toda la gama de formas que asume la enfermedad adictiva, de modo que pudimos vernos en el reflejo del otro permanentemente a la hora de la vivencia diaria y del trabajo emocional.

Al día siguiente tuve que continuar con mi rutina diaria y debí ir a la casa de mi madre a escribir un texto para el periódico. Justo cuando regresé en la tarde, me llamó la atención ver a una mujer frente a un espejo que se encontraba en la sala del rehab. Yo no la conocía y supuse que era una nueva usuaria. Solo pude ver su rostro a través de ese espejo donde inevitablemente terminamos reflejando todos los adictos, llegásemos o no a tratamiento. Al cabo de un rato supe que el nombre de la mujer era Lucrecia y en seguida procuré estar lejos de ella, puesto que me atraía en todo sentido como nadie me había atraído en mucho tiempo. No podía exponerme a una situación inadecuada con ella en vísperas de mi egreso.

El resto de la semana pasaría con tranquilidad. Ese viernes me indicaron que al comienzo de la semana siguiente debía acompañar a Marcial —el adicto de 55 del jet set—a una cita médica. Así hice y además ese mismo lunes en la tarde me tocó cocinar por última vez dentro del rehab. Tuve que hacer durante la cena 35 cachapas para todos los usuarios. La última noche recogí mis cosas y hablé un rato con la operadora Magda, quien estaba de guardia esa noche. De resto no pude dormir.

Era ya casi el comienzo de la parte más importante del tratamiento, luego del egreso. Me aguardaba el resto de mi vida, un camino que se hace día a día en sobriedad.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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