Diarios de Rehab: la desintoxicación

Esta serie de artículos apareció primero en Inspirulina y ahora forma parte de un libro, el cual no trata solamente de drogas y adicción. Su tema es la condición humana que todos compartimos. Estará disponible bajo el sello Oscar Todtmann Editores.

 

Ya no estaba en la calle en medio del frenesí del consumo ilimitado. Ahora mis días transcurrían en un pasillo con puertas a diversas habitaciones. Ése era el psiquiátrico. El día que llegué conocí a otro paciente que fungía tener un cierto “liderazgo” dado que llevaba algún tiempo internado. Él estaba ahí por un brote esquizofrénico. Las enfermeras le indicaron que me hiciera una breve inducción de cómo era el funcionamiento de las cosas. Esa es la forma cómo, más o menos, marcha el día a día en un sanatorio público en Venezuela. De esa manera aprendí cómo era el uso del baño y lo relativo a las comidas.

Aunque el equipo clínico de ese centro en cuestión era muy bueno, también era cierto que la planta física se estaba cayendo por el deterioro. Las comidas eran horribles. Mi día a día transcurría sedado y recibiendo permanentemente suero con vitaminas y medicamentos para limpiar, en la medida de lo posible, las drogas de mi torrente sanguíneo. Sin embargo, lo único que me interesaba a mí en particular era mis dosis de Valium, que en un principio era intravenosa mientras era retirado, paulatinamente, de mi sistema. De igual forma, los cigarrillos eran vitales. Todo era nebuloso. A mi ex no le permitieron verme no sé durante cuántos días. En ese ínterin ella avisó a mi madre lo que estaba ocurriendo. Yo llevaba tiempo sin saber de mi familia de origen y las condiciones económicas de mi ex y yo eran muy precarias producto de este consumo desenfrenado. Todo el dinero que me entraba por concepto del periodismo, de la edición o las curadurías no bastaba. Aparte,  ya yo casi no podía trabajar. Mi madre entendió la situación y se aprestó a ayudar en la compra de medicamentos y otros gastos que fuesen surgiendo.

En el sanatorio siempre me despertaba bien tarde porque ya no tenía ninguna estructura. Había perdido, en esa baraúnda de drogadicción los más mínimos hábitos normales. Pronto mi ex fue trayendo libros y yo empecé de nuevo a leer para ocupar los tiempos libres. Esos ratos eran todo el día mientras no dormía. Prácticamente no hablaba con ningún otro paciente porque algunos, incluso, estaban en sus mundos propios muy lejanos e inaccesibles. Así comencé las consultas con mi psicóloga y lo primero fue ir tomando conciencia de dónde estaba y a la situación de gravedad a la que había llegado por mi dependencia. Era virtualmente un indigente que contaba con la suerte de que tanto su ex como su madre le daban apoyo. La verdad es que buena parte de las personas que terminan en la indigencia producto del consumo poseyeron, en algún momento, familias que se hartaron del descalabro y no quisieron naufragar con el adicto.

Una que otra vez llegaban pacientes agresivos que me daban algún tipo de miedo porque en esos contextos las cosas suelen resultar muy básicas y lo importante, a fin de cuenta, es sobrevivir. Había enfermeros que eran bien atentos y dedicados a su trabajo, pero en otros casos, había algunos que violaban con toda franqueza los derechos humanos. Así me pasó con un médico quien me terminó gritando e insultando una noche cuando yo entré en crisis porque no me habían dado el Valium. Para un adicto la falta de la droga es fatal. 

Releí a Barthes, a Octavio Paz y un homenaje que hizo la revista Casa de las Américas a Julio Cortázar. Al final le regalé este último a otro usuario que tenía como oficio taxista, pero que era un ávido lector del boom

Todas las semanas los pacientes eran evaluados y se decidía quiénes tenían permisos ese fin. Ya habían pasado varias semanas y yo no había salido nunca desde que estaba ahí. Diariamente vivía con el temor de que me fuesen a abandonar mi ex o mi madre.

Durante una visita, mi ex me dijo que deseaba que yo regresase a casa. En ese segundo sentí que podía manipular para irnos y abandonar la desintoxicación. Sin embargo, en un momento de lucidez le dije que debía estar interno hasta que me dieran el alta. En ese instante tenía plena conciencia de mi dependencia física a las benzodiacepinas. Al menos quería seguir hospitalizado hasta que pudiese seguir sin la sumisión física a esa droga. Con el tiempo fui sabiendo que muchas de las formas en las que mi ex se vinculaba conmigo eran desde la codependencia; es decir, desde la dependencia al adicto mismo.

De modo pues que, a los veintitantos días el equipo médico me autorizó a salir un fin de semana. Mi ex había averiguado en diversos sitios donde podría continuar mi Rehab per se. Aun así yo quería conocer los centros. 

De esa manera nos aprestamos a esa primera y única salida que resultó infame.

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Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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