Diarios de Rehab: Limpiando mis redes sociales

Así que continuaba el mes de febrero y la nación entera estaba sumida en disturbios diarios. Era inevitable que nos enterásemos de eso porque en algún momento llegamos a ver a multitudes corriendo por la calle frente al Rehab y varias terapias fueron suspendidas porque no pudieron llegar los terapeutas. Todo era incierto y ello se nos manifestaba con ganas de comer atroces. Yo avanzaba en mi tercera fase del tratamiento y todas las semanas participaba en las terapias de grupo abordando una u otra problemática que había detectado en la segunda fase.

Asimismo continuaba con Sofía –la directora del centro– la limpieza de mis redes sociales, que había sido una medida que me indicó el equipo clínico previa a que se me pudiese permitir el uso del Internet. Fue de esta forma como junto a Sofía fui bloqueando, incluso a personas a quienes les tengo un enorme cariño, dado que el equipo clínico consideraba que eran un riesgo para mi sobriedad. Eso fue francamente doloroso y aún hoy en día lo es. Sin embargo, una de las claves para poder tener éxito en el tratamiento consiste en respetar las cuarentenas, que están referidas no solo a personas. Una cuarentena es también un lugar o una cosa con la cual el adicto no puede tener ningún tipo de contacto. Obviamente, todos los toxicómanos tenemos cuarentena con sitios donde se produzcan transacciones de sustancias, especialmente barrios marginales.

De igual forma, hay cuarentena con personas que están en la adicción activa. Yo incluso las he llegado a tener con farmacias y en la actualidad las tengo con los antigripales debido al modo particular como se manifiesta en mí la enfermedad adictiva. También son cuarentena los contenidos multimedia que tengan alusiones explícitas a narcóticos.

Yo en el pasado, aunque ya tenía una leve noción de lo que era una cuarentena, llegué a las recaídas masivas por romperlas, no solo con personas, sino con lugares. Así recuerdo una oportunidad en la que, sin haber llegado a la recaída total, ya coqueteaba con los antigripales. Fue de este modo como me monté la historia de que sería muy loable que yo fuese a repartir libros a la gente del barrio donde vendían la cocaína. En medio de mi película yo solo veía el carácter bondadoso de dicha acción pero no era consciente de que estaba buscando una justificación para ir a dicha zona. Obviamente a los pocos días de mi práctica caritativa estaba en la casa del dealer y no precisamente como alfabetizador.

Igualmente me llegó a pasar con una antigua compañera de la Escuela de Letras, quien es quizá una de las adictas más graves que conozco, que me llegué a vincular con ella unos meses con el pretexto de que éramos una “pareja cósmica”. Así que aun cuando a mí ella no me atraía para nada nos vimos hasta viviendo juntos y nos volvimos un equipo para comprar y consumir todo tipo de drogas. Esa “historia de amor” terminó muy trágicamente conmigo en una terapia intensiva luego de una sobredosis y con ella haciendo un proceso de rehabilitación en otro país latinoamericano.

También por esas últimas semanas de febrero llegó Natalia, una mujer de 28 años abogada y quien tenía trastornos alimenticios. Ella venía a tratar dicha patología dado que éstas son análogas con la adicción. Sin embargo, la estancia de Natalia convulsionó al Rehab debido a que se nos dieron toda una cantidad de indicaciones en torno a ella, como por ejemplo que no podíamos hablar frente a ésta de comida ni dejarla sola en el comedor o la cocina. Asimismo, ella siempre debía estar sentada durante las horas de comer con un operador.

No obstante, esto no fue suficiente, y a los pocos días de su llegada tuvo que tener a una enfermera personal que la acompañaba en todo momento en virtud de su habilidad extrema para hurtar alimentos o vomitar subrepticiamente. Todo se volvió tan convulso con la presencia de Natalia que yo llegué a bromear con el operador Reinaldo –quien era el adicto rehabilitado con aire de Michel Foucault–en relación a que el Rehab parecía la nave Júpiter II de la serie de los sesenta, Perdidos en el espacio. Ello era justo en referencia a cuando dicha nave atravesaba turbulencias. Esa metáfora del Júpiter II llegó a ser leitmotiv durante el tratamiento.

De forma que la Comunidad Terapéutica fue una aventura constante, una travesía con sus momentos alegres, sus tristezas y el dolor implícito de exorcizar demonios interiores. No obstante, hoy por hoy siguen valiendo la pena los frutos obtenidos.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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