Diarios de Rehab: los amoríos de Ignacio

Ya bien entrado noviembre, las cosas en la casa tenían una rutina más o menos llevadera. No obstante, Ignacio, el joven de 25 años que venía psicótico producto de su consumo a la marihuana transgénica seguía dando que hacer. El sostenía permanentemente que su adicción era al homicidio y no a las drogas. Por esa época había retornado Sandra, la paciente de 21 años que había sido expulsada por dos meses. A pesar de que ella había sido suspendida de la Comunidad por un amor dentro de la misma, justo recién llegada comenzó un coqueteo con Ignacio. Una noche cuando ya casi me estaba quedando dormido, éste comentó que entre ambos había “una química” y que incluso lo habían hablado. Yo de inmediato le informé eso al operador Dionisio dado que ocultar una situación así puede redundar en una devaluación de la fase o en algún fuerte castigo. Inmediatamente le pusieron una cuarentena a ambos.

Yo por mi parte seguía con mis ficciones fatalistas por cualquier cosa y sobre todo cuando estaba en algún contexto en el que debiera esperar por algo. En seguida comenzaba a recorrer la casa arrastrando los pies. Yo mismo me creía todo el melodrama, pero con el tiempo entendí que ello sólo era una estrategia de mi yo adicto para ser medicado con un ansiolítico. Luego, con el paso del proceso, fui recordando como en el pasado, ante cualquier situación en la que debiese esperar por algo, de una vez apelaba al Valium o al clonazepam. Durante esa época, parte del tratamiento consistió en que yo tomase conciencia de dicha situación de modo de que en el futuro pudiese detectar cuándo estaba cabalgando en alguna ficción fatalista.

Asimismo, por esas semanas también ingresó una joven usuaria quien sólo estaría durante el día en el Rehab. Sin embargo, su conducta de coqueteo con casi todos los demás, y sobre todo con Ignacio, fue tal que no duró sino 24 horas con nosotros. Sofía, la directora, estaba bien molesta tanto por esa situación como por lo que se estaba generando entre Sandra e Ignacio, de quienes había la sospecha de que se habían dado incluso besos. Por ello, y una vez que estos pacientes fueron confrontados por tales hechos, Ignacio dijo que se iba. Luego de que le ofrecieron contención le fue dado su documento de identidad. Éste trató de regresar a la casa de su familia pero no lo recibieron y de ahí se dirigió a una plaza de la ciudad donde solía consumir y recayó. Pasó toda la noche merodeando por las calles y al día siguiente bien temprano regresó con la única opción que tenía: hacer el tratamiento. Casi un año después Ignacio egresaría y hasta el presente se mantiene en sobriedad.

Sandra, por su parte, seguía con una actitud de indiferencia ante el proceso a pesar de tener más de un año desde que se había internado. Por tal razón, el equipo clínico le puso la “medida satélite”. La misma significaba que tenía que sentarse fuera del círculo de usuarios durante las sesiones de grupo y hacia un extremo lejano del salón. De igual modo, no podía participar de ninguna forma en dichas actividades. Esa medida tiene por objeto hacer que el usuario evalúe si quiere estar en el círculo de terapia; si quiere estar adentro o quiere irse. Sin embargo, Sandra siempre perseveró en fallar y eventualmente el equipo clínico decidió que debía pasar a la opción ambulatoria dado que el tratamiento como interna no estaba cumpliendo su objetivo en ella. En esa modalidad Sandra también naufragó y en la actualidad se encuentra recaída.

Mi vida del consumo me había llevado en multiplicidad de veces a situaciones bien denigrantes. Recordaba una oportunidad hacia el año 2005 en que producto de mi ingesta desenfrenada de cocaína y codeína me sumía en unas tardes infaustas en las que sólo pasaba el tiempo drogándome hasta que virtualmente deliraba. Así me vi hablando con los cuadros de mi propiedad y con mi propio televisor. Incluso, en varias oportunidades, perdí conexión total con la realidad. Ello me llevó eventualmente a vivir una poderosa sobredosis tras la cual unos familiares, más desesperados que con una intención de ayudar racionalmente, me internaron en un psiquiátrico miserable del cual sólo pude salir casi muerto con un dengue hemorrágico.

Hoy en día puedo decir que tuve suerte por el hecho de irme topando en mi historia reciente con profesionales que me ayudaron en la toma de conciencia de mi enfermedad. De igual manera, para mí es motivo de regocijo haber llegado a un verdadero Rehab donde privase el criterio científico y el modelo de Comunidad Terapéutica. Antes de ello mi vida fue un dar tumbos en la búsqueda de una solución para mi enfermedad. Hoy por hoy mi tratamiento es un proceso continuo y sé que debo estar en control permanente dado que la enfermedad adictiva, al igual que lo puede ser la diabetes, es una patología que no tiene cura conocida pero que puede tratarse.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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