Diarios de Rehab: Primeros días en “Comunidad”

Esta serie de artículos apareció primero en Inspirulina y ahora forma parte de un libro, el cual no trata solamente de drogas y adicción. Su tema es la condición humana que todos compartimos. Estará disponible bajo el sello Oscar Todtmann Editores.

 

Llegó el día esperado para salir del psiquiátrico e ingresar al Rehab. Era el miércoles 21 de agosto del 2013. Los últimos trámites de egreso del sanatorio se complicaron por razones burocráticas. Faltaba una firma. De pronto hubo un revuelo de enfermeras y psicólogos por la esperada rúbrica. Fueron unos minutos de angustia y en medio de mi eterno fatalismo pensé que no saldría nunca de ahí. Finalmente salí. Mis pertenencias estaban ya en el carro de mi madre. Así, fuimos mi ex, mi madre y yo a la “Comunidad Terapéutica”. Al llegar fumé el último cigarro en la puerta. Ya adentro, Boris –el director– nos leyó el contrato en el que quedaba bien sentado que yo entraba de manera voluntaria y que cumpliría el encuadre.

Realmente firmé y dije que sí a todo porque, como ya he expresado antes, sólo estaba tratando de ganar tiempo. Pensé que ahí estaría una breve estancia y luego regresaría con mi ex a casa. Ella misma firmó el contrato como mi representante y me prometió que luego del proceso volveríamos juntos como una “pareja feliz”. Evidentemente eso no ocurrió y fue parte de los cambios y obstáculos que debí enfrentar. Terminados los trámites, fui revisado de pies a cabeza por uno de los “operadores” o personas que asisten a los usuarios en el día a día comunitario (generalmente son adictos rehabilitados con años de sobriedad). Luego de ello, llamaron a un usuario para que me acompañase al comedor y me integrase al almuerzo. Debo decir que la casa era muy agradable. La comida se veía apetitosa y todo tenía un orden estético. Era un alivio después de un mes con las infames comidas del psiquiátrico.

Durante el almuerzo comencé a notar que los otros usuarios me llamaban la atención por algunas palabras que yo decía. Expresiones como “chamo”, “tipo” y algunas otras jergas que uno usa en el día a día están prohibidas. Sin embargo, todavía era muy pronto para conocer toda la normativa del Rehab, que era amplia y está diseñada para enseñar al usuario la noción de límites, así como para recuperar la estructura que por el tiempo de consumo se pierde por completo. Yo era como una burbuja que flotaba en una realidad arrolladora.

De momento todo era cómodo. Sabía que durante las siguientes dos semanas no tendría que levantarme temprano sino a la hora que quisiera y no estaría obligado a seguir el encuadre comunitario. El mismo consistía de un lapso para hacer la limpieza y oficios de la casa, al igual que las terapias de grupo. Además, tendría acceso a golosinas que son conocidas como “privilegios”. Esas idílicas dos semanas son justamente la mitad de la primera fase del tratamiento, también llamada “adaptación”.

La casa era muy espaciosa y fue hecha hacia los años setenta por un conocido arquitecto caraqueño. Constaba de una planta baja, un nivel superior y una especie de sótano donde están la lavandería y una habitación que es usada para usuarios que requieren estar aislados con fines de desintoxicación. Ya yo la desintoxicación la había cumplido en el psiquiátrico; no obstante, me hallaba “en la luna”.

En esos días me venían a la mente períodos infames de mi consumo de años. Recordé la vez que estuve perdido varios días en la ciudad y aparecí en una zona muy peligrosa. Reviví las ocasiones en que convulsioné y una de las más denigrantes; cuando sufrí una sobredosis que me hizo pasar dos días en coma profundo en una terapia intensiva. Estoy vivo de milagro y eso da mucho miedo porque uno tiende a pensar, ya estando sobrio, en “lo que pudo haber pasado”.

Durante esos primeros tiempos revisé las bibliotecas de la parte superior del Rehab y encontré buenos libros que inmediatamente devoré. Me habían asignado a un cuarto donde tendría de compañero a Freddy, un usuario que estaba en la última fase del tratamiento y que era casado también. A veces él me daba toques en la mañana para que me despertase a modo de inducción. La hora oficial para levantarse es a las seis y media de lunes a viernes. Sin embargo, yo lo hacía a golpe de ocho y media y comenzaba a recorrer, entonces, la casa. En ese momento siempre veía al resto de los usuarios –tanto hombres como mujeres– limpiando; eso es conocido como “hacer las áreas”.

Al día siguiente de haber llegado y en medio de mi confusión me presentaron a una mujer de 31 años que acababa de ingresar. Ella había sido modelo de pasarela y su nombre era Kiki. Pronto me enteré de que venía recaída después de haber hecho un proceso en otro centro. En ese instante no lo sabía, pero estaba a punto de comenzar una vivencia al lado de Kiki en la que hubo tanto alegrías como llantos y conflictos. Finalmente, ambos culminamos el tratamiento uno seguido del otro con una semana de diferencia.

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Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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