Diarios de rehab: Un año después, la última entrega

Ya para comienzos de 2015 tenía de nuevo la libertad de poder salir de noche solo luego de haber culminado mis primeros seis meses del tratamiento como egresado. Asimismo, había comenzado la práctica diaria del training bike, que hasta el presente mantengo. De hecho, Andrés y Vivine se mantienen también en intensas rutinas deportivas en la actualidad lo cual redunda en que las probabilidades de que la sobriedad se mantenga sean mucho mayores.

Sin embargo, para ese momento la soledad me pegaba con mucha fuerza, sobre todo en lo referido a la falta de pareja. Pronto, hacia el final de enero, conocí a una mujer con la que empecé una breve relación que no pudo continuar al cabo de tres meses porque afloraron aspectos que no fueron saludables en nuestra dinámica. Justo cuando la conocí experimenté mi segunda recaída conductual, es decir, una serie de conductas que pudieron haberme llevado a una recaída en sustancias.

La situación no duró sino unas horas y fue una manifestación de la enfermedad que trataba de artillar el comienzo de una situación de pareja. En este caso la cosa se expresó en la forma de una suerte de pataleta que tuve con mi compañero de trabajo y hermano de la vida, Agustín, con quien me puse intenso por un aspecto estrictamente laboral. De nuevo el yo adicto buscaba destruir incluso mis relaciones laborales y mis amistades. Pero Agustín, quien estaba plenamente al tanto de mi enfermedad y era mi amigo, lo comprendió.

Viví entonces esa relación de pareja con gran intensidad y con mucha plenitud y también debí afrontar el dolor del final cuando era obvio que el vínculo no era saludable. En este caso incluso me aferré al trabajo, al training bike y experimenté con gran entereza mi duelo, cosa que no solía hacer en el pasado cuando me aglutinaba de sustancias para evitar sentir.

Por esos tiempos fuimos testigos de los egresos de Marcial y de Ramfis, los hombres de 55 y de 43, respectivamente, quienes recayeron en el transcurso de pocas horas. Nikita —a quien yo para mis adentros nombraba la Reina del Propofol— y otro usuario, que estuvo durante mi período en proceso y había sido expulsado, tuvieron horrendas recaídas que los enviaron al coma. Todos estos hicieron un “como si”, una pantomima de tratamiento creyendo que así engañaban a sus familias y fueron ellos los más perjudicados. También egresaron por esa época Vivine y Miguel, quienes hasta el presente se mantienen en el grupo de seguimiento.

En cuanto a los miembros del grupo compacto formado por Andrés, Kiki, Ignacio, Marlon, Iván y mi persona, en general nos mantenemos hasta el presente en pie y en sobriedad. No obstante, ha habido sus tropiezos. Durante la Navidad, Andrés tuvo una recaída puntual con alcohol y fue devaluado tres meses al grupo de ambulatorio. Marlon —el joven músico de rock— e Iván —el joven estudiante de ingeniería— tuvieron breves affairs con mujeres intoxicadas y aunque ellos no consumieron fueron enviados al ambulatorio una temporada por vincularse con personas en estatus de cuarentena. Ignacio, por su parte, recayó y abandonó el tratamiento con el riesgo de volver a psicotizarse.

Sin embargo, la enfermedad es poderosa, truculenta y ataca cuando menos uno se lo espera. Así ha ocurrido en el instante de escribir este diario cuando la propia Kiki, coprotagonista de esta historia, ha tenido una recaída con alcohol, cocaína y cigarrillos. Hasta este momento la situación ha sido puntual, pero lo que pueda pasar con ella dependerá de sí misma y de cuán fielmente siga las indicaciones que le dé el equipo terapéutico. Fue un instante dramático ver cómo ella comunicaba la situación al resto del grupo de seguimiento y Lorena —la joven psicóloga de línea dura que llevaba dicho grupo— nos decía también, en estado de perplejidad, que era un momento muy importante para observar cómo se manifestaba la enfermedad y cómo todos debíamos aprender de ello. Una parte de mí se desgarró.

El dolor que me invade es enorme por ver en carne propia a la enfermedad manifestarse justo ahora, como recordándome y recordándonos a todos, su carácter trágico. En su caso, Kiki no tuvo conciencia de su recaída conductual hasta que esta se había tornado en una recaída en sustancias. Su porvenir está en suspenso.

Mi existencia en sobriedad no cuenta con el éxtasis y el frenesí que viví durante mi consumo. Atrás quedaban los tiempos, durante los noventa, en los que recorría las avenidas caleidoscópicas de Caracas o de cualquier otra ciudad donde hubiese consumido. Eso fue la espiral ilimitada. Yo, de hecho, añoro el éxtasis del consumo sin sus consecuencias; pero hoy por hoy sé que ello no es posible. Mi vida en la actualidad es el sosiego y el hacer diario y disciplinado. Es el enamorarme día a día de la sobriedad y ver sus frutos, como la reciente salida al mercado de mi poemario Fragmentos naranja, publicado por Oscar Todtmann Editores y que a pesar de haber sido escrito hace diez años y de ser un artefacto sicodélico fue resignificado en terapia y constituye el cierre pleno de un período al que no quiero volver.

Todos los del grupo perseveramos y nos acompañamos en esta brega diaria. Con el paso del tiempo se abren nuevas responsabilidades.

El tratamiento continúa.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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