Diarios de rehab: Un año después

Inmediatamente, luego de que partí de la comunidad terapéutica de vuelta a la casa de mi madre, me sentí como en shock los primeros dos días, que fueron jueves y viernes. Solo me mantuve en mi habitación viendo el techo y rememorando buena parte de los eventos de los últimos nueves meses y medio. Todavía tenía amontonadas todas mis pertenencias que había traído de la casa de mi ex.

No obstante, el mismo sábado en la mañana me levanté y comencé sistemáticamente a ordenar y a botar cosas viejas. Mi vida tenía un nuevo sabor. Incluso, escuchaba música de Philip Glass, lo cual denotaba una dimensión más sobria y minimal de mi manera de ver al mundo. Pronto culminé de arreglar todo y continué con mi trabajo del periódico, así como con la edición del manuscrito de poesía que una escritora me había encargado. Hacía esas tareas desde casa.

Las semanas siguientes vendrían los egresos consecutivos. El de Kiki, que fue justo siete días luego del mío. En tres semanas ocurrió el de Marlon, el joven músico de rock, y un mes y medio después egresó también Andrés, el deportista extremo adicto a la heroína.

Una de las experiencias iniciales que tuve luego de mi egreso fue un incremento de las ganas de consumo que se me disfrazaban de cualquier cosa estrafalaria de modo que lo primero fue aprender a reconocerlas. Por ejemplo, me imaginaba que las paredes estaban impregnadas de moléculas alucinantes y que el vaso con agua que tenía durante las noches se llenaba de una droga que caía mágicamente del cielo.

Todo ello era la concreción de una dimensión psicodélica delirante que no era sino la expresión de mi deseo de consumir, de que de verdad hubiera moléculas alucinantes en las paredes o drogas mágicas en el agua. Ese mecanismo lo comprendí con el paso del tiempo. Incluso, a veces, durante las noches me daban episodios en los que mi cuerpo se estremecía y sudaba frío dado que a esa hora era cuando solía consumir las benzodiacepinas. Afortunadamente, me apegué siempre al protocolo y cuando vivía eso con intensidad avisaba a Carlos, mi terapeuta, o a Lorena, la joven psicóloga de línea dura que ahora era quien llevaba el grupo de seguimiento para egresados.

Asimismo, podía llamar las veinticuatro horas del día al rehab al operador que estuviese de guardia para manifestar lo que sentía. Lo importante aquí y ahora era siempre pedir ayuda y expresar con claridad lo que me ocurría, de modo de permitir al otro conocer la situación y que pudiera darme un auxilio efectivo. En algunos pocos casos en que la situación fue fuerte, incluso, avisé a mi madre que era mi red de apoyo inmediata. Igual, la cosa nunca pasó de ahí.

Otra de las cosas que me tocó vivir con intensidad fue la soledad. De hecho se habla de que cuando un adicto culmina rehab debe pasar por esa soledad debido a que buena parte de sus contactos se vuelven cuarentenas y ya no puede tener más vínculo con ellos. De este modo, durante esos días simplemente trabajaba e iba al yoga. A veces sentía que cuando llegaba a un lugar la persona que me recibía me saludaba diciendo: ¿Cómo está, Su Soledad? Todo era maquinal, aunque me sentía feliz de experimentar sosiego y de tener puertas abiertas. Por esos tiempos simplemente me armaba de valor cada mañana y escuchando alguna melodía de Burt Bacharach, hacía todo lo que tuviera que hacer con suma responsabilidad.

También por esas semanas tuve una breve tregua cuando conocí a una misteriosa mujer de ojos color verde y mirada metálica en un banco. Con ella viví un idilio —más que todo platónico— de varios días. No obstante, esta desapareció del mismo modo misterioso como apareció.

Fueron pasando los meses y aunque todo parecía estar bien, la enfermedad comenzó a dar sus embestidas. Fue de esta manera como experimenté una primera recaída conductual, que consiste en acciones que podrían llevar a una recaída con narcóticos. Sin embargo, en todo este primer año nunca llegué a tener ni siquiera contacto visual con sustancias ilegales. Esa primera recaída conductual fue un intento serio de mi “yo adicto” de pervertir los vínculos con todos los miembros del rehab de forma que de algún modo me expulsasen de ahí y así no tener aquello con lo que garantizaba mi sobriedad. El equipo clínico detectó a tiempo esa recaída conductual y me pusieron una serie de medidas que redundaron en que me retomase.

Había una serie de pautas del tratamiento que debí seguir, como por ejemplo que no podía asistir a reuniones donde hubiese alcohol o cigarrillos. Tampoco se puede estar en la calle solo luego de las seis de la tarde durante los primeros meses luego del egreso.

Fueron pasando los tiempos hasta que eventualmente estuvimos en diciembre y se cumplía la mitad del primer año. Tenía mi sobriedad intacta. Para ese fin de año tuvimos una salida todo el grupo de egresados que estábamos en seguimiento a una piscinada en la que también estuvieron Sofía —la directora— y Lorena. Fueron momentos felices. Ahí estábamos, todo el grupo compacto, puesto que también había egresado en época reciente el último de nosotros, Ignacio.

Ese año 2014 culminó con la promesa de los nuevos tiempos y con esos cielos azul viento de Caracas. Una sola palabra definía mi aquí y ahora: sosiego. Día a día me enamoraba de la sobriedad.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



Deja tus comentarios aquí: