Diarios de Rehab: un día cualquiera “en comunidad”

El diario vivir en el Rehab puede hastiar. Aun así el tiempo pasa muy rápido y cuando uno viene a ver el tratamiento ha culminado. Esa cotidianidad consiste de una combinación entre actividades operativas y el bombardeo de terapias emocionales, tanto individuales como de grupo.

Ya para el mes de noviembre de 2013, y de nuevo en mi segunda fase del proceso, comenzaba a tomarle el hilo a esa rutina. Durante un día cualquiera nos debíamos levantar a las seis y media de la mañana, a menos que se tuviese la función de preparar los alimentos durante esa jornada, razón por la cual habría ya que estar a esa hora en la cocina haciendo el desayuno. Así que entre las seis y media y las siete y media acomodábamos las habitaciones y nos aseábamos.

Yo usualmente culminaba ello bien temprano y aprovechaba el rato para leer los libros de la biblioteca, en especial la enciclopedia de la Segunda Guerra Mundial. Cada dos semanas, más o menos, culminaba un tomo de la misma y así contabilizaba el paso del tiempo.

A las siete y media había que estar puntualmente en el comedor para el desayuno. Durante las comidas era norma sentarnos a la mesa simultáneamente luego de bendecir los alimentos. Al finalizar, debíamos levantarnos luego de que el último usuario culminase de comer. No se podía hablar de aspectos operativos de la casa o abordar situaciones durante la hora de comida. Asimismo no era válido señalar las faltas a otros pacientes durante ese rato. Las fallas se señalaban justo al culminar de comer.
Luego del desayuno y de limpiar los utensilios de comida nos dirigíamos a asear la casa. A cada uno de nosotros nos tocaba un área diferente. Durante ese tiempo no se permitía ingresar al área de otro usuario sin pedirle permiso, de lo contrario uno podía ser señalado por “paso no autorizado”. Eso era agotador. Luego de la limpieza, los pacientes miembros del equipo de mantenimiento realizaban una revisión de las áreas para constatar que estuviesen limpias y así poder dar los puntos a cada interno por ese concepto.

El primer grupo de la mañana se llamaba “encuentro matutino”. En él leíamos una cartilla con la filosofía de la comunidad que había sido escrito por mi terapeuta, Carlos. Luego hacíamos la lectura diaria del Solo por hoy, que es el libro base de Narcóticos Anónimos. Finalmente, expresábamos con el operador de turno cómo nos sentíamos. Magda, la estricta operadora, siempre era muy aguda a la hora de detectar situaciones emocionales de nosotros.

A media mañana teníamos los grupos emocionales, que consistían de terapias donde podíamos trabajar aspectos de nuestra psique con la moderación de uno u otro psicólogo. A Carlos siempre le temíamos en esos contextos porque era muy confrontativo y no hacía concesiones. Quizá lo que nos incomodaba era que no se dejaba manipular por el adicto dentro de cada uno de nosotros. En una oportunidad en que Carlos me preguntó la percepción que tenía de él, en virtud de que yo le atribuía aspectos de la conflictividad con mi padre, le comenté que se me parecía a Pai Mei. Este personaje era el monje de mil años de la película de Quentin Tarantino, Kill Bill y bajo cuyo cruel tutelaje estuvo Uma Thurman. Sin embargo, lo que determinó la salvación del personaje representado por Thurman fueron las enseñanzas del legendario monje. Ultimadamente lo que salva en las adicciones es la disciplina.

Hacia el mediodía se volvía a repetir las secuencia de la comida con la salvedad de que quienes tenían la responsabilidad de prepararla debían estar pendiente de ella durante el transcurso de la mañana. Yo me llegué a volver un experto en la preparación de la gelatina en virtud de las mezclas que hacía.

Durante la tarde solía haber sesiones de grupo dedicadas a la prevención de recaída; que era dirigida por Lorena, la joven terapeuta de línea dura. Asimismo, había grupos para resolver problemas de convivencia y también había reuniones durante las cuales se discutían los señalamientos que habían sido hechos por los usuarios durante la semana. El caso de cada paciente se discutía por separado y se contabilizaban así los puntos que se perdían por concepto de fallas. Brian, el operador moreno de gran luminosidad, llevaba a cabo esa actividad.

De igual forma, los martes y jueves había deporte en el parque cercano a la casa. Entre las seis y media y las siete y media de la tarde teníamos un rato de esparcimiento que yo aprovechaba, como siempre, para leer. Luego venía la cena. Al final de la jornada, y hacia las nueve de la noche, había un grupo de cierre donde hablábamos de nuestro día y de nuestro mundo emocional. A veces, durante esos ratos hacíamos dinámicas lúdicas que yo odiaba puesto que a esa hora estábamos realmente cansados. Para cerrar íbamos a las habitaciones; las mujeres con Kiki a la cabeza a su dormitorio y los hombres al resto de los mismas. Casi todo el proceso tuve de compañero de cuarto a Iván e Ignacio, los jóvenes de 19 y 25 años respectivamente que egresaron en tiempos similares al mío y que formaban parte del llamado “grupo compacto”.

No es nada fácil hacer un proceso de rehabilitación; no sólo por el trajín y la rutina diaria sino por lo desgarrador que puede resultar el trabajo en las instancias emocionales. Sin embargo, ello para mí ha redundado en la inauguración de una nueva vida bajo el signo del bienestar y la luz.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



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