Dios bendiga los orgasmos

El aeropuerto de Frankfurt se ha convertido en mi peor pesadilla. Un espacio dulce y amargo al que llego con la felicidad desbordando y del que me despido con la ansiedad a flor de piel.

Manejar una relación a distancia es una tarea de a dos. Es una dinámica cambiante en la que rápidamente entiendes si estás realmente enamorado o si, por el contrario, podrías dejar todo ir. En mi caso, es la primera opción y, como eso supone, paso la mayoría de mis días contando las horas e ignorando toda la escena de la gran Barcelona solo con la ilusión de subirme al avión y llegar a Frankfurt, donde seré feliz.

Las cosas más interesantes, sin duda alguna, son las que ocurren mientras me encuentro en tránsito desde mi punto de origen hasta mi paraíso personal. Como llevo una vida de estudiante me toca viajar en los peores horarios, entendamos madrugadas, por lo que soy la persona menos amable y arreglada del mundo y eso de acercarse a mí se convierte en tarea difícil.

Sin embargo, todo es posible.

Subo al avión, con una hora de retraso, aún lloriqueando y sin apetito alguno. A mi lado se sienta un hombre indio arreglado y serio, al que ignoro desde el primer momento porque prefiero hundirme en mi depresión.

—¿No te parece curioso que los humanos creamos las sociedades y al mismo tiempo hemos creado la individualidad? —pregunta sorpresivamente mientras yo reacciono con cara de ¿de pana, me estás diciendo eso?

—Bueno, los humanos somos así. Bipolares, supongo.

Comenzamos a conversar acerca del clima alemán y sobre lo poco que la gente piensa en los demás. Nunca pregunté su nombre, pues no me importaba; él preguntó el mío con poco interés mientras me comentaba que estamos destinados a fracasar como especie si no comenzamos a pensar en los demás. #ironic

Un rato después me pregunta mi profesión. ¿Cómo le explico a este la wea que yo hago para comer? Le doy una descripción muy vaga y él responde que es médico endocrino, seguido de un argumento sobre las mujeres con problemas hormonales y el porqué lloran constantemente.

—Mi problema hormonal tiene nombre y apellido y vive en un país diferente al mío. Por eso lloro y no creo que eso sea un desbalance en mi cuerpo.

Empieza entonces a hablarme de las hormonas y literalmente de la nada me comenta que los orgasmos son lo único que nos permite mantenernos en erecto equilibrio. (lo de erecto fue el autocorrector y me pareció mejor que lo que pensaba escribir, ji, ji, ji).

—¿Sueles tener orgasmos? —me pregunta con una ligereza como si hablara sobre el inútil catálogo de compras del avión.

—Sí —respondo yo como si hablara sobre el cutre menú del vuelo.

—Entonces tu vida está bien. Piensa en esto: el número de monjas que mueren por cáncer relacionado con órganos reproductores es anormal. Cuando dan el voto de la castidad básicamente firman la sentencia de muerte, y al ser un tema tabú evitan todo tipo de actividad sexual. Años después enferman y le preguntan a Dios por qué les hace eso. La ciencia ofrece una respuesta, Dios no tanto.

Me quedo pensando con la boca semiabierta por el asombro de tan lógico razonamiento. No encuentro qué responder mientras lo observo hablar. Cuando logro enfocar mis sentidos y entender lo que decía comprendo que me está dando consejos de vida.

—Come cuando tu cuerpo lo pida, haz ejercicio, duerme al menos seis horas y ten orgasmos.

El capitán informa que aterrizaremos en Barcelona y que hace una temperatura de infierno. ¿Tan importante es nuestra vida sexual y nosotros nos sumergimos constantemente en tabúes y excusas?

El desconocido de pronto pide mi número para tomarnos un café y yo respondo con uno falso, mientras no dejo de pensar en la magia y el bienestar de todos los orgasmos que dejé a dos horas de vuelo y que extrañaré en los próximos días.

Love, R.



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