Disfrútalo y no opongas resistencia

Disfrútalo y no opongas resistencia

Aquella mañana la mujer hubiera podido dar media vuelta para regresar a su antiguo trabajo. Esa misma madrugada había muerto su padre, quien días antes le dijera con la intransigencia que lo caracterizaba “quiero que sepas que estoy en desacuerdo con que dejes tu cargo en una trasnacional para entrar en esa pequeña empresa”.

Pero ella no regresó. Se alisó el traje y sonrió durante toda la jornada. Ese día dos cambios ocurrían en paralelo. Uno de ellos era su decisión y lo abrazó, no por rebeldía, sino por convicción. El otro era obra de la naturaleza.

Veinte años después ya era socia y directora de la empresa. El año pasado, durante las vacaciones decembrinas, se quedó al frente de la oficina y en un mismo día le renunció un importante equipo. Enero la encontró trabajando largas horas. Debía hacer el trabajo secretarial, elaborar informes y atender todos los detalles de la relación con sus clientes. Cuando le preguntaban ¿cómo está la cosa? ella sonreía antes de responder “De maravilla”.

Conocí a esta mujer en un coctel hace un par de semanas. Mientras me contaba estas dos anécdotas, yo pensaba en lo importante que resulta aceptar y adaptarse a los cambios. Para ella no existían problemas insalvables, y en lugar de amarrarse a la culpa o regodearse en la victimización, hacía todo lo posible por activar sus habilidades y poner manos a la obra. Esa era su elección.

Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada ¿cierto? A esto podríamos agregarle unas cucharadas de azúcar si tenemos la dulzura de asumir los cambios con una dosis de creatividad. No es solo que las crisis nos traen oportunidades. También nos muestran de qué madera estamos hechos.

“El cambio sucede” es la primera premisa de Spencer Johnson en su libro ya clásico ¿Quién se ha llevado mi queso? No hay duda: el cambio es la única constante, así que mejor moverse con el cambio en lugar de resistirlo. Y si bien hay ocasiones en que esos cambios pueden anticiparse, en otras oportunidades simplemente nos caen como piano en la cabeza.

Aparte de la resistencia a salir de nuestra zona de confort y perder la “estabilidad” que consideramos ganada, el miedo puede hacer llave con las situaciones de cambio para dejarnos paralizados. Es aquí donde la incertidumbre se convierte en peso muerto: como no sabemos qué pasará después, nos quedamos congelados sin saber qué hacer ahora.

Para salir a flote y fluir con los cambios siempre es útil creer que tenemos las habilidades para sortearlos, y más importante, poner a trabajar la imaginación para vernos más allá de la coyuntura. Si eres capaz de verte del otro lado del río, de alguna forma ya alcanzaste aquella orilla. Por supuesto, debes lanzarte al agua y bracear. De otro modo te quedarás mirando el río correr.

Eso sí, conviene recordar que no hay cambios definitivos, o mejor aún, que todos los procesos se van concatenando para traernos otras dosis de movimiento e incertidumbre. ¿Y entonces? Nada. La vida es así, no la he inventado yo, como dice la canción.

Cambiar es cuestión de supervivencia, como aprendió aquella mujer. Y eso nos lo recuerda Spencer Johnson cuando escribe “Si no cambias, corres el riesgo de extinguirte”.

Aunque pensándolo bien, bajo tierra o en el más allá, seguro que seguimos cambiando.



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