Donante viva

Hace cinco años doné el riñón derecho a mi mamá. Fue una etapa crucial para mí porque quería ser madre y mi mamá necesitaba vida. Lo segundo se convirtió en mi Norte y lo primero es mi meta actual.

Una tarde recibí esa llamada: al otro lado de la bocina la voz de mi mamá dijo: “los riñones no funcionan, debo dializarme o transplantarme.” Todo se nubló.

Catorce meses pasaron y cientos de llamadas: mi mamá empeoró, mejoró, no amaneció bien. Se debilitaba día a día, buscaba tranquilizarnos con una sonrisa mientras el líquido entraba en su cuerpo a través de un catéter para mantenerla medio viva. Nosotros, su esposo, mis hermanos y yo, respondíamos con una sonrisa nerviosa, cansada y asustada. La diálisis se le practicaba cada seis horas.

El miedo a las llamadas cambió cuando llegó la que nos cambiaría la vida a mí y a mi familia: mi mamá necesitaba un riñón. Yo dije sin titubear: “bien, yo te doy uno.”

Los exámenes fueron muchos, recibí mucha información que, confieso, desconocía en su totalidad. Los médicos me preguntaron miles de veces si tenía la plena seguridad de lo que haría. Jamás lo dudé.

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El nivel de ignorancia que existe con respecto a la donación de órganos en nuestra sociedad es muy alto. Existen fundaciones que hacen el esfuerzo de informar sobre el tema, pero pocas veces son escuchadas. La mala fama de Latinoamérica con el tráfico de órganos es el peor enemigo de esta causa.

El día del transplante llegó. En todo el trayecto no había derramado una lágrima, pero mi actitud dura y firme se derrumbó cuando mi mamá me abrazó y dijo: “Gracias, hija”. Lloré como nunca. El frío burlaba la bata operatoria y su grosor miserable. Subí a la camilla. El trayecto al quirófano me pareció eterno. Al entrar al quirófano los estudiantes de medicina de la UCV (Universidad Central de Venezuela) aplaudieron y me dieron ánimo. Uno de ellos me dijo: “No tengas miedo, todo saldrá bien”. Decidí creerle, respirar profundo y creerle otra vez. El anestesiólogo me pidió contar hasta diez aunque yo solo llegue a tres. Al contar cuatro ya todo había pasado. Pregunté por mi mamá y una enfermera alcanzó a hacerme una seña de que no debía hablar y me guiñó el ojo. Sonreí.

El riñón, al que decidí llamar Miguel (por la creencia de mi mamá en los ángeles) inició su funcionamiento esa misma noche. La dicha era enorme.

donacion_organosHan pasado varios años y la felicidad que hoy irradia la sonrisa llena de vida de mi mamá me colma de agradecimiento. La cicatriz de siete centímetros, que con orgullo muestro, es mi herida no de guerra, sino de amor.

Mi mamá lleva una vida de mucho cuidado, tratamientos y ejercicios. Cada mañana agradece la vida. Por mi parte, llevo una vida saludable. Corro por las mañanas, hago yoga y realizo actividades al aire libre.

Muchas personas creen que donar un órgano vital es disminuir la calidad de vida y yo les digo sonriente que no ha sido mi caso. Consumo alimentos más sanos que antes, nada de enlatados, bebidas con gas, ni exceso de sal, lo que convierte a mis comidas en poemas culinarios. Soy totalmente feliz. Esa fue la decisión que siguió después de darle vida a mi mamá.

No tengan miedo de preguntar, de investigar. Muchas organizaciones están listas para responder cualquier pregunta y guiarlos en ese difícil proceso.

La Organización Nacional de Transplante de Venezuela tiene una página con artículos interesantes y preguntas frecuentes. Asimismo, hay dos páginas que también ofrecen información sobre el tema: Voluntarios sin Fronteras y Organdonor de Estados Unidos.

Donar un órgano es un acto de amor y fe. Lo sé porque pude darle vida a quien me la dio hace 27 años.

 



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