Reprimir un derecho es negarlo

La violencia es un diablo suelto. Un diablo que se muerde la cola. Gira fuera de control llevándose a todos por delante. Una vez en movimiento es impredecible, insaciable, a veces incontenible. Durante los últimos días los venezolanos han sido víctimas de este trompo peligroso. Como si no fuera suficiente la inseguridad que el año pasado acabó con la vida de casi 25 mil personas, ahora la violencia tomó las calles en uniforme.

¿Quiénes son los violentos en esta historia? Depende quien pregunta. Y quien responda.

El drama de Venezuela no es solo la polarización política. Es la deshumanización. La separación. La división sembrada para alcanzar y mantener el poder. Producto de todo esto alza vuelo una violencia que aparece con distintos rostros. Sin distinguir bandos.

“Los violentos son ellos”, una respuesta que dibuja un círculo para dejar a los otros afuera. Porque adentro estamos nosotros. Los que no sentimos la violencia. Los que no la hemos ejercido nunca.

¿De verdad? Observa lo que sucede a tu alrededor. Lo que dicen. Lo que dices. Lo que corre por las calles.

La violencia es un diablo suelto que sabe esconderse en la mente. Y desde allí secuestra la conciencia.

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El miedo puede ser muy mal consejero. Sobre todo cuando se tiene un arma en las manos. Ese arma puede ser un revolver, una cuenta de Twitter o una posición de poder. Cuando se actúa desde el miedo toda acción se justifica en defensa propia. Eliminar al otro termina justificándose como la única alternativa. El rehén del miedo cree que no hay más remedio.

Desde el miedo toda diferencia luce como una amenaza.

El miedo es muy efectivo para manipular. Al contagiar a las personas con miedo se borra el espacio de la respuesta conciente. Desde allí todo es reacción, defensa, retaliación. Actuando desde el miedo se inhiben los caminos del entendimiento porque es difícil (a veces imposible) entender a quienes piensan distinto. Solo hay oídos para sintonizar con las ideas afines. Toda diferencia de opinión es un ataque.

El miedo enferma. El poder también. Cuando esa enfermedad se hace epidemia vienen las mayores tragedias.

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Los derechos son universales o no lo son. Pedir tolerancia y excluir al mismo tiempo es incongruente. Es fácil ver la paja en el ojo ajeno. Lo difícil es observar las incongruencias desde adentro. Cuando pedimos paz pero deseamos guerra vamos por el camino equivocado.

¿Significa esto que debemos evitar el conflicto? No. Rehuirle solo hará que crezca. Pero el conflicto se resuelve desde la paz y la firmeza, que no son excluyentes. Hacerlo desde las balas y el abuso es apagar con gasolina el fuego.

No hay tus muertos y mis muertos. Son de todos. No hay tus derechos y los míos. Son compartidos. No hay mi verdad y tu mentira, ambas se encuentran en algún momento. Y desde allí, reconociendo lo que nos une y honrando las diferencias, es posible desarmar la bomba de tiempo que tiene años haciendo tic-tac.

Quienes ayer pedían justicia social y hoy piden cárcel para quienes desde las calles piden esa justicia están cegados por el poder. Reprimir un derecho es negarlo.

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Actuar desde la No Violencia, liberarse del miedo, reconocer la exclusión de los legítimos derechos a quienes disienten bajo un discurso que dejó de ser inclusivo hace mucho tiempo.

¿Qué más?

Entender que solemos defender posiciones en lugar de intereses. La posición ideológica puede ser distinta en Venezuela, pero el interés común de paz, seguridad y progreso no tiene banderas. Tiene una sola. Y bajo ella cabemos todos.

 



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