El águila

El Águila es considerada “La Reina de las Aves”. Es representación de libertad, dignidad, poder, velocidad. Ha sido utilizada como estandarte y emblema innumerables veces. Los indios de la costa noroeste de Estados Unidos representan al águila como Thunderbird, el pájaro de trueno. Los chinos la asocian con el valor, la tenacidad, la fuerza y el arrojo. En el antiguo Egipto, era un símbolo de la vida eterna y entre los celtas era el símbolo de renacimiento y renovación. Su belleza e importancia radica en la maravilla del animal en sí. Hay mucho que tratar sobre esta maravilla del Creador, yo quiero compartir con ustedes, lo que me hace amar a ésta ave, (en especial al Águila Real o Dorada) y la enseñanza que se encuentra intrínseca en este majestuoso de las alturas.

A los 40 años, sus garras le dificultan atrapar las presas de las que se alimenta. Su pico alargado y punteagudo, se curva más, apuntando hacia su pecho y no puede alimentarse bien. Sus alas se hacen más pesadas, lo que le quita rapidez y se cansa. Entonces el águila, tiene sólo dos alternativas: Morir ó enfrentar un doloroso proceso de renovación.

Vuela lo más alto que puede y busca un risco, un peñasco muy alto y escarpado, de difícil y peligroso acceso, donde se sienta segura y entre rocas grandes, filosas, ásperas y cortantes construye un nido para refugiarse. Allí, por instinto está determinada a sufrir. El águila comienza a golpear con su pico las piedras, hasta conseguir arrancárselo. Arranca una a una sus plumas y sus uñas viejas, y se queda allí, en ese recóndito lugar, indefensa, sin comer. Hay sangre, hay dolor, hay fatiga; sin embargo está decidida, o se rejuvenece o se sentencia a su propia muerte.

Después de cinco meses, ya renovada, sale victoriosa, con ese vuelo imponente que la caracteriza dispuesta a vivir 30 años más. Su instinto es la cruda prueba de sacrificio, de esfuerzo, de inmensa voluntad que le permite volver a ser lo que era antes y no a morir.

Ella es un ave que nació para vivir en las alturas, es de muy arriba, no de abajo y jamás se conformará con menos. Es el águila.

Cuando se avecina una tormenta, abre las alas lo más que puede, enfrenta al viento y hace que la empuje hacia arriba. Sabe que estará entre las nubes, sin visibilidad por una buena distancia, pero también sabe que es momentáneo, porque luego estará cara a cara con el sol y la tempestad quedará debajo de ella.

Debemos desprendernos de costumbres, tradiciones y recuerdos que nos causan dolor. Miguel Ángel Cornejo, lo define como cadáveres, que llevamos a cuestas toda la vida, un peso muerto que cargamos encima y nos dificulta ser; y muchas veces no estamos dispuestos a soltarlo, porque no queremos, no nos percatamos o simplemente porque no queremos reconocerlo. No queremos cambiar de perspectiva y, ¿qué ganamos con ello? ¿Vale la pena?

Como las águilas que usan los terribles vientos a su favor, podemos utilizar nuestros errores como maestros, para refinarnos y hacernos mejores y si son obstáculos que se nos presentan en el camino hacia una meta, enfrentarlos, sin parpadear, sin distraernos de ese fin que perseguimos. Al llegar a nuestro objetivo, no seremos los mismos, porque cada tropezón fue una oportunidad, de despertar y/o corregir y seguir guiados por aprendizaje, que nos hará ver más claramente por donde vamos. El águila enfrenta al viento y hace que la empuje hacia arriba.

Solamente libres del peso del pasado podremos aprovechar el resultado valioso que una renovación siempre trae. Somos benditos de poder recomenzar, rectificar, cambiar de ruta, de tener un nuevo respiro, de aprender. ¡Es un privilegio! ¿Qué sería de nosotros si estuviéramos atados innegablemente a cada error que cometemos? ¡Sería terrible!

¿ No es lo que muchos de nosotros hacemos? ¿Es realmente necesario?

¡Que viva el águila!



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