El amor hecho tortuga

Como la comeflor declarada que soy, adoro a todos los animalitos. Desde los feos y babosos, hasta los cuchis y peludos, no logro resistirme a la tentación de intentar tocarlos o por lo menos hablarles chiquito si no me puedo acercar.

Siempre he dicho que, de haber sido un poco más inteligente, habría estudiado biología o veterinaria para poder estar más cerca de ellos. Pero como la vida no me obsequió el don de la habilidad numérica, pues ni modo, me ha tocado aprender de ellos sólo lo superficial a través de aquellos que sí saben.

Una de las ocasiones en que más me he visto conmovida con la labor de los biólogos ha sido en Querepare en la península de Paria.

Querepare es una playa grande y salvaje a la que se le llega por una bajadita escondida entre los matorrales, un poco antes de llegar a San Juan de Las Galdonas. La primera vez que fui estaba con mi mamá y una amiga, nos habían hablado del proyecto de las tortugas y decidimos ir. Al llegar conocimos a Hedelvy Guada, la propia bióloga: despeinada, descalza, llena de arena y sonriente. Hedelvy es la cabeza de la Fundación CICTMAR que les proveen a las tortugas Cardón (Dermochelys coriacea) un lugar seguro para su reproducción donde los visitantes puedan observar el proceso y sensibilizarse acerca de la necesaria protección de sus hábitats.

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Esa vez estaban anidando, lo que, generalmente, hacen de noche. Por lo tanto uno se acuesta a dormir en unas cabañitas súper básicas que alquila la gente de Querepare, y esperas a que los biólogos te avisen que llegó una tortuga. La noche fue una locura. No llegó una tortuga, llegaron un montón. Los biólogos patrullaban la playa y se hacían señas con las linternas. Cuando llegas con ellos a donde está la tortuga, te quedas calladito y sin luces hasta que comienza a poner los huevos que entra en una especie de trance. Ahí sólo puedes prender luces rojas y tenues para no atormentarla, los biólogos la miden, la marcan, y recolectan los huevos para protegerlos en un mismo lugar cercado y cuidado. Esa noche toqué, admiré y lloré, ante una tortuga cardón de 2mts. Estaba demasiado emocionada. No pude dormir, no quería perderme ni una, pasé la noche corriendo por toda la playa y ayudando a mis héroes científicos a hacer lo suyo.

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Volví a Querepare un par de años después. Esta vez mi vida y corazón pertenecían -pertenecen- a un biólogo y quise llevarlo para lucirme entre los suyos. Ya las tortugas habían anidado hace meses y nos tocaba ver la eclosión de los huevitos. Si ver a una tortuga marina de 2mts me hizo llorar, imagínense ver salir de la arena en “frenesí natatorio” al mismo animal, pero del tamaño de la palma de mi mano. Nada se parece más al concepto de ternura que ver nacer a estos seres independientes que de una vez arrancan a correr hacia el mar para comenzar sus vidas. Fascinante y conmovedor.

Con el atardecer rosado, las vi partir, deseándoles un largo futuro en el que volverán a esa costa a poner sus huevos.

Para que los biólogos las estén esperando y protegiendo, entra a www.tortuadopcion.com y colabora con ellos, o visítalos entre marzo y agosto en la playa de Querepare.



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