El anticristo ya llegó

Cuando investigué acerca del tema, leí que la Academia Americana de Pediatría y la Sociedad Canadiense de Pediatría habían declarado que los niños de 0 a 2 años de edad no deberían tener ningún tipo de exposición a la tecnología; que en el caso de niños de 3 a 5 años su uso debería restringirse a solo una hora diaria, y que en los niños de 6 a 18 años debería limitarse a dos horas por día. Recordé las predicciones mayas del fin de nuestra vida como hoy la conocemos.

No es que vaya a haber un cataclismo o un diluvio. La interpretación que hacía la civilización maya que habitó una gran parte de la región denominada Mesoamérica, lo que es hoy Guatemala, Belice, El Salvador y Honduras, se refería a la reflexión sobre el futuro de nuestras conductas sociales. Los mayas partían del principio de que el bien y el mal eran igualmente divinos. Ambos, representados por dioses, estaban en constante lucha, aunque se mantenían inseparables.

Más adelante, hacia finales del siglo XX, tras la realización de unas excavaciones arqueológicas en las cercanías del mar Muerto, se encontraron restos de una antigua cultura semítica que en sus grabados identificaba el fin del mundo en el futuro a un ser ligado a tres símbolos repetidos: 666. El número 6, por tanto, indica la sexta letra de los alfabetos en que se escribieron originalmente los textos bíblicos y representa la letra W. Así, 666 es www. En el Apocalipsis se dice que, en el futuro, nadie podrá comprar ni vender si no es con el número de la Bestia, o dicho de otra forma, dependeríamos totalmente del anticristo.

Así como el número 7 significa plenitud, el 6 representa imperfección, y por eso la repetición para dar énfasis en aquello. La famosa marca de la bestia tiene a mi juicio, una directa relación al mundo actual.

Según la Fundación Kaiser los niños y jóvenes usan tecnología de 4 a 5 veces más que la cantidad recomendada, con consecuencias graves. Los dispositivos portátiles (como los teléfonos celulares, las tablets, y los videojuegos) han aumentado dramáticamente el acceso a la tecnología. Entre los 0 y 2 años, el cerebro de los niños triplica su tamaño. Estimular a un cerebro en desarrollo a través de la sobreexposición a la tecnología ha demostrado tener una directa relación con la función ejecutiva y el déficit atencional, el retraso cognitivo, la dificultad en el aprendizaje, el aumento de la impulsividad y el aumento de gritos y rabietas.

El uso de la tecnología también restringe el movimiento, lo que puede resultar un retraso en el desarrollo. Hoy en día, uno de cada tres niños comienza la escuela con algún tipo de retraso. A eso se debe agregar un aumento sostenido de la obesidad. Los niños que tienen permitido tener un dispositivo en sus dormitorios tienen un 30% más de riesgo de ser obesos. El 75% de los niños entre 9 y 10 años sufre de privación del sueño y como consecuencia, sus calificaciones se ven negativamente afectadas. Por último, el uso excesivo de tecnología es un factor determinante en el aumento de las tasas de depresión infantil, ansiedad, trastorno de vinculación, autismo, trastorno bipolar, psicosis y el comportamiento problemático.

Esta columna no pretende demonizar la tecnología, está lejos de ello. Concientizar es la palabra adecuada que quiero regalar a padres e hijos con respecto al impacto negativo a la sobreexposición tecnológica. El abuso tecnológico es igual de adictivo que exagerar en la toma de un medicamento o en la ingestión de una copa de vino.

Quizá los mayas, los arqueólogos y los historiadores advirtieron que la World Wide Web es el famoso “anticristo”, no por su buen uso en el campo de la medicina, la aviación o el servicio público, sino porque el enemigo se esconde siempre donde menos se lo busca: en las propias casas.



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