El camino de vuelta a casa

Siempre se tiene el deseo de volver a casa. No importa que tan bien estés afuera. O que tanto te niegues a aceptarlo.  No hay nada que reconforte más el alma de un emigrante que sentir el abrazo de la familia, el calor del hogar, el cariño de la gente, el  olor de nuestra comida o la familiaridad de las calles que durante años transitamos una u otra vez.

Pese a tener tan solo cinco meses fuera de casa, la cercanía de mi cumpleaños se volvió una excusa perfecta para regresar. Mi único deseo era celebrar mis 35 años al lado de mi familia, mi pareja y mis amigos. No quería nada más.  La bendición de tener un jefe extranjero que entendió perfectamente mi petición, me permitió juntar unos días libres y comprar un boleto para Caracas por una semana. Durante dos meses y medio conté los días, las horas, los segundos, hasta que finalmente llegó la fecha tan esperada.

Obviamente estaba emocionada. Pero, de pronto, empecé a sentir miedo. Miedo de volver a casa. De sentir que no tendría ganas de regresar a la nueva vida que estoy emprendiendo. O que mi ciudad me resultara irreconocible, que me sintiera extranjera en mi propio país, encontrar a mis papás con achaques que no tenía o ver que no podía llevar el hilo de las conversaciones de mis amigos, porque me había perdido demasiados acontecimientos.

Miedos válidos. Pero que se disiparon en la medida que fui recibiendo el mismo cariño de mis amigos, sintiendo los mismos abrazos afectuosos y escuchando las mismas risas. Ver la emoción de mi madre al recibir la sorpresa de mi visita. Compartir la alegría de tener un año más vida junto a mis amigos. Disfrutar de la playa junto a mi amor más grande. Y ver la emoción de mi gente con mi llegada, no tuvo precio. Y esos son precisamente los momentos que nadie te devuelve.

Hasta allí todo había sido hermoso. Lo que no sabía era lo que vendría después. Esa tristeza profunda al momento de partir. No sólo porque sentiste que el tiempo se te hizo corto, que no hiciste todo lo que querías hacer, que no viste a todos los que querías ver ni comiste todo lo que querías comer. Es el vacío que queda en el alma tras dejar nuevamente a la familia, a los amores y tu gente. La nostalgia revuelta. Y el apego alborotado.

La dosis familiar te recarga, te renueva y te revitaliza. No hay duda. Pero al retornar sentí que volví a comenzar. Quizás no de cero pues al montarme en el avión no sentí ese miedo a lo desconocido que tuve el día que me vine por primera vez. Pero es volver acostumbrarse a estar sola. A tu lucha diario de ubicar tu lugar en otro país. Cada noche que viene luego de mi regreso recuerdo los buenos momentos para refugiarme en ellos y fortalecerme en la sonrisa de los míos. Acobijarme en ese calor de hogar, mientras el tiempo vuelve a hacer de las suyas para sentirme a gusto en tierra ajena.

 

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