Historia de domingo: el club de las trencitas

Hay circunstancias -que tienen que ver con la naturaleza de los humanos- que toman vida propia, crecen de manera inevitable y nos inundan. Cuando se viene el amor, por ejemplo, nada lo puede evitar, igual pasa cuando se viene la muerte. Uno ve venir desde lejos la primera ola del tsunami y sabemos que lo trastocará todo y, sin embargo, algo en esa ola nos fascina o más bien nos hipnotiza. Así me vino la muerte de un hijo.

Después de ese desastre, llegué para pasar mis penas, a tragar mis llantos, a las costas de Veracruz. Allí, en un hotel con desayuno, piscina y vista al mar, hicimos -con mi hija de 6 años- una rutina que no lograba sacudirme el dolor, más bien parecía acentuarlo. Al tercer día, después de almorzar, le propuse entonces una aventura: «tomemos un bus a ver a dónde nos lleva». ¿Y a dónde vamos?, me dijo. No sabemos, le contesté, de eso se trata.

En la esquina del hotel, alzamos el brazo y tomamos el primer micro que pasó. Tenía un letrero que decía «Mocambo – Boca del Río». Avanzamos por la orilla del mar, al borde de la ciudad. ¿Y dónde nos bajamos?, preguntó mi hija. Allí donde veamos una señal. Por ejemplo, el canto de un pájaro, una canción que nos traiga el aire y que signifique algo para nosotras, una conversación que contenga el nombre de alguien a quien conocemos. De alguna manera algo nos avisará cuándo debemos bajarnos. Hay que estar atentas. Mi hija de seis años asintió, entendiendo de qué se trataba este juego.

El micro paraba cada tanto, recogía a unos, dejaba a otros. De pronto, el chofer -manteniendo el motor encendido- bajó pronunciando estás palabras para sí: «Aquí es la cosa». Mi hija y yo nos miramos. Bajamos, inmediatamente.

TRECITAS-EN-BAJA

Uno con sombrero tejido vendía aguas de Jamaica. El chofer se acercó, se compró un vaso y siguió su camino. Nosotras ya estábamos zapatos en mano, por la arena, atraídas por el mar, sonreídas por lo obvio del mensaje.

La playa estaba vacía, era día de semana. Por allí una pareja de amantes -extraviados de sus vidas- una mujer con un par de tacones en la mano -como si acabara de renunciar a su trabajo- un vendedor de collares hecho de conchas marinas.

Durante los días de semana, la playa es el back stage de la ciudad -pensé- y me tiré en la arena, mirando pasar las nubes. ¿Qué hace esa mujer, mamá?

Era Teresa y tejía trenzas. Ella toda vernácula, como de atuendo festivo, era una flor en mitad del ocre de la arena, el centro del target, allí donde tiene que dar la flecha.

Sin dejar de tejer el pelo de una pueblana, ladeó su cara pícara, alzó las cejas como diciendo «qué hubo», como dando por sentado que «aquí es la cosa».

«Quiero trencitas». Titubeé, necesitaba saber el precio antes de dar un sí o un no. Hice el gesto de revisar los bolsillos. Pero Teresa sacó un peine que guardaba entre sus tetas, y golpeó fuerte la mesa, dando una orden. «Usted es la próxima», dijo y le guiñó un ojo a mi hija.

Cuando terminaron de hacerle las trenzas a Esther, la pueblana, se dio vuelta y mostró su peinado y su mirada nublada. Era ciega. Nunca tuvo tanto sentido la pregunta: «¿Y cómo me veo?».

Teresa sonrió plena, hizo pasar a mi hija a la silla con una reverencia breve: flexionó apenas las rodillas, no bajó ni un centímetro su cabeza.

Un mesonero estaba acercándose a la mesa y Esther le gritó antes de que llegara: «¡Traiga cervezas para todas, mire que yo pago!». ¿Qué celebramos? Pregunté. Y Esther: «Pues que usted puede ver y que yo puedo sonreír». ¿Cuántas trenzas quieres que te haga, guerita?, dijo Teresa. «Miles» dijo mi hija y todos estallamos en carcajadas. Las primeras después de aquella muerte.

La siguiente ronda de cervezas la invité yo, y la siguiente también. Pasaron unos mariachis y Teresa brindó un par de canciones, a cuenta de un dinero que le debía «el hombre del guitarrón». Se vino la noche y volvimos al hotel.

Después de la risa, de canturrear el corrido de Juan Charrasqueao, de bailar descalzas sobre la arena, de abrazarnos y hacer una ronda, vino el eco de los techos altos y el granito, la música chill out y los saludos de lobby. El silencio, antes de dormir, se interrumpió: ¿Mamá, y mañana vamos a volver al club de las trencitas?

 



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