El colapso

Salí del consultorio del médico genetista con el corazón destrozado, y es que no era solo mi corazón lo que se destrozaba, sino nuestra ilusión y la creencia de que seríamos una familia común y corriente como la gran mayoría, como lo habían sido anteriormente todas nuestras familias y nuestras amistades. Simplemente, lo que todos deseamos y creíamos que pasaría.

Yo creía y esperaba que el día que naciera mi hijo nos iríamos a nuestra casa muy contentos los tres y vivir felices para siempre…

¿Felices para siempre? ¿Eso existe? Esa frase retumbó en mi mente al mismo tiempo que yo veía cómo mis planes, nuestros planes, se iban derritiendo como una gran torre que caía a un gran pozo. Espero no sonar exagerada en mis palabras y tal vez solo las personas que lo han vivido lo pueden entender.

Yo lo único que quería hacer era irme a mi casa y dormir, dormir profundamente para poder despertar de mi sueño… Pero eso no pasó, al contrario, cada día me caía más el veinte como solemos decir.

No tuve tiempo de no hacer nada y ponerme a llorar mi tristeza, con todo y ello nos pusimos las pilas a buscar primero que nada un lugar donde le pudieran dar rehabilitación física a Jorge Mario. La primera opción fue el DIF y sacamos cita para que le realizaran una valoración y de acuerdo a esta le hicieran un plan de terapias.

Recuerdo que en esa primer valoración nos hicieron todo tipo de preguntas casi casi desde el día de la concepción, todos los detalles de los nueve meses del embarazo y todo lo acontecido desde el día 31 de agosto, que es el día que nació mi hijo.

Ese día fue la primera vez que tuve que responder cientos de preguntas relacionadas con mi hijo, contrariamente a lo que comúnmente preguntan a los papás: ¿Cuándo nació? ¿Cuánto pesó? ¿Cuánto midió? Y hasta ahí. Esas tres preguntas en mi hijo eran solo parte de otros cientos que nos podrían arrojar más datos importantes.

Se realizó el plan de terapias cada tercer día. A mi esposo le daban oportunidad en su trabajo de salir a media mañana para ir por nosotros a la casa y llevarnos al DIF. A cambio de eso mi esposo se quedaba sin comer y en la tarde que ya salía hacíamos una comida cena.

Así estuvimos aproximadamente un año y las terapias empezaron a ser más retiradas por lo que buscamos más opciones en otros lugares.

Para ese tiempo ya estábamos en un medio de familias especiales como la nuestra rodeada de médicos y terapeutas. Así es como dimos con una terapeuta llamada Betty que impartía terapias particulares en su casa. Así entre las terapias con ella más las del DIF llenábamos toda la semana.

Una vez al mes llevábamos a Jorge Mario con la neuróloga pediatra durante el primer año y ella le iba indicando medicamentos que ayudaran en su desarrollo.

Los gastos médicos iban en aumento y yo cada día estaba más lejos de tener un empleo, pues la prioridad era ofrecerle a mi hijo toda la rehabilitación posible, y si yo trabajaba no había quien lo llevara a sus terapias.

Pero para todo esto se requerían muchos más recursos económicos. Y es justo ahí que otro problema surge: cuando ves todo lo que tu hijo requiere y que desgraciadamente no puedes hallar la solución para obtener más dinero.

Comienzas a sentirte entre la espada y la pared. Yo necesitaba un empleo para ayudar a solventar nuestros nuevos gastos médicos y a la vez debía estar para mi hijo todo el día para llevarlo a sus terapias y continuar con ese trabajo en casa, todo eso sumado a las labores propias de ama de casa.

Otra gran desventaja para nosotros era que no teníamos a ningún familiar en la ciudad de Chihuahua para que nos apoyara con el cuidado de nuestro hijo, y obviamente no era candidato para ingresar a una guardería.

Por más que volteaba a ver mi panorama no veía una luz en mi camino.



Deja tus comentarios aquí: