El coleccionista

Def.: 1. Persona aficionada a agrupar o formar conjunto de objetos.

Existen muchas formas torpes de decir que la familia es lo primero. Mi abuelo, por ejemplo, tenía frases revolucionarias como:

– El que tiene hijos no tiene empleados. Los varones de la casa siguen los pasos del padre.

Durante buena parte del bachillerato, retornar del colegio significaba cerrar una parte del día y abrir otra: trabajar en la bodega con mi papá y mi abuelo, como lo hizo mi hermano mayor y como lo harían los menores, salvo Gilberto, a quien le desagradaba a ultranza el asunto. Esto nos ocupaba las tardes hasta las 9:00pm y los sábados. Como toda regla tiene una excepción, ese trabajo debía terminar si entrábamos a la universidad, porque entonces había que estudiar mucho para no ser un profesional de segunda.

Yo por mi parte, con la poca paciencia característica, frecuentemente tenía riñas y encuentros con clientes, que con buen ánimo llegaban con chistes cuando yo ya tenía demasiadas horas sentado en clase o parado detrás del mostrador. Al cerrar las puertas, se abrían las tareas diarias: acomodar los refrescos en la nevera y la cerveza en las cavas, contar el efectivo, ordenar facturas y en general limpiar todo para el día siguiente. Mientras papá terminaba, una charla frecuente con mi abuelo me recomendaba tener más paciencia. Luego del sermón, mi turno de repetir la pregunta:

– ¿Por qué trabajar tanto? ¿Por qué hasta tan tarde? Yo no tengo nada, pero usted ya parece tener mucho. ¿No es tiempo de disfrutar?

De los pocos entretenimientos de mi abuelo, recuerdo su gusto por la comida recién hecha en la mesa (Dios librase a mi abuela de recalentar algo), los viajes a las islas para supervisar la vendimia en sus viñedos y los encuentros de diciembre, donde la única excusa válida para no ir a casa era estar en el hospital. Por lo demás, era una persona tan sencilla como su guardarropa, que al mejor estilo del de Einstein sólo tenía camisas blancas y pantalones marrones, más un traje gris de contrabando para ocasiones de fiesta y funerales.

Con los años, los viajes se espaciaron y eventualmente terminaron. La familia por su parte, empezó a tener sus propias celebraciones de navidad. En ese momento empecé una campaña para encontrarle hobbies. Aunque muchas de mis ideas realmente no tenían sentido para una persona de la tercera edad, la mayoría eran descartadas por costosas. Eso me molestaba, porque creía o entendía que el dinero no debía ser un impedimento, y creo que mi abuelo lo tenía ¿por qué no usarlo? Éste era su argumento:

Un hombre debe ahorrar, para poder enfrentar una emergencia, una enfermedad o una guerra. Si es dichoso y eso no llega, dejará orgulloso a sus hijos el fruto de su trabajo como herencia. Y uno sabe que eso no alcanzará para los nietos, porque es sabido que una generación trabaja y la siguiente gasta.

Lo oía sin hacer caso, catalogándolo de anticuado, pero a eso también tenía respuesta:

Será anticuado, pero así me enseñaron y estoy muy viejo para pensar otra cosa. No me gusta gastar, yo disfruto es del trabajo, tal vez sea una mala costumbre, pero lo que fue necesidad y obligación se ha convertido en el motivo para levantarme cada día. Yo no sé vivir sin trabajar, yo no entiendo lo que para ustedes es diversión. Yo necesito que me necesiten.

Empeñado en que cada generación debía hacer su propio esfuerzo, no aceptaba los argumentos. Yo insistía en que debía gastar. Entonces recurrí a la idea de una colección. Ésa era la respuesta, mi abuelo debía coleccionar algo diferente a días de trabajo o gallinas y conejos en un solar, detrás del edificio que construyó con sus ahorros.

Después de hacer una lista de coleccionables, me senté a presentar opciones, que leyó con cuidado mientras asentía o negaba. Ese día abandoné para siempre la búsqueda. Ese dia me dijo, mientras me apuntaba con el dedo a la línea de “numismático”:

– Ya no tenemos que tocar más el tema, porque revisé la lista y descubrí que yo ya era un coleccionista, pero no lo sabía. Yo soy uno de éstos: ¡yo colecciono dinero!. Espero con ansia a que tu papá llegue los lunes del banco, con mi libreta de ahorros actualizada. Entonces afilo mi lápiz Mongol y empiezo a poner las comas en las cifras cada tres números, porque esos tontos con sus computadoras no lo hacen. Tienes razón, todos tenemos una diversión, esa es la mía.

Hábilmente se había escapado, usando mi propia lista. No tenía sentido explicarle que el numismático colecciona monedas y billetes antiguos en lugar del circulante. Yo era el equivocado, cada persona tiene su disfrute, y aunque nos mueva la mejor intención, el disfrute no se presta ni se copia, porque no depende de un objeto, sino de nuestra percepción de él.

Un psicólogo me dijo una vez, que mi abuelo era un “hacedor”. Le habían enseñado sin querer, que su existencia necesitaba ser justificada con trabajo, haciendo, para ser aceptado y respetado. Y cuando uno se acostumbra a hacer, ya no sabe parar si no se acaba la vida.

Mi abuelo partió de pronto, sin mucho ruido ni larga agonía, sin entender bien donde estaba ni quiénes éramos su familia. Como tributo a él, mi abuela enfermó años después, mermando su colección en medicamentos y hospitales, buscando aliviar lo que desde el día en que lo enterramos no tenía remedio: la tristeza de ver cada mañana el vacío en su cama. Creo que para eso era la previsión. Nueve hijos vivos recibieron el resto, irónicamente cuando a pocos les hacía falta.

Dinero, el manual de cómo formar a una familia honesta, y sus recuerdos de vida, quedaron de mi abuelo, del plan B de un papá, el coleccionista.



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