El complicado mundo de la disciplina escolar

Miranda llegó a la escuela de seis años, cargada de ilusiones y deseosa de hacer amigos. Fue recibida en un entorno donde los colores y las palabras dulces imperaban. Se hablaba de respeto y tolerancia. Las reglas eran claras y los maestros los encargados de hacerlas cumplir.

Miranda no tenía miedo. Si alguien rompía una regla, la maestra tomaba la situación en sus manos para controlarla y el resto del salón aprendía de la experiencia, y mantenía intactos los lazos entre sus miembros porque el infractor no era señalado ni execrado. Se trabajaba con él para que aprendiera y creciera positivamente.

El tiempo pasó y Miranda se hizo adolescente. Siguió yendo al colegio como siempre, pero se dio cuenta de que ya el control y la disciplina no funcionaban igual. Sus profesores (ahora eran muchos) parecían no poseer el control y todo dependía, en forma tácita, de cada alumno. Si alguien rompía una regla (reglas que extrañamente cambiaron de un día a otro), el profesor casi nunca sabía quién era el responsable, y ella y sus compañeros comenzaban a debatirse en una especie de pugna moral tratando de evadir el posible castigo «general». La presunción de inocencia desapareció para dar lugar a un lema silencioso: «cualquiera puede ser culpable».

La solidaridad grupal comenzó a fracturarse porque, si bien es cierto que Miranda entendía que algunos de sus compañeros se habían vuelto difíciles en esos años, ahora se veía «obligada moralmente» a acusarlos para proteger su pellejo aunque muchas veces ni entendiera la gravedad de la falta y se expusiera al ser señalada como delatora. La seguridad que la acompañó durante su infancia de la mano de sus profesores como garantes del orden y mediadores de conflictos se disolvió y se convirtió en una relación donde mientras más cerca y en sintonía estuviera con ellos, menos problemas tendría. Ser un camaleón para tener protección.

En casa, en la televisión y en los libros se hablaba de justicia y responsabilidad, pero al llegar al colegio todo quedaba afuera y entraba a una selva donde las reglas y castigos no necesariamente debían ser «coherentes» y decir «¿por qué me castiga si yo no hice nada?» era un exabrupto. “O dices entonces quién fue o castigada como todos”. No podía contar allí dentro con sus padres. Su nivel de influencia era poco, y ni soñar reaccionar de acuerdo a los principios de igualdad y justicia aprendidos de ellos. Aquí parecían no aplicar.

Creció, se graduó y en ese tiempo vio cómo el más desordenado y agresor casi nunca fue castigado, ya que nadie se atrevió a delatarlo por miedo a la represalia y se volvió cada vez más poderoso. Vio a las chicas y chicos sencillos, silenciosos, crear su burbuja para no seguir pagando cuentas ajenas. A los deseosos de venganza, aprovechar el sistema para castigar a quienes consideraban debían ser castigados. Al grupo en general, crecer con una extraña idea de justicia y resolución de conflictos que, irónicamente, no aplicaba para nada al dejar la escuela. Afuera no pagan todos por uno. Afuera hay que probar las acusaciones. Afuera sí se presume inocente al otro si no se demuestra lo contrario.

Miranda aprendió a pelear en ese terreno para superar esa etapa. Se cobijó con los valores recibidos en casa y trató de salir ilesa de ese mundo con valores muchas veces incoherentes.

Miranda es cada niño que se encuentra perdido dentro de sistemas de disciplina y control escolar marcados por la sanción y el premio y cerrados a la mediación y el ganar-ganar.

Miranda es cualquier niño que debe claudicar ante un sistema que no apuesta por acercarse al ser humano, sino a domarlo como un animal.

Una vez mi amiga Mónica, ante su decisión de desescolarizar a sus hijos y darles la oportunidad de vivir una experiencia mucho más enriquecedora, me dijo algo así: “No quiero criar combatientes, entrenarlos para la defensa y ataque. Quiero seres humanos libres y conscientes de sus responsabilidades”. Palabras más, palabras menos es lo que quiero yo también para los míos y pareciera que se hace cada vez más difícil.

Los colegios y demás centros educativos parecieran estar apostando solo a la sanción, a la autorregulación de los grupos humanos (cueste lo que cueste) y rindiéndose ante la opción de acercarse más a los alumnos y comunicarse con ellos, tocar su parte humana, sembrar valores y construir seres humanos con altas capacidades de negociación para disminuir la violencia física, sicológica y verbal.

Los episodios de acoso escolar y agresiones a instalaciones, desconocimiento de las autoridades en los planteles y vandalismo aumentan y, aunque los educadores se enfrentan a generaciones que vienen de casa (en buena parte) sin valores ni disciplina, no terminan de entender en muchas ocasiones que sin acercamiento y comunicación, tanto con los alumnos como con sus padres, nada va a cambiar. Por el contrario, se va a incrementar el caos.

No se gana nada ofreciendo castigos grupales infinitos, solo darle una guarida al inadaptado entre el silencio de todos sus compañeros. No se obtiene ningún beneficio obligando a todos los alumnos a convertirse en delatores si no se les ofrece la protección debida ante las posibles retaliaciones. Se siembra más miedo e inseguridad.

Los padres debemos formar parte activa en esta situación y pujar por centros educativos más humanizados. Luchemos porque cada Miranda crezca en ambientes sanos, con valores coherentes y sin miedo. Es el primer paso para un mundo mejor.



Deja tus comentarios aquí: