El desafío social ante el Covid-19

El desafío social ante el Covid-19

Tal parece que en este momento dependemos casi en un cien por ciento de la conciencia y disciplina de cada persona para evitar contagiarnos con el COVID-19, y de la conciencia ciudadana para protegernos unos a otros.

Sin embargo, no es tan fácil el cumplimiento de la cuarentena para ciertos sectores sociales que se debaten entre protegerse del virus o salir a la calle a buscar el sustento que les permita comer y no morir de mengua. Este dilema lo viven muchas sociedades del mundo cuyas economías dependen muchísimo de la economía informal y que, además, no cuentan con el apoyo estructurado por partes de sus gobiernos para ser financiados y apalancados en medio de una de las crisis más violentas de los últimos años.

Tal vez la pregunta podría ser: ¿Es posible permanecer en confinamiento cuando se vive en un barrio de muy bajos recursos de América Latina, el sudeste Asiático o África?

Por ejemplo, en zonas populares de Caracas, Venezuela, como Petare y Catia, la cuarentena se hace insostenible debido a que la gente, en su mayoría vive, del comercio informal, y si no sale a la calle no conseguirá el sustento para sus familias. Algo similar ocurre en Marruecos, el Líbano y Túnez en donde la mayoría de su población vive de la economía informal. Incluso en Abuya, la capital de Nigeria, en donde sus pobladores están invadiendo las calles en busca de alimento o un trabajo que les permita sostener a sus familia. Sus ciudadanos argumentan que no le temen al ejército, pero sí a morir de hambre. En México ocurre algo similar en el mercado de El Salado, uno de los más emblemáticos del país azteca, que cuenta con aproximadamente 5000 puestos. Sus comerciantes insisten en abrir sus espacios para poder facturar y así poder sobrevivir a pesar de la presencia del Covid-19. Lo mismo sucede en Europa, principalmente en Francia, donde uno de sus barrios más emblemáticos debido a sus altos índices de pobreza, desigualdad y criminalidad, Saint Denis, está reportando la más alta tasa de mortalidad en el país a causa del Covid-19. Aun así, muchos continúan trabajando como si nada estuviese sucediendo. Su gente al ser entrevistada dice: “Sí, el coronavirus mata, pero mata menos que el hambre; el hambre mata a ciencia cierta”.

Lo mismo ocurre en Nueva York, en donde pasan por crematorio hasta 20 cuerpos en jornadas laborales de 16 horas, los siete días de la semana, como consecuencia del mortal virus. La gran manzana es el epicentro de la pandemia de coronavirus en Estados Unidos, con aproximadamente 260 mil contagiados y más de 20 mil muertos.

La gente está muy nerviosa, ansiosa y asustada. Realmente la están pasando mal, principalmente los sectores más vulnerables, aquellos que no pueden quedarse en casa por más miedo que sientan, pues deben cubrir la renta y la comida.

Estamos hablando de que el 34% de los muertos en Nueva York son latinos y el 28% afroamericanos. Precisamente son estas poblaciones quienes además de sufrir de enfermedades preexistentes, menos acceso al sistema de salud, cuentan con trabajos de alto riesgo, ocupando la “primera línea” de batalla en distintos frentes. Por ejemplo: trabajadores de supermercados, choferes de autobús, encargados de limpieza, repartidores, cuerpos de seguridad y trabajadores de la salud. Sin duda, hay segregación por raza y grupos étnicos en la fuerza laboral no solo de una ciudad, sino de todo un país que se replica en todo el mundo.

Entonces, ¿qué hacemos para que los sectores más desposeídos puedan confinarse y aguantar en sus casas una cuarentena? ¿Qué respuestas concretas podría dar el Estado para socorrer a los más necesitados en esta crisis sin precedentes? Sin duda, algunos gobiernos cuentan con más recursos que otros y eso será determinante en los programas de ayuda financiera que sean puestos al servicio de los ciudadanos.

Por ejemplo: En EEUU el gobierno federal aprobó un paquete de estímulo económico de aproximadamente 2. 2 trillones de dólares, que fue dirigido a las cuentas de millones de estadounidenses. En Europa son muchos los programas de estímulo social para ayudar a los trabajadores y empresas privadas. En Japón, el gobierno otorgó 100.000 yenes, es decir, 885 euros para cada ciudadano en un intento de estimular el consumo interno, allanar el camino hacia la recuperación económica y amortiguar la crisis del coronavirus. El gobierno alemán dispondrá de aproximadamente 50.000 millones de euros en ayudas directas a las pequeñas empresas o trabajadores independientes. Por su parte, el gobierno australiano anunció un paquete de 130.000 millones de dólares con los que aspira que 6 millones de trabajadores reciban cada uno 750 dólares australianos por semana mientras dura la epidemia. Por supuesto, dependiendo de las reservas de cada país ha sido el tamaño del gasto público en cada nación.

Lamentablemente, en muchos de los países latinoamericanos el gasto social o las medidas de apoyo a los trabajadores y el sector empresarial ha sido muy débil, potenciando la crisis económica que, al juntarla a la crisis de salud pública, hace mucho más grande el problema.

Ahora bien, luego nos encontramos con un sector de la sociedad menos vulnerable, categorizado como la clase media profesional que no solo puede trabajar desde su casa, sino que además cuenta con cierto nivel de ahorros que le permite soportar la dinámica de la cuarentena. Estos sectores en algunos países han demostrado cierto respeto a las indicaciones emitidas por la OMS, que exige el cumplimiento del confinamiento y el distanciamiento social. Sin embargo, la negación colectiva por parte de la población frente a la medida del confinamiento no responde exactamente a la clase social a la que pertenece el ciudadano. Existen muchas evidencias de que poblaciones con bajos recursos han respondido al uso de mascarillas, distanciamiento social y lavado permanente de manos con mucha más conciencia que aquellos que aparentemente gozan de una mejor situación y grado de instrucción. Sin duda, la conciencia social no depende del poder económico o nivel educacional, depende del nivel de compromiso y responsabilidad de cada ciudadano frente a la crisis que podamos estar enfrentando.

Luego, llegamos a ese sector de la población de un nivel socioeconómico indeterminado, y que ha demostrado una rebeldía crónica, al no acatar ni la cuarentena, sin importarle las consecuencias que pudieran generar, no solo a su salud, sino al bienestar de aquel que no conoce, pero que merece el respeto y derecho a la vida.

Por ejemplo: Hace unos días, un DJ francés muy famoso llamado David Guetta, ofreció un concierto en vivo desde un balcón en el área de Brickell a beneficio de la lucha global contra la Pandemia del coronavirus, el objetivo era recabar dinero y que la gente lo disfrutara desde sus apartamentos. De manera irresponsable, un grupo de jóvenes, irrespetando las medidas establecidas por las autoridades, se congregaron en un mismo apartamento para tomar, bailar y pasarla bien, sin utilizar ningún tipo de seguridad como guantes y tapabocas.

El desafío social es muy amplio, sin embargo, la clave está en que cada ciudadano del mundo, independientemente de su raza, lengua, posición social y económica, tenga la sensibilidad para responsabilizarse en el cumplimiento de los protocolos de higiene exigidos, para entonces poder lograr aplanar la curva de contagios.

Los gobiernos deben ser estrictos, pero al mismo tiempo muy flexibles con esos sectores abatidos por la desigualdad y pobreza, que más que una excusa, son realidades sociales las cuales no podemos ignorar.

Sin duda, todos los actores sociales deben involucrarse en la solución a través del trabajo en equipo, la cual pasa a ser una de las mejores estrategias en una coyuntura que demanda gran inversión de capital social, que pueda contener este sunami epidemiológico, que amenaza con destruir no solo el orden social, sino sus estructuras económicas.

Las sociedades que salgan adelante y logren reponerse de esta difícil prueba, serán aquellas cuyos ciudadanos logren trabajar de manera interdependiente, donde cada individuo como unidad de conciencia se comporte a la altura de las circunstancias, y en donde se tenga la suficiente inteligencia emocional y ética para saber dónde terminan sus derechos y donde comienzan los derechos de los demás.

El gran desafío social que tenemos en tiempos de Covid-19, es vencernos a nosotros mismos. Es ser genuinamente solidarios como ciudadanos, políticos, empresarios y trabajadores. Es minimizar nuestras mezquindades y darle valor a todo aquello que en algún momento dejó de ser importante, para acumular compulsivamente, y perseguir lo que ahora nos damos cuenta, nos dejó con las manos vacías: la vanidad.

Sacar lo mejor de nosotros será nuestra mejor protección frente a las pretensiones de los sistemas políticos de aumentar los controles sociales excesivos, disfrazados de un profundo autoritarismo que, de suceder, solo contribuirá a una mayor brecha de las desigualdades sociales.

Tal vez todo esto traiga como resultado una transformación cultural que logre frenar la obsesividad por la tecnología, los patrones de consumo absurdos y la superficialidad en las relaciones humanas. Seguramente esta pandemia nos lleve a los principios básicos de la convivencia social y nos recuerde que la materia prima de este mundo, somos nosotros.

Nadie puede asegurar cuándo exactamente el mundo contará con la vacuna que nos devuelva la tranquilidad a los ciudadanos del mundo. Por ahora dependemos de nosotros mismos para mantenernos a salvo, y ese precisamente es el desafío.

Imagen de Omni Matryx en Pixabay



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