El día que reconocí mi propio ego

Como probablemente nos pase a muchos, es muy fácil identificar el ego en los demás, más no así en nosotros mismos.

De hecho, un ejercicio práctico, aunque muy difícil de interiorizar, es aplicar la Ley del Espejo, que normalmente nos muestra “afuera” aquello que no vemos o no queremos ver dentro de nosotros y que espera ser reconocido para iniciar su proceso de transformación. Pero cómo llegué a entender esto, es tema de otro artículo.

Nunca me había puesto a pensar de qué manera se estaba expresando mi ego, porque ni me planteaba que lo tenía, para empezar por allí. Me creía tan llana, sencilla y espontánea que ni me pasaba por la mente que yo pudiera comportame de manera ególatra y es así cuando solemos dar más rienda suelta al ego sin darnos cuenta… A veces hay que tomar distancia para poder ver lo que tenemos tan cerca…

Pues bien, una experiencia muy difícil de afrontar me hizo abrir los ojos hacia mi ego y sobre unas cuantas cosas que tenía que aprender…

El camino equivocado

Era una época en la que creía haber hallado muchas respuestas en mi vida y creía estar en el camino “correcto” para encontrarlas. En ese entonces, entendí que muchas inquietudes y curiosidades que tenía sobre la vida, el universo y el propio el ser humano, no las encontraría en la religión.

Así que comencé a experimentar con algunas prácticas metafísicas, a leer y ver videos sobre física cuántica, a tomar cursos de PNL (Programación NeuroLingüística), hacer meditaciones y a tratar de conectar con la energía de la naturaleza. Al poco tiempo, me di cuenta que empecé a mirar con “malos ojos” a aquellas personas que realizaban prácticas, que a mi juicio, eran irrespetuosas o que causaban daño de alguna manera a seres vivos. Los miraba con desdén y con desprecio cuando los reconocía en la calle gracias a su vestuario. Luego entendí que la mirada era de quien se creía estar en “la luz” o en el camino “correcto”, hacia quien estaba en “la oscuridad” o en el camino “equivocado”. Sí, así estaba.

Y la vida se encargó al poco tiempo de hacérmelo ver de una manera muy clara (como suele hacerlo cuando te empeñas en no ver algo que es evidente para todo el mundo, menos para ti):

El trago amargo

Un día, estaba en casa mientras un albañil realizaba unos trabajos de mejora. Le había contratado primero mi madre para hacer unos trabajos en su casa y dado que ella había quedado satisfecha, le pedí que viniera a la mía.

Es así como de repente, estando yo sola en mi casa con él, interrumpió lo que hacía y me llamó a la sala porque tenía algo “importante” que decirme… Se paró erguido muy cerca frente a mí y con una expresión muy seria. Cuando empezó a hablar, sentí que estaba metida en un gran problema y me asusté mucho la verdad… Me dijo que él no estaba allí por casualidad. Que había sido enviado por sus guías espirituales para encontrarse conmigo y para mostrarme el camino que debía seguir. Que tenía en mi destino el ayudar a mucha gente y que debía hacerlo por el camino “correcto” que era el de él y no el que yo había elegido, porque de lo contrario, estaría sujeta a accidentes…

Ufff… recuerdo que me crucé de brazos mientras él hablaba y me dijo que no lo hiciera porque debía estar receptiva para hablar con él… yo seguí de brazos cruzados.

Bien, así las cosas, lo primero que pensé es que trataba de chantajearme para conseguir alguna ventaja para él con el hecho de que yo me “iniciara” en su camino… Ni les cuento lo que me pasó por la mente… así que me puse más nerviosa. Como adivinarán, esta persona era representante de estas creencias de las que yo desdeñaba, pero no usaba nada evidente que lo identificara con ellas. Él mismo se encargó de corroborarlo mientras describía cuáles eran sus creencias.

El aprendizaje

Supe en ese momento que nada era casual. De hecho, hoy en día tengo claro que las casualidades no existen; solo sincronicidades. Lo cierto es que a medida que él hablaba yo empecé a preguntarme con mucha angustia el por qué había atraido esta situación a mi vida y qué era lo que tenía que aprender de ella, pidiendo y casi suplicando a mis adentros que me llegara una respuesa muy pronto para manejar esa situación.

Fue así como empecé a hablar sin tener claro al principio lo que iba a decir y poco a poco se fueron ordenando las ideas. Me escuchaba a mí misma como si hablara una tercera persona y me escuché decir: “Le agradezco su oferta, pero yo estoy en paz con el camino que he elegido. YO RESPETO EL CAMINO QUE USTED HA ELEGIDO PORQUE TIENE EL DERECHO DE HACERLO y por ello le pido que respete usted también mi elección, que ya cada quien responderá de las decisiones que tome”.

Hasta ese momento, ese respeto que expresé, no existía en realidad, pero entendí claramente que era lo que tenía que aprender. Y así fue como supe que no hay caminos “correctos” o “equivocados”, solo caminos; aprendí que cada quien elige según lo que le corresponda aprender y cada quien decide cambiar o no su camino para seguir creciendo, solo cuando está preparado para ello.

Entendí que crecer en consciencia era un proceso que no acababa nunca y que me faltaba (y me falta) mucho por aprender. La consciencia está llamada a evolucionar de una u otra manera y cuando hemos alcanzado algún punto en esa evolución, no podemos olvidar lo que hemos pasado antes para llegar allí. Cada quien tiene su propio proceso y su propio ritmo en esa evolución.

Es como cuando me creía ambientalista por el solo hecho de no ensuciar y por colaborar con una ong pro defensa de la naturaleza, hasta que descubrí que el cuidado del ambiente es mucho más que eso y es nuestra responsabilidad. Aprendí que aparte de no ensuciar, había que reducir residuos, clasificar, reciclar, administrar mejor los recursos y un sin fin de cosas más. Ahora que he aprendido un poco más en ese tema (solo un poco la verdad), me doy cuenta de que el desdén con el que miraba con frecuencia a quien tiraba basura a la calle, era el mismo desdén con el que podía mirarme cualquier persona que reducía residuos conscientemente mientras yo no lo hacía. Es decir, criticar los procesos de los demás es criticar nuestro propio proceso.

Ni mejor ni peor

Siempre podemos mejorar lo que hacemos, lo que pensamos y cómo lo pensamos y no por ello somos mejores o peores que los demás, sencillamente SOMOS. Si queremos fomentar que una persona o sociedad alcance una mayor consciencia sobre un tema, aparte de trabajarlo primero en nosotros mismos, el punto de partida no puede ser la crítica o el rechazo, sino la aceptación y por supueso la educación basada en el respeto y la inclusión.

Al final, le pedí a esta persona que dejara el trabajo como estaba, que le pagaría lo que tenía hecho y que se marchara.  Él insistió en terminar ese día lo que le faltaba; al poco rato llegó mi pareja, así que lo permití; lo hizo y se marchó. El trabajo consistía en hacer un arco de concreto en el área de acceso a la terraza. Al siguiente día el arco se desplomó y dentro de él encontramos símbolos y dibujos propios de sus creencias. Así acabó la historia, pero hoy día me sigue sirviendo de recordatorio cuando me pillo a misma mirando con desdén a una persona o a una situación…

Comparto mis experiencias en el camino del crecimiento personal a través de: Mi Camino del Ser.



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