El día que vi y me asombré

Vivo en un país con un potencial enorme, pero el potencial por sí solo no es más que eso, potencial.  La crisis, un sinfín de desaciertos colectivos y la falta de acciones concretas, nos ha llevado a ser lo que hoy somos, una especie de zombis que esperan que algo cambie, pero no hacen nada para que un cambio —uno real, de conciencia— ocurra.  Vivo en un país donde hay días en los que la realidad quizás sea demasiado real, demasiado cruda; un país donde se han perdido la cordialidad, las sonrisas espontáneas y ese disfrute colectivo de las pequeñas cosas que nos unen. Sentí que no podía más, que algo debía cambiar, y pues, para que las cosas cambien, uno debe comenzar por lo más sencillo, por uno mismo.

Todo comenzó una tarde en Paraguaná, por «accidente» quizás, terminamos haciendo fotos en un pequeño caserío al lado de la carretera. Nada nuevo, pequeñas casas, gente muy amable, unos cuantos animales de corral y ¡pum! allí estaban, yo regresaba de una pequeña caminata y todos estaban «encima» de una pequeña niña que jugaba con su mamá. Ella, la madre, había perdido una pierna en un accidente por mala praxis, pero a diferencia de todas las personas que normalmente te encuentras en el camino, tenía una gran sonrisa, estaba llena de esperanzas, definitivamente sabía algo que yo no, tenía algo que yo no, algo que debía saber y contagiárselo al resto. Quise saber más, quise entender, tomé mi Polaroid, hice algo de «magia», logre hacer sonreír a la niña y sentí que esa «magia» que regalan un par de instantáneas esta vez no había sido para ellas, había sido para mí, pues despertó una chispa que me ha llevado desarrollar lo que hago.

Aquel momento quedaría en mi cabeza retumbando y dando vueltas a diario: ¿cómo puedes sonreír y no parar de estar feliz, si padeces lo mismo que todos y encima estás en «peores» condiciones?, ¿qué hay en su cabeza?, ¿cuál es el motor de su felicidad? No paré de preguntármelo cientos de veces, una y otra vez; al final, no tenía la respuesta. Nuestro día a día quizás era la gran diferencia, quizás la ciudad, quizás la gente que nos rodea, quizás no escuchan noticias, me respondía a mí mismo.

Todo esto me llevaría a darme el permiso, a emprender un camino que despertaría en mí una especie de adicción/obsesión por entendernos, por saber qué hay en el origen, por descubrirnos. Esto me llevó a querer mirar más allá de lo obvio y a transitar un camino para tratar de entendernos. Fue así como comencé a «ver y a asombrarme» utilizando como excusa mi cámara, desarrollando una especie de trabajo antropológico, un documental que tenía un único cliente: yo mismo.

Invertí cientos de horas en darle forma, en pensarlo, en planificarlo; si quería saber el porqué, debía conocer la mayor cantidad posible de lugares, de personas, y así comencé y lo hice. Fue entonces cuando me di cuenta: allí estaban, en la medida que más indagaba más personas como aquella mujer encontraba en el camino. La respuesta era muy sencilla, eso que a ellos los hace diferentes, es que conocen lo que nosotros no: tienen claros sus orígenes, le rinden tributo a sus tradiciones y lo más interesante, en ellas encuentran ese punto en común donde se unen todos sin importar ideas, tendencias y opiniones.  Sencillamente, conocen la fórmula para funcionar todos como uno solo.

Recibí cientos de comentarios, en su mayoría de advertencias: «Estás loco», «lo que haces es muy peligroso», «¿llevas un escolta?», «¿para qué tanto viajar, qué sentido tiene invertir tanto?», «¿no te das cuenta de que vivimos en un país demasiado inseguro?», «es que ni cobrando yo lo haría» y pare de contar, cosas como esas me decían a diario. Irónicamente, en casa (donde realmente se nota tu ausencia cada vez que te obsesionas con una idea) la respuesta era muy distinta: «Me parece genial poder mirar a través de tus ojos esas cosas que nos unen».

Mis hijas por otro lado, ahora tenían algo nuevo que contar más allá de la serie o el accesorio de moda. En clases, terminaban explicando cosas que sencillamente escucharon en casa: «Porque mi papá estuvo allí e hizo fotos de lo que ocurre».  Cada día más y mas gente escribía y los comentarios fueron cambiando. Definitivamente, la «locura» es contagiosa —gracias a Dios que así es. Entonces, apareció Arlette Montilla en el camino: «Ri, ¿Por qué no masificas lo que estás haciendo, por qué no llevas gente contigo a mirar lo que ocurre y lo ponemos a rodar?», palabras más, palabras menos. El resto es historia, así nació #VerYAsombrarse, una forma de sumar y de dejar ver esos puntos comunes que nos unen, para que quienes estén dispuestos a entenderse y a hacer algo tengan la opción de hacerlo partiendo desde nuestra mirada y nuestra experiencia, con un único fin, despertar esa curiosidad y esa chispa por conocer lo que somos, pues basado en mi aprendizaje: «Sencillamente no puedes lograr nada, ni llegar a ningún lado, si ni siquiera sabes quién eres ni de dónde vienes».

Por ahora sigue siendo un trabajo en progreso, pero ya pueden ir viendo los resultados, no sabemos cuándo va a terminar, ni siquiera sabemos si tendrá un fin. Si desean saber más, pueden visitar nuestro sitio en la web o sencillamente, estar atentos a mis redes sociales (@rarispe en Twitter e Instagram).  De igual manera, están invitados a una muestra individual que inauguro en Caracas el 21 de mayo a las 7:00 p.m. en los espacios de CulturaTresY3 en Las Mercedes.

Si de verdad quieren hacer algo, solo dense la oportunidad, salgan de su zona de confort, busquen, investiguen, conózcanse, y atrévanse a #VerYAsombrarse…

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