El dilema de partir #IrseOQuedarse

I

Eran como las 9 de la noche. Mi esposa y yo salimos del estacionamiento. Cruzamos la calle y nos acercamos a nuestro edificio. “Mi amor, mira ese tipo en la esquina, nos está mirando”, me dice asustada y agitada. Veo al hombre con las manos en los bolsillos. Había que pensar rápido. Sigue derecho le digo, mientras pensaba: “nos van a robar”. En el balcón estaba mi suegra con mi hija, quien ya nos había visto y estaba emocionada. Mi suegra me grita: “recoge ese control que se le cayó a Valerie”. Eso me obligó a detener el paso. Cuando me dispongo a recogerlo, el hombre se lanza primero y lo agarra. Le digo “eso es mío”. Cuando le veo la cara, lo reconozco, es el vigilante del restaurant chino. “Tranquilos que yo no los voy a robar”. Mi esposa, aún asustada, le dice “disculpe señor, pero yo sí pensaba que nos iba a hacer algo”. Dos minutos después, Valerie abrazaba fuertemente a su mamá.

II

Un amigo salió por primera vez del país y viajó a Lima. Estando allá, intercambiamos notas de voz. “Patrick, que moderna esta ciudad. La gente camina tranquila hasta tarde, los negocios están abiertos hasta la medianoche. Veo esto y otras cosas y siento una tristeza enorme por mi Venezuela, en lo que nos convirtieron”. 

III 

Me toca cita con mi odontóloga. Me atiende. De pronto llega su comadre. Hablan un rato y yo escucho. Qué es de la vida de fulanita, pregunta la doctora. “Si supieras que hace pocos días se fue del país. Se cansó de que la robaran, la habían asaltado muchas veces. Tiene cinco negocios aquí en Maracay, pero igual se fue. Se cansó”.

IV

Tengo una amiga que tiene hermanos en Suecia y España. Los ha visitado en par de oportunidades. Le he preguntado en muchas ocasiones si se anima a irse del país y todas las veces me ha respondido un no rotundo. Parte de su vida son las hermosas playas y montañas que tiene Venezuela, y son cosas que no abandonaría por nada. 

V

Voy a una reunión de trabajo. Tres señoras me han citado en un apartamento de una de ellas. Llego. Espero bajen a abrirme. De pronto se estaciona una camioneta último modelo con una señora al volante. Me ve; la veo. Yo sigo parado; ella no se baja del carro. Me abren la puerta y se baja la señora de la camioneta y me la presentan. Luego me dijo: “yo no me baje porque te vi ahí parado y ya uno no confía en nadie, así estés bien vestido”.

VI

Hace semanas le robaron el carro y el celular al tío de mi esposa. El hijo llamó al teléfono del papá y le respondió “el hampa”. Que ya tenían negociado el carro, pero que si lo querían tenían que ir a Tocorón y cuadrar allá el pago y la entrega. Por intermedio de otra persona, se logró un acuerdo para la recuperación del vehículo. Querían el dinero en efectivo. Se les entregó. Un día después, detrás de un centro comercial, el tío de mi esposa recuperó su carro. Le pregunto: “y qué le dijo el malandro”. Me dijo: “nada, que no me preocupara, que ya ese carro no lo robarían más”.

Así estamos y así vivimos: invadidos por la zozobra del hombre de la esquina o por el extraño parado en la puerta de un edificio; por la rabia y tristeza que sentimos cuando salimos del país; por los que se fueron cansados de tanta incertidumbre; y por los que se quedan y están seguros que esto cambiará algún día.

Cada quien se crea un concepto de país, cada quien tiene su propio país. Para algunos es la familia; para otros son los viernes parado en la esquina tomando cerveza; para varios es disfrutar cada fin de semana de lo noble que fue la naturaleza con esta tierra y disfrutar su verde y sus olas. 

Para nadie el país es un todo, pues cada quien tiene sus propias metas, sus sueños, y pues eso se respeta. Por eso, ante el dilema de irse o quedarse, caben muchas preguntas: ¿puedo yo cumplir mis objetivos en este momento?; ¿estaré desperdiciando mis mejores años de vida si me quedo?; ¿si me voy, encontraré la paz para mi y mi familia?; ¿podré lograr mis metas fuera de mi país?

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