El fin de la búsqueda del culpable

La niñez viene con licencia para escabullirnos de los problemas. Así, el perro termina siendo el culpable del desastre que hicimos en la sala, o nuestro hermanito menor (el que aún no habla) acepta sin que le consultemos la culpabilidad por aquel jarrón roto.  A veces esta licencia nos permite abusar de la fantasía, y conseguimos en el viento, el agua o hasta en la nada, el culpable perfecto para nuestras inocentes fechorías. Pero esta licencia tiene fecha de caducidad, o al menos debería tenerla, pues con la madurez debería venir nuestra responsabilidad.

Y es que aunque muchos ya dejamos la niñez atrás, seguimos buscando culpables ajenos a nuestros problemas. Si volvemos a los ejemplos, nos conseguiremos a alguien atribuyéndole su dosis de culpa al jefe que evaluó mal aquel trabajo que no vieron con buenos ojos en el comité, o nos conseguiremos a una chica que rompió la dieta por culpa de esa provocativa cheesecake abandonada en la nevera. Analizando estos hechos desde la comodidad de las afueras del problema, es sencillo preguntarse por qué ese empleado no desconfió del criterio de su jefe, o por qué esta chica no tuvo la fuerza de voluntad para cerrar la nevera; El problema está en el momento cuando nosotros somos precisamente parte del problema.

“Nadie es perfecto”, reza uno de los postulados más sinceros de la sabiduría popular. Y si partimos de allí, podríamos comenzar nuestro proceso de reconciliación con la responsabilidad. Seguimos buscando culpables a los inconvenientes que causamos en nuestro camino, básicamente por temor a desentonar dentro del mundo perfecto en el que creemos vivir. Sin embargo, cuando nos conseguimos a alguien con el valor de admitir un error, casi siempre le aplaudimos su valentía, ¿Irónico, no?

Si sigues leyéndome a este punto, es porque al igual que yo, tú también quieres empezar a aplaudir tu propia valentía… Supongamos entonces que ya asumimos nuestra imperfección, entonces entramos en una fase más sencilla. A esta fase del proceso podríamos ponerle un simpático y popular nombre: “Asumir el barranco”, detectar nuestros errores pero no para autoflagelarnos por el resto de nuestras vidas, la idea es detectar el problema para dejarlo atrás.

Ya en el punto final de este proceso, nos apoyamos de otra frase cliché: “Todo tiene solución”.  Cuando hay una gotera en casa, hay 2 soluciones: O le ponemos un tobo o la reparamos definitivamente. Una es transitoria, la otra definitiva. Creo que todos sabemos cuál es la más responsable de las dos.

Entonces, ¿Crecemos o seguimos abusando de la licencia para escabullirnos de los problemas? En estos tiempos tan turbulentos, dejar de buscar culpables y asumir nuestra pequeña cuota de responsabilidad puede ser una gran diferencia.



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