El fino arte de reírse del qué dirán

Adoro las entregas de premios. Bien sean musicales o cinematográficos, en mi casa siempre ha sido tradición ponerse al frente del televisor para escudriñar los exclusivos modelos que desfilan las celebridades sobre una aterciopelada alfombra roja. Confieso que me apasiona más el “preview” de estas ceremonias que al show en cuestión, porque disfruto meterme, -salvando las distancias-, en el papel de «fashion police» a lo Joan Rivers, desde el nada glamoroso sofá de mi casa.

Cuando es la temporada de los Grammy, Oscar, Globos de Oro y esa larga lista de etcéteras, a todos nos da por meternos a críticos. Y es que la critica parece ser un hobby  tan universal como ancestral. Que lo digan Cleopatra que fue la comidilla del mundo romano o la reina Elizabeth I; la misma “virgen” que puso de cabeza a las machistas cortes inglesas e irlandesas del siglo XVI.

Nos encanta opinar sobre lo ajeno pero odiamos que nos descosan. Son más lo que nos dejamos llevar por el “Espejo Mágico” de las críticas, que los que se las toman con sabiduría, destinado su atención según de quiénes vengan.

Ni siquiera los más bellos, ricos o famosos se escapan al miedo que produce ese “espejito, espejito”. Hasta una mujer tan dulce y hermosa como Anne Hathaway ha sido una de sus víctimas.

La pongo como ejemplo porque esta talentosa actriz ha sido en los últimos días, el blanco de los comentarios más crueles. Todo por su desacierto al vestir un Prada desafortunado en los Premios de la Academia, que hizo que sus pezones protagonizaran más titulares de prensa, que el Oscar que ganó por su fantástica ‘Fantine’ en ‘Le Miserables’.

Hasta el novelista Douglas Anthony Cooper desmenuzó en el ‘Huffington Post’ los porqués la protagonista del ‘Diablo se viste de Prada’ (¿ironía o sus diseños favorecen a “maléficas” como Meryl Streep?), «cae mal» al público norteamericano.

Ello llevó a preguntarme ¿cuáles son las causas que hacen que algunas personas sea más propensas a ser víctima de las críticas que otras? Al realizar una retrospectiva de la última ‘Catwoman’, me percaté que Hathaway es una de nosotras y no es inmune a los fantasmas que espantan el autoestima.

Porque no existe Oscar que nos libre del pánico al qué dirán. Nuestra Anne se obsesiona tanto con la imagen que busca proyectar, que la lleva a justificar cada movimiento que da.

Para muestra, dos vestidos:

a. En el estreno de “Le Miserables” en Nueva York el magnífico Tom Ford que lució le jugó una picaresca, cuando una foto indiscreta reveló que la artista no llevaba ropa interior. Nuestra oscarizada en vez de asumir el vergonzoso incidente a lo Sharon Stone en ‘Instinto Básico’; pidió disculpas en un comunicado por algo que no hizo. Quizá si hubiese sido más ‘Catherine Tramell’ que ‘Mia Thermopolis’, el público se acordaría de la Anne sexy, que de la “cara pixelada” de sus partes nobles.

charlize-theron.2006b. De nuevo en la alfombra roja, pero esta vez de los Oscar, nuestra protagonista lució muy orgullosa su «desafortunado» Prada rosa bebé. Es cierto, la culpa fue de ella, pero seguramente nos habríamos olvidado del “crash style” y de sus pezones si la ganadora en vez de pedir perdón a la casa Valentino por no llevar su diseño, hubiese defendido su decisión a lo Charlize Theron. En los Premios de la Academia 2010, la sudafricana uso un Dior de John Galliano que la coronó como la peor vestida de la noche. En vez de huir de los críticos, la intérprete dijo que se sentía divina con su traje. Fin de la polémica.

Todo se resume en cuánto confiamos en nosotros mismos. Se trata de fortalecernos a través de autoconocimiento; de confiar y no dudar de quiénes somos realmente, ya que ello es lo que marca la diferencia entre las críticas que son un activo en nuestras vidas y las que son “calorías vacías” para nuestra nutrición espiritual. Si no pregúntenselo a Halle Berry, que ha hecho historia al recoger un Razzie a la peor actuación de 2004 por su catastrófica ‘Catwoman’; pero muy bien acompañada de su dorado Oscar de 2001 por ‘Monster’s Ball’. Touché.



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