El granjero que cosechaba productos orgánicos

Lo “orgánico” está de moda, cierto, pero en el origen de esa palabra hay una de las disputas más importantes para la alimentación del futuro. En Inspirulina ya he escrito al respecto y, aunque sé que no despierta mucho entusiasmo, quiero retomar este dilema central para los amigos de Slow Food.

¿Sabías que los granos pueden estar protegidos por leyes de propiedad intelectual? Curioso que en un mundo donde el copyright está generando tanto debate –cierre de MegaUpload incluido– apenas reparemos en el poder que acumulan pocas empresas para decidir qué nos llevamos a la boca en cada comida. Va un ejemplo: imagínate que eres un granjero y decides cultivar maíz. Consigues semillas libres de organismos genéticamente modificados (OGM). Las siembras, las cosechas, las vendes a un intermediario, recibes tu dinero y comienza el ciclo otra vez. Seguramente piensas que así funciona el mundo de la agricultura, pero en Estados Unidos, Chile, México, España, Inglaterra, Alemania y Kenia las cosas pueden complicarse más. Mucho más.

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Imagina otra vez.

Eres un granjero y decides cultivar maíz. Buscas semillas libres de OGM, pero resulta que el 95% de la oferta es, precisamente de OGM. Ese 95% está controlado por una empresa inmensa y poderosa –sí, una sola– que “amablemente” te ofrece sus semillas. Decides no aceptarlas porque prefieres ubicar algo del 5% restante. Lo consigues. Siembras tus pocas semillas orgánicas, todo marcha bien, pero olvidaste que la mayoría de los granjeros vecinos decidieron comprar semillas a aquella empresa inmensa y poderosa. El aire y las lluvias –llámalo azar– hacen que algunas de esas semillas vecinas caigan en tu tierra, se mezclen con las tuyas y, sin saberlo, parte de tu cosecha tiene OGM. Podría ser un problema menor, pero aquella empresa inmensa y poderosa sabe quiénes son tus vecinos y deciden visitarte.

La empresa no tiene ninguna orden judicial, pero intercepta parte de tu cosecha o simplemente soborna a tu intermediario para obtener una muestra. Analiza tu maíz en un laboratorio igualmente inmenso y poderoso, y encuentra –¡oh, sorpresa!– que tus granos tienen OGM. Recuerda que todos esos OGM fueron desarrollados y comercializados por esa misma empresa, y recuerda también que en tu país esos OGM gozan de propiedad intelectual.

Un mal día te llaman diciéndote que has infringido las leyes, te demandan, te dicen que puedes pagar una indemnización o ir directamente a la cárcel y, como eres un pequeño granjero sin ahorros, la misma empresa inmensa y poderosa hace una oferta: “Usa nuestras semillas, danos un porcentaje de tus ganancias cada mes y asunto olvidado.”

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Opción A: dices que sí y la empresa inmensa y poderosa se queda con el 96% del mercado.

Opción B: dices que no y tu caso termina en un tribunal con una multa que te deja en la quiebra.

Sé que esta historia puede parecer exagerada, pero es la suma de los males reales que hay en el mundo de la agricultura intensiva actual, es decir, la que abastece a tu supermercado. Está bien contar calorías, pensar en la glucosa, reducir el colesterol, pero los alimentos también son un discurso político y conviene saber que cada día miles de granjeros tienen que elegir entre la opción A y la opción B.

 



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