El matrimonio ya no es una monarquía

Recientemente se han cruzado por mi camino varios matrimonios que estarían, por decirlo de alguna forma, en crisis. Es como si de pronto cayese un rayo iluminador desde el más allá, estallándolos en pedazos y deshaciendo las viejas creencias, para luego reprogramar en las almas lo que realmente significa.

Esta crisis está permitiendo a la sociedad abrir los ojos y ampliar la visión de lo hermoso que puede realmente llegar a convertirse un matrimonio, cuando ambas partes comparten en libertad emocional.

Los problemas en las parejas están derrumbando el significado tergiversado que se tenía de él: obediencia, sacrifico, anulación, control y silencio. Con el pasar de los años, la modernidad, la necesidad económica de que ambas parejas trabajen para mantener el hogar y el despertar espiritual han permitido a la mujer que manifieste sus deseos y asuma un rol más allá de la entrega y el sacrificio. La mujer poco a poco se ha convertido en el sustento emocional de la familia y, además, en el sustento de sí misma.

Igualmente, en estos tiempos modernos, a pesar de que la generación actual de mujeres está despertando del letargo heredado de generaciones pasadas y una pequeña población masculina ha asumido este cambio para bien, todavía los estados de derecho al amor, libertad y respeto no están bien asumidos por el rey de la casa. Lo que sucede hoy en día es que ya no existe ese rey.

La visión de que la mujer debe estar allí inamovible para servir a su esposo y a sus hijos para abastecer sus necesidades en todo momento, ya no es válido en los tiempos modernos. Y estos cambios son maravillosos, porque ambos seres reaprenden cómo llevar la relación desde otro concepto como almas libres y en compañerismo.

Desde tiempos inmemoriales hasta la actualidad —tanto en culturas occidentales como orientales— en la gran mayoría de las sociedades la mujer está criada para parir, hacer los deberes de la casa, tener sexo con o sin ganas, obedecer y anularse como ser humano ante su esposo y su familia. Pero actualmente todo está cambiando de forma precipitada y ella está resucitando de las cenizas exponiendo sus necesidades más profundas.

Ahora, la estructura emocional de la familia se ha estado transformando en una estructura más sencilla, más sensible y abierta… más amorosa. Existe un núcleo familiar conformado por almas, donde hay una esposa, madre, amante, mujer… existe un esposo, padre, amante y hombre… unos hijos, sueños, vida y alegría… un conjunto en sí mismo que fluye basado en el amor, el respeto y la equidad para todos.

Sé que el cambio puede ser dramático en muchos de los casos, lo he visto, puesto que se rompen los moldes de aprendizajes asumidos y, además, erróneos. Pero hay miles de herramientas disponibles para llevar este cambio sin mayores traumas. Existen terapias, psicólogos, libros de autoayuda, etc., que nos permiten manejar la transición más benevolentemente.

Los nuevos aprendizajes son muy difíciles de asumir por el sexo masculino, porque se empiezan a derrumbar viejos conceptos que nos han condicionado por generaciones. Emocionalmente no estamos preparados para nuevas experiencias y cambios radicales porque pueden representar un riesgo para la relación. Todo cambio genera miedo. Pero el mayor miedo real, es ser infelices.

Es muy importante partir de esta premisa:

¡La única persona que puede hacerte feliz eres tú!

Ninguna persona, ninguna circunstancia, ni la familia, ni los hijos, ni el éxito profesional, ni el dinero, ni absolutamente nada externo a ti, puede llenar tu alma de amor, confianza y alegría si tú mismo no lo haces primero.

Cuando te comprometes a tener el matrimonio sagrado con tu ser interno es cuando logras tener esa relación santa de amor, respeto y cuidado hacia ti mismo y hacia tu pareja. Además, el deseo de control desaparece de tu vida por arte de magia. Cuando la energía fluye de esta manera, entonces vuelve a ti multiplicada.

El hecho de que las cosas estén evolucionando en las culturas ha hecho que el matrimonio monárquico se desvanezca a pasos agigantados porque el estado que debe prevalecer es el de la libertad de ser uno mismo, y no la libertad de poder controlar al otro.

Estos cambios nos llevan a entender que podemos ser un equipo juntos, respetándonos como seres individuales con vida propia; y que los roles de madre, esposa, amante, hermana, hija y profesional son solo personajes que vamos interpretando en el camino que hacemos, pero que el impulsor real, luminoso y sublime es el alma que nos guía en esta aventura.

¿Qué cosas están evolucionando?

  • Asumir el concepto de que el matrimonio es un estado de amor, libertad, aprendizaje y respeto mutuo.
  • La conversión de la mujer hacia su propia libertad espiritual y el logro de sus anhelos y no hacia la involución de sí misma.
  • La apertura del hombre a soltar el control y, quizá con miedo, aprender a darle el mismo espacio que él necesita a ella para su evolución.
  • Aprender que el matrimonio es un estado de derecho de dos seres, basados en el amor, respeto y admiración mutuos. Y una permanente negociación de equilibrio que nos permite ceder desde ambas posturas.
  • El concepto de que existe un nosotros como equipo que comparte y un y yo que es necesario mantener individuales para su propio desarrollo.
  • Contactar con los sentimientos y emociones permite enseñar a amar, respetar y admirar a la pareja y reflejarse en ella.

La libertad del ser humano es infinita y expansiva proyectándose hacia la libertad del otro. Y esa libertad es ese amor que no se fuerza, que da y se retroalimenta en la comunión de las almas. Por lo tanto, eso significa que tu felicidad es mi felicidad y que allí radica lo que me hace libre.

Recibe todo lo mejor del universo,

Alejandra Sieder



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