El miedo, ese monstruo terrible

Como una sanguijuela, se fue alimentando de mi osadía y absorbiendo mis agallas. Desde tiempos inmemorables, me mantuvo encerrada en una zona segura. Me alejaba del peligro. Me susurraba al oído que la mejor estrategia para mantenerme a salvo era decir «no» a todo, incluso a mis propios deseos.

No me dejaba escucharme ni conocerme; no me permitía alzar la voz ni probar cosas nuevas. Yo, siempre obediente, le hacía caso. Un día desperté del letargo y me di cuenta de que su sobreprotección me estaba consumiendo lentamente. Les hablo de un monstruo interno que solo la propia voluntad puede espantar: el miedo a la equivocación.

Si siempre te sientes obligada/o a tomar las decisiones más prudentes y tener un comportamiento ejemplar; si huyes de tus emociones por miedo a las heridas, callas constantemente tu opinión o temes exponerte demasiado públicamente sabes muy bien a qué me refiero. Tantas restricciones, propias o impuestas, se convierten en una camisa de fuerza que, a la larga, deja marcas imborrables.

Siempre fui alérgica a los errores. Afronté cada toma de decisiones con la rigidez de un juez. Me esforcé —a veces en vano— por tener un control absoluto sobre lo que hacía y dejaba de hacer. Siempre huí de los riesgos. Con el tiempo comprendí que, como dicen por ahí, quien evita tomar riesgos también renuncia al éxito y a la felicidad, por efímera que pueda ser. Sigo aprendiendo esa lección.

Arriesgarse es necesario, equivocarse también. Ir tras lo que se quiere y esforzarse por ello, atreverse a hacer las cosas diferentes, soñar en grande, conocer nuevas personas y lugares, dejar fluir nuestro «yo», darlo todo por amor, leer libros nuevos, ver otro tipo de películas. Aprender, desaprender, construir, deconstruir, caer y levantarse sin temor al error, de eso se trata todo.

«No hay fórmulas: uno puede equivocarse tanto si se reprime como si se desborda, tanto si trabaja mucho como si holgazanea, tanto si planea como si improvisa», dice el periodista y escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos. Dicen que nadie aprende en cabeza ajena; yo lo creo. Por eso me quitaré la sanguijuela de la piel, ahuyentaré al monstruo, seguiré aprendiendo de mis caídas, no dejaré que nadie me lo cuente.



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