El mito de los dos caballos

El reflexionar y tomar consciencia de la razón de ser de la vida, lleva habitualmente a adentrarse en una búsqueda en ese universo que a falta de otro nombre hemos llamado espiritualidad.

En efecto, el pensar en la transitoriedad de todo lo que existe, lo efímero de todos los eventos de la vida y la fragilidad de la vida misma, lleva a interrogarse profundamente sobre el porqué de la existencia. ¿Por qué existe algo, en vez de nada? Se preguntaba el famoso filósofo y matemático, de finales del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII, Gottfried Wilhelm Leibniz. Realmente no tiene que existir algo, pero el universo existe y nosotros en él. ¿Por qué existimos? ¿Para qué? Son preguntas fundamentales que llevan a respuestas no materiales y que pertenecen al universo de la filosofía y, por supuesto de la espiritualidad.

Si pretendemos responder estas interrogantes con seriedad y disciplina, llegaremos a encontrar respuestas que nos llevarán a una comprensión del universo, de la humanidad y de nuestra propia vida que necesariamente se traducirá en una manera de vivir y de actuar.

Las respuestas a las grandes preguntas fundamentales obligan a tomar un camino que implica la práctica de actividades relacionadas con la espiritualidad. Prácticas tales como la oración, la meditación, el cultivo de emociones positivas de amor, generosidad, tolerancia, alegría, serenidad y una actitud cordial y colaboradora ante nuestros semejantes y el mundo en general, entre muchas otras cosas. Es por ello que muchos sienten la necesidad del silencio, de apartarse del mundo y dedicarse a actividades contemplativas, pues comienzan a experimentar la vida cotidiana como un foco perturbador.

Por otra parte, sabemos que es cierto que esa vida cotidiana está plena de retos y exigencias. Constantemente nos vemos presionados por el entorno a realizar actividades concretas que nos alejan de nuestro deseo de contactar con lo permanente. El trabajo, la búsqueda de dinero para poder sobrevivir y cubrir con honra y decoro nuestras necesidades y la de nuestros seres queridos, implica una forma de vida llena de apresuramientos, estrés y actividades para la obtención de bienes materiales, transitorios, no permanentes, pero indispensables en la forma de vida material que implica nuestro cuerpo físico.

Esta dualidad se transforma en un problema aparentemente insoluble. Nunca se tiene tiempo para la práctica y se piensa que solo sería posible en un retiro o llevando una vida monacal.

A este falso problema o falso dilema lo hemos llamado: «El mito de los dos caballos». Ocurre, que quien así piensa o se siente, experimenta la vida como si fuera un jinete que cabalga dos caballos a la vez. Es como si fuera parado con un pie sobre el lomo de cada caballo, y en cada mano llevara las riendas de uno y de otro.

Un caballo serían las inquietudes espirituales, la búsqueda y el encuentro de un sentido último de la existencia. El otro caballo serían las necesidades diarias de la vida, con su carga, a veces dura, de exigencias y obligaciones.

Mantenemos que es un falso dilema, pues la solución no está en separarse de la vida para poder dedicarse a la espiritualidad. Muy por el contrario, la solución está en comprender que la espiritualidad es la vida. No existen dos exigencias que halan en sentidos opuestos, verlo de esa manera es una percepción que nos lleva a un camino sin salida. Lo que existe es una sola vida, y es dentro de ella, dentro de su cotidianeidad, dentro de sus exigencias, donde debemos ver el río subyacente de la espiritualidad, deslizarse lenta y profundamente entre cada uno de nuestros días.

El secreto es estar atento, estar presente, no olvidarse, no olvidarlo, y salir de la falsa dicotomía y vivir la vida en plenitud con todos sus vaivenes y características propias.

Eso, conscientemente realizado, es una vida plena de espiritualidad.

 



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