El monstruo de la culpa

El monstruo de la culpa

Si hay un sentimiento con el cual han jugado los seres humanos como arma de dominación es con la culpa. Desde una madre que se victimiza para hacer que sus hijos se sometan a sus designios, hasta gobiernos criminales que manipulan el pensamiento libre convirtiéndolo en una afrenta a los “ideales” y obtienen pueblos humillados. Todos, sin distinción, usan la culpa para dominar.

Pero ¿por qué es tan efectiva la culpa para manejar al ser humano? ¿Por qué termina siendo tan efectiva, mucho más que la ira? Personalmente, creo que se basa en el hecho de que la culpa va atada a la concepción de no ser lo suficientemente bueno para algo. Una autoestima golpeada o debilitada, bien sea por fallas en la crianza del ser humano, vacíos emocionales o experiencias traumáticas, pero, en general, la culpa nos atrapa y nos domina cuando en el fondo de nuestro corazón le concedemos algo de razón a nuestro dominador porque no nos sentimos dignos ni capaces de hacer lo correcto.

En este punto, es importante separar la responsabilidad de la culpa. Cuando nos sentimos responsables por algo, actuamos partiendo de que queremos dar lo mejor de nosotros para enfrentar esa responsabilidad. Cuando nos sentimos culpables, partimos de que la situación que enfrentamos es producto de nuestra incapacidad para hacer las cosas bien.

Quienes dominan con la culpa saben que es vital hacerlo sobre quienes tengan dudas sobre su valor personal, y si no las tienen, tratarán por todos los medios de minarla con juicios elaborados. “No creas que lo estás haciendo bien, aunque la gente te lo diga”, “eres igualito(a) a fulano(a) que es una mala persona”, “Zutano hizo algo que tú no hiciste”, etc.

Quienes posean una autoestima bien sólida, una alta concepción de sus capacidades y una percepción positiva de quienes son no cederán tan fácilmente a estos ataques. Confiarán en su criterio propio, actuarán de acuerdo a lo que consideren su responsabilidad con base en un análisis objetivo de la realidad pero no se doblegarán ni cederán su paz a la culpa.

Aquellos quienes tengan debilidades en lo que respecta al amor propio, sean susceptibles a la crítica, estén sometidos a altas o inalcanzables expectativas por personas de su entorno (padres, madres, jefes, parejas), podrán caer en el juego de la culpa y comenzar a entregar parte de sí mismos al otro, con tal de “remendar” el supuesto daño causado.

La culpa nos llevará a sentirnos mal de ser felices porque otros no se sienten felices con quienes somos, sin llegar a entender que eso es su percepción, pero no la nuestra. Es su decisión aceptarnos y querer ser felices a nuestro lado, pero no nuestra obligación hacerlos felices.

La culpa nos robará espacios de nuestra estima porque valoraremos lo que somos con base en qué tan felices hacemos a los demás y no qué tan felices somos al vernos al espejo, externa e internamente.

La culpa sembrará en nosotros una alta inseguridad que nos hará caminar, día a día, sobre un campo minado, convencidos de que seguramente el próximo paso que demos no será el correcto, y allí estará nuestro acusador “amoroso” para señalarnos nuestro error.

La culpa no nos permitirá amar de una forma sana. Llegaremos a pensar que solo podremos ser amados si somos lo que el dominador desea que seamos, aun cuando eso implique sacrificar quienes queremos ser y, la peor parte es que estando anulados, pensaremos que merecemos eso y que lo vale por la felicidad del otro.

Esto se puede materializar de miles de maneras: el hijo totalmente sumiso a su madre que no la contradice y la cuida de manera devota, a pesar de sus maltratos y desprecios que atentan contra su derecho a ser respetado como ser humano. O el empleado que asume trabajo en exceso para descargar a su jefe dominador, renuncia al reconocimiento público y, en silencio piensa que igual no merecía ser tomado en cuenta.

Lidiar con la culpa y nuestros castigadores no es fácil. Unos asumen una vida más miserable de lo posible para dar la impresión de no poder dar más ya y obligar a su verdugo a buscar otra víctima. Otros la convierten en misión divina, y van por la vida convenciéndose de que recibirán un premio algún día por eso. Pero lo cierto es que si no destapamos el cajón de horrores y reconocemos que estamos siendo víctimas de las carencias afectivas de otro, no habrá fachada que nos proteja y terminaremos entregando nuestra vida a un tercero.

Lo más importante es vernos al espejo y con amor, mucho amor, decirnos: te amo, te respeto y quiero lo mejor para ti. Reconstruir quienes somos, qué deseamos. Trazar de nuevo nuestra ruta de vida. Ponernos en primer lugar porque es lo que corresponde, y darle a los demás un espacio, pero no el poder de dominarnos y dictar nuestros pasos.

No es un trabajo sencillo, y menos cuando el proceso implica poner límites, frenos y hasta distancias de gente que amamos, pero nos hacen daño; pero es necesario hacerlo.

Nadie vivirá nuestra vida por nosotros. El tiempo que perdamos alimentando los vacíos emocionales de otros no volverá.

Quiérete y respétate hoy y quien te ame sanamente, aplaudirá que seas feliz.



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