El placer de la generosidad

Una de las actitudes habituales del ser humano es el egoísmo. Los kabbalistas afirman que todos venimos con ese paquetico bajo el brazo, que no es otra cosa que la necesidad de recibir para sí mismo. 

La mayoría de las corrientes espirituales recomiendan ejercicios para vencer esta tendencia. Unos promueven el estoicismo total, el vivir con lo únicamente necesario, mientras otras más bien se inclinan por convertir ese apetito primario en un deseo de “recibir para compartir”, porque la recompensa supera con creces lo otorgado incondicionalmente. 

¿Han oído hablar de la revolución de la generosidad? ¿Conocen sobre las hormonas del bienestar? 

La ciencia una vez más viene al encuentro con la espiritualidad. En distintos experimentos han comprobado que ser útiles a otros y dar  sin intenciones de recompensa, activa los mismos centros de placer que si comiera chocolate o tuviera una actividad relajante y además la persona generosa es más feliz y más exitosa.  

“Aún cuando a corto plazo, la búsqueda del beneficio personal pueda resultar provechosa, las personas generosas casi siempre consiguen mayores logros a largo plazo; y además por partida doble” afirma  el investigador  Stefan Klein, autor del libro: La revolución generosa.

Explica que “Las personas que piensan en las necesidades de los demás suelen ver recompensada su acción con creces… Distintos estudios llevados a cabo en universidades norteamericanas muestran, por ejemplo, que aquellos estudiantes que hacen partícipes a los demás de sus conocimientos tienen indudablemente más éxito. La razón estriba en que ellos obtienen a su vez información, y además se aprenden mejor la materia cada vez que la explican”. Klein agrega que hay otras vertientes y es que  “los seres humanos únicamente pueden ganar en equipo, la evolución no sólo nos ha programado con ambición personal, sino también con una percepción de lo colectivo”. 

El autor reporta otros hallazgos: “Las personas que se vuelcan en los demás son en general más felices que las egoístas, a lo mejor también porque encuentran más sentido a sus vidas. Y gozan de mejor salud, lo que a su vez se traduce en una mayor esperanza de vida.”

Les confieso que he probado estas mieles. Tengo la fortuna de contar con tres principales maestros. Mi tío Augusto, mi tía Maura y mi madre Elba. Estos tres hermanos son de las personas más generosas y solidarias que he conocido en la vida. Son capaces, literalmente, de quitarse el pan de la boca para ofrecérselo a uno en caso de necesitarlo.

También lo he vivido con mi familia, mis amigos cercanos y hasta con personas que apenas me conocen y han tenido gestos de desprendimiento conmigo. Como todo en la vida, desarrollar solidaridad también tiene su técnica. La clave, en mi experiencia, es dar  desinteresadamente. Claro que al principio puede costar, pero en la medida que se practica se vuelve más sencillo. Una sugerencia que me han hecho mis maestros es dar lo que más te cuesta. Puede ser tu tiempo, el conocimiento, la apreciación…  

Así de a poco el musculo de la generosidad se irá fortaleciendo y tendrán  como recompensa una  sensación de plenitud  incomparable.  



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