El poder de la palabra

Si comprendiéramos el inmenso poder que tienen las palabras, cuidaríamos con celo todo aquello que sale de nuestra boca. Recuerdo cuando daba clases a pichones de periodistas lo emocionada que me ponía al decirles la valiosa herramienta que tenían en sus manos. Insistía, a veces hasta la pesadez, en que comprendieran la gran responsabilidad que conllevaba manejar algo tan poderoso. Deben aprender a utilizarla con precisión -recuerdo haberles dicho– con respeto y sobre todo con sensatez pues con la palabra podemos elevar a alguien a las alturas, pero también podemos hacer que se desbarate un reino. La palabra crea o destruye, tan sencillo como eso.

Si los padres entendieran esta simple realidad, si de verdad comprendieran el efecto que producen sus palabras, pensarían un poco más lo que dicen a sus hijos. No hay nada más destructivo que esas frases dichas sin pensar, y repetidas invariablemente cada vez que una molestia, que al final será pasajera, afecta a los moldeadores de vida. Porque eso es lo que somos los padres, los forjadores de las formas que esa masilla que llegó un día a nuestras vidas adquirirá en el futuro.

Cuántos futuros han sido malogrados a partir de simples palabras. Me atrevería a decir que muchos. Frases como: «eres un tonto»; «no sirves para nada»; «es que este niño nunca va a prestar atención a nada»; «tú no sirves para eso»; «no toques eso que seguro lo rompes»; «este niño es un desastre», llegan a la mente de nuestros hijos y van conformando una actitud de vida que seguramente los llevará a fallar en muchas cosas porque muy dentro de ellos fue sembrada la semilla del fracaso.

La palabra dicha es como el agua derramada, no se puede recoger. Lo que sí es posible es cuidar de ahora en adelante aquello que expresemos ante nuestros hijos. ¿No es el sueño de todo padre tener hijos felices? ¿No queremos todos que esas pequeñas personas sean hombre y mujeres productivos e independientes? ¿No está en nuestra cabeza, desde el día que sabemos que seremos padres, el deseo de criar personas con vidas hermosas? Yo creo que sí. La forma de lograrlo es moldear con el cincel que son nuestras palabras esa arcilla tan hermosa que tenemos en nuestras manos.

Desecha aquellas palabras que actúan como misiles, las negativas, las desmotivadoras, las ofensivas, las limitantes y procura regar la fértil mente de tu hijo con aquellas que inspiren amor, que construyan, que halaguen, que motiven, que lleguen al corazón y hagan que crezcan las inmensas potencialidades que esa pequeña persona tiene en su interior.



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