El poder sanador de un beso

El inicio de un nuevo año no podría ser mejor pretexto para compartir algunas cosas que han rondado en mi cerebro durante todo el 2011. Un año donde las palabras “examen”, “craneotomía”, “pastilla”, “doctores”, “operación”, “seguro”, entre otras, pasaron a convertirse en lugar común, además de ser la primera vez que celebro un segundo cumpleaños.

El día 23 de diciembre de 2010, mi familia y yo vivimos un momento sumamente duro: fui víctima de un accidente en moto que casi me quita la vida. Haciendo un breve resumen podría contarles: sucedió al salir de mi último programa en la radio del año, un día que pensaba tomar vacaciones. Venía solo en la moto y sí tenía casco. Quedé totalmente inconsciente, no recuerdo nada de lo que ocurrió y no existen testigos capaces de darme una versión exacta de los hechos.

autorizaciondesalidaLo único que recuerdo es haber despertado 3 días después en terapia intensiva, entubado, sin poder hablar y con un dolor de cabeza insoportable, solo queriendo reconstruir las razones que me habían llevado hasta ese lugar. Cuando supe que había tenido un accidente, irónicamente, el primer impulso me llevó a revisar mis dientes, más tarde mis extremidades y finalmente supe que había sido sometido a una operación llamada ‘Craneotomía’. Que el impacto de la caída de la moto generó una hemorragia interna que aprisionaba mi cerebro, que estuve a un punto en la Escala Glasgow de haber quedado en coma o estado vegetal y que para curarme, en el lado derecho de mi cabeza había una gran herida con la obra de los médicos que se encargaron de que yo pudiera seguir analizando todo esto.

Fueron días difíciles de entender. Notar la angustia en los ojos de cada uno de mis seres queridos; la extraña sensación de sentirme un bebé, porque celebraban prácticamente cada palabra que conseguía articular; la visita inesperada de personas que tenía años sin ver, entre otras cosas, me fueron develando el milagro detrás de mi caso. Ya desde entonces supe que tuve mucha suerte.

Cuando pasas por un evento traumático de este tipo, donde te ves obligado a cambiar tu ritmo de vida, para dedicarte sólo a recuperarte, hay preguntas que no dejas de hacerte: ¿por qué?, ¿por qué a mí?, ¿qué debo aprender de todo esto?, ¿por qué ahora? Debo confesar que poco más de un año después, hay respuestas que aún no poseo. Pero lo primero que se develó ante mis ojos fue algo muy contundente: estar aquí es temporal y no puedes saber cuándo se acabará. Parece obvio, pero para mis efectos, esta afirmación no significaba nada poco antes.

El 2011 fue el año de la búsqueda. Hay quien suele creer, que tras historias como estas, las personas se convierten en ángeles sabiondos sobre los menesteres de la vida y la muerte. Personalmente, aún estoy detrás de algunas respuestas, pero sin duda alguna, haber estado tan cerca de la muerte, te abre el entendimiento sobre varios aspectos, te permite comprender la magnitud del milagro de estar vivos, te ayuda a reafirmar que la paz con uno mismo no se negocia y, en mi caso, una determinante lección: entender la duda, como un veneno para la vida.

vidaVarios meses antes del accidente, estuve pasando por una dura transición profesional y personal. Muchos de mis afectos fuera del país, la salida de una emisora en la que tenía más de 4 años de trabajo, algunas dificultades económicas, entre otras cosas. Fue un momento en el que realmente cuestioné mi vocación. En ese instante, tuve la oportunidad de tomar un camino aparentemente más seguro, pero también más infeliz para mí. Sin embargo, elegí la vocación. Esperé un poco y la nueva emisora llegó. Si la duda me hubiese vencido, si me hubiese conformado con un trabajo indeseado pero bien pagado, quizás no me hubiese levantado 14 días después del accidente, sin ver bien y con cierta dificultad motora, a hacer lo mío. Estar feliz y en paz conmigo mismo, deseoso de volver al ruedo, sin duda, fue un motor. ¿Qué habría pasado si, como tanta gente,  hubiese detestado mi vida o mi trabajo?

Pongo este ejemplo porque he visto en muchas personas, cómo se van los años pensando si tal o cual cosa será posible, postergando decisiones importantes, preguntándose si tendrán o no la capacidad de conseguir algo (sin siquiera haberlo intentado o haber tocado la puerta). Vivimos negociando asuntos fundamentales, posponiendo ese viaje que tanto quisimos hacer, estableciendo prioridades cada vez más absurdas, cumpliendo con tantos convencionalismos y compensando el tiempo perdido con vicios aún peores.

Tal vez no sea necesario pasar por una experiencia tan dura para reconsiderar algunos asuntos en la vida, por eso me gustaría invitar a quien esté leyendo y en una fecha que por costumbre, nos llama a reinventar (nos), a pensar si hay cosas que la intuición y el corazón nos indican y nos empeñamos en ignorar, esas que son realmente el motor de la vida. No soy consejero espiritual, terapeuta, ni nada que se le parezca, pero si deseo ofrecer mi experiencia de ejemplo, a quien pueda interesar.

Cada instante de la vida es único y queda grabado en nuestro historial, como en el muro del Facebook. ¿Qué hacemos con ellos?, ¿Los desperdiciamos, aprovechamos, ignoramos?.

La foto que acompaña esta nota, fue tomada pocos días después que me dieron de alta, y quien me da el beso es mi mamá. El espíritu de estas líneas se resume en esa imagen, en el poder sanador de un beso, ese beso que podemos darnos a nosotros mismos este 2012, con todo lo que implica: confianza y seguridad en nuestro poder e intuición. Vaya este beso, que te ayude a sanar y descartar la duda de tu vida.

Es hasta hoy lo que pienso y he aprendido. No sé si tengo razón, pero ya decía Borges, feliz quien no pretende tenerla porque, nadie la tiene, o todos la tienen.

¡Feliz año nuevo!



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