El precio de la felicidad

El precio de la felicidad

La vida, a veces, parece una carrera de obstáculos. Mil cosas que se atraviesan en el camino para que alcancemos lo que la mayoría de las personas afirma buscar eso que llamamos «felicidad».

Pero hay algo igual de cierto, la mayoría de las veces el primer obstáculo para conseguirla somos nosotros mismos. Tal vez cuando leas esto pensarás que estoy loco. No te quito razón. No suena lógico pensar que una persona que trabaja cada día de su vida, que tal vez tiene hijos o que estudia, que va al gimnasio, que cumple todos sus compromisos sociales, que cuida, quiere y honra a sus padres, que atiende a sus amigos, que visita a sus abuelos, es un obstáculo en sí mismo para ser feliz.

Ciertamente, te estás esforzando bastante. Eso tiene su mérito. Es probable que seas el nieto o el hijo preferido, seguramente ganas buen dinero para el promedio, a lo mejor no tienes una panza prominente, tal vez en el corto plazo alcanzarás una meta académica. Esa es tu recompensa.

La pregunta es: con todo eso, con más o menos, ¿eres feliz?

Si la interrogante te causa escalofríos, seguramente eres el caso típico de alguien que se ha convertido en el obstáculo de su felicidad, básicamente porque no te sinceras contigo en algunos aspectos.

Tal vez detestas los almuerzos con tus padres, odias la rutina del gimnasio, tus amigos te pesan más de lo que te alivian. Tal vez hasta escogiste tu profesión por las razones equivocadas. Y aunque hagas «todo bien» o te esfuerces por ser un modelo virtuoso de la sociedad, eres, por encima de todas las cosas, un ciudadano ejemplar y la piedra de tu zapato.

¿Estás dispuesto a pagar el precio de ser feliz? A veces implica que no todo el mundo te quiera tanto, escuchar más tu voz interna que las palabras de los demás, implica esforzarse un poco más, tomar el camino poco convencional, caerse y levantarse, con certeza y sin dudar.

Implica, en resumen, ser #UnTipoSerio (a).



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