El proyecto de vida, las decisiones financieras y la calidad de vida

Hace 15 años, Katherina tenía un novio en su barrio, cuya relación con el tiempo se fue disipando, tomando cada uno su rumbo. Katherina apenas comenzaba la universidad en ese momento, cuando terminó con su novio Mauricio. Ella proviene de una familia sin educación, pero con alto sentido de independencia y autosuficiencia, mientras que él proviene de una familia igual sin educación, pero con un alto sentido de protección familiar, hiper-solidaridad y con el principio de “donde come uno, comen tres y hasta cinco”.  Como es de esperarse, Katherina se graduó, ahorró, invirtió, viajó por el mundo, progresó, se mudó y hasta apartamento con piscina tiene hoy. De Mauricio no se sabe mucho, solamente que se casó, tuvo 3 hijos y que sigue viviendo en casa de sus padres (antes de sus abuelos y antes de sus bisabuelos), con su familia completa, compuesta por 5 personas + la familia de su hermano… no se le conoce profesión, ni patrimonio personal.

Sin ánimos de evaluar la valía de las personas por sus posesiones materiales (porque siempre valemos más que lo que tenemos, pero lo material – bien obtenido – siempre refleja cuánto nos autovaloramos), este artículo trata entonces, del efecto que tienen los valores que se transmiten de una generación a otra en una familia, y de cómo esto influye sobre las tres cosas que habla el título: Proyecto de Vida, Decisiones Financieras y Calidad de Vida.

De la biología hemos aprendido que solemos heredar ciertas características biológicas familiares: el color de piel, el tipo de cabello y el carácter. En algunos casos podemos cambiar parte de esas herencias, y en algunas otras no. Pero, así como las biológicas, también heredamos las psicológicas: los valores, las creencias, las formas de producir, la forma de utilizar el dinero, y las prioridades de vida. Lo interesante es que, a diferencia de las biológicas, las herencias psicológicas son totalmente cambiables, siempre que decidas trabajar en ello.

Por regla general, las culturas y las familias donde los lazos afectivos tienen prioridad antes que la independencia, existe un apego incondicional que no deja a los polluelos desarrollar las alas, porque es familiarmente visto como una traición a los padres: te prefiero en casa con la descendencia completa, pero te tengo cerca y es lo que a mí me importa y me satisface como madre/padre. Este tipo de familias son las típicas de padres que se matan trabajando pero no dejan que sus hijos salgan a trabajar, no inculcan la autosuperación por el temor inconsciente de ser “abandonados” y los prefieren sin nada, pero pegados de la falda de su mamá.

Obviamente, estos hijos hiper-protegidos crecen sin conciencia productiva, sin ambición, sin proyecto de vida y con la única creencia de que el lugar más seguro para establecerse es haciendo una pieza en la parte de arriba de la casa de sus padres (y la lista de excusas ante la falta de independencia se cultivan en el “locus de control externo”, es decir, la culpa la tiene cualquier otro, pero no ellos)…. Al cabo de un tiempo, ni aprenden a producir,  ni desarrollan inteligencia financiera; viven el día a día, se gastan lo que tienen en loterías, caballos, bingos, cervezas, y generan entonces una imagen para sus propios hijos de que eso está bien (porque los hijos crecemos pensando que nuestros padres siempre hacen lo correcto), y ciertos valores comienzan a repetirse en la generación siguiente. Ese tipo de padres son los que, aunque los quemen vivos, siempre van a jurar que hacen lo mejor por sus hijos, aunque claramente se vea que el ejemplo, ese que copian los hijos sin pedir permiso y sin ir a la escuela a aprenderlo de un libro, atenta considerablemente contra su futura calidad de vida.  Lo psicológico se hereda también, aunque no lo podamos apreciar al vernos en el espejo.

Una vida de calidad es la consecuencia de un proyecto claro de vida, de decisiones financieras inteligentes y de ambición, superación constante e independencia… y eso es algo que puedes corregir sin importar de donde vengas y que puedes aprender a inculcar en tus descendientes, aunque hayas vivido con creencias y valores diferentes.

Esta semana, me tomaba un vino con Katherina mientras admirábamos los cisnes pasar en el canal frente a mi casa, cuando ella me comenta: te cuento que me conseguí con Mauricio en la salida del centro comercial…. Estaba lloviendo y él llevaba a sus hijos corriendo bajo la lluvia, en dirección a la estación del metro…. Yo iba en mi carro, acaba de salir del spa. Lo ví envejecido, demacrado… no es el mismo que yo conocí hace 15 años… Es una lástima que siendo tan trabajador y tan buen hombre, se haya conformado con tan poco en la vida.

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Historias como la de Mauricio, sus padres y sus hijos se repiten por ahí, y es seguro que ni siquiera ellos mismos sepan que son herederos del conformismo… por eso no olvides compartir esta historia, pues tal vez alguno se sienta identificado y decida salir de esa vida que vive «de a poquito”.

 



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