El regalo de la generosidad

La generosidad tiene un efecto incalculable en nuestra vida. Desde nuestra corta visión humana creemos que al ser generosos estamos ofreciendo un beneficio a otro, cuando en realidad el regalo más grande lo estamos recibiendo nosotros.

La generosidad, cuando es honesta, nos abre el corazón, un espacio que solemos mantener cerrado gran parte de nuestra vida. Y con el corazón abierto, podemos ver más claro, transitar los miedos sin enredarnos, valorarnos, aceptar, usar nuestra poderosa capacidad de amar. ¡Muchas cosas!

Cuando se acerca alguien que me pregunta cómo salir de sus temores, cómo ser mas valiente para aceptar una responsabilidad o hasta para perdonar, les digo que comiencen a practicar la generosidad. Como puedan, donde se presente una oportunidad, que no dejen pasar la oportunidad de ser generosos.

Ofrecer más de lo que esperan de mí. Dedicar, de corazón, un tiempo a una persona que lo necesite. Para lo que sea, como sea, pero trascender el egoísmo de justificarnos en no tener tiempo o la falta de conocimiento. De renunciar a usar todos los recursos para mí, para compartirlos. De salirme de mi espacio cómodo para ofrecerle esa comodidad a otro.

Pensamos que al hacerlo vamos a sufrir. Pero es imposible que ofrecer amor vaya acompañado de sufrimiento. Si sufrimos, quizás estemos dando algo pero con especulación, con miedo. Y esto es otra cosa, no es generosidad.

Cultivemos este habito, convirtámoslo en una práctica. Es tan simple como dejar de pensar solo en nosotros para incluir, frecuentemente, a quienes comparten nuestra cotidianidad. No me olvido de mí, pero tampoco me olvido de ti.

Y, después de practicarlo, volvemos a pesar nuestros problemas en la balanza para darnos cuenta de que perdieron peso, que ahora podemos ver más claramente lo que antes era un problema y que nuestra razón de estar en el mundo es más valiosa de lo que habíamos imaginado.

 



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