El sano ejercicio de tragarte tus palabras

A todos nos gusta tener razón. De hecho, dedicamos bastante energía a conseguirlo sin pararnos a pensar que tener siempre razón es aburrido y bastante incómodo.

Imagínate por un momento que siempre tuvieras razón. Serías insoportable, como la típica doña perfecta que nunca se equivoca, ¡uf, qué horror! Todo el mundo vendría a pedirte consejo, sería agotador, demasiada responsabilidad y, además, perderías la increíble oportunidad de aprender de tus errores. Conclusión: menos mal que nadie tiene siempre la razón, mejor que mejor.

Sin embargo, nos empeñamos en salirnos con la nuestra, en convencer al contrincante de que se equivoca y de hacer de esto una condición permanente, aun al costoso precio de perder una buena ración de paz, porque con frecuencia esa lucha de poder, que gana el que acierta, conlleva perder demasiado tiempo en convencer al otro de tu postura y sumergirte durante horas en una dolorosa situación de desencuentro. Eso, sea en familia, en pareja o en lo laboral, hace daño, deja huella y resulta agotador. No sé hasta qué punto merece la pena, pero eso es otra historia.

Al final, con este empeño estéril, nos negamos a nosotras mismas la increíble y sana experiencia de tragarnos nuestras palabras y saborear las deliciosas consecuencias de cambiar de opinión.

Cuando cedes, aprendes que no eres perfecto, aprendes que tienes que aprender –valga la rebuznancia– y de hecho, aprendes. Consigues además vivir experiencias nuevas que antes te estabas negando e incluso la imagen de ti misma puede cambiar, tanto para los demás como para ti, pues quien tiene la humildad de rectificar adquiere curiosamente esa aura de sabiduría que a todos nos gusta.

Antes de ser madre lo tenía clarísimo permitiéndome incluso el lujo de opinar. Había dibujado el cómo, dónde y porqué de las decisiones que ya había tomado, incluso antes de saber realmente de qué estaba hablando, y de ahí no me movía. Hoy saboreo con gusto esos cambios de opinión que me han hecho disfrutar de mi maternidad de una forma infinitamente más agradable, relajada y deliciosa.

No soy nadie, pues, para decir a ninguna de ustedes cómo lo tienen que hacer, así como disfruto cuando no me lo dicen a mí; pero cuento mi experiencia, por supuesto, después de dejar de escuchar a todo el mundo, leer de todo, y aferrarme con mucha fuerza a lo que había aprendido de otras fuentes, para escuchar solamente el latido de mi corazón y el del papá en cuestión, para trazar nuestro camino, que solo puede ser nuestro, y hacer de esta experiencia increíble de la maternidad algo hermoso en vez de una tortura.

Repetí mil veces que no compartiría cama con mi bebé por un montón de razones perfectamente lógicas, y lo tenía más claro que el agua. Hasta diseñé una cuna que pegué a mi cama para que fuese el paso intermedio antes de mandarlo a su cuna oficial. Y es preciosa, perfecta junto a mi cama.

Hoy el pequeño tiene su espacio propio en nuestra cama, nada proporcionado a su tamaño, ni mucho menos. No porque sea más cómodo durante los primeros meses de lactancia, ni porque me resulte difícil dejarlo tan lejos de mí en su cuarto donde no lo puedo ver, sino porque deseaba ser madre para comerme a bocados a mi niño, inundarlo de amor y abrazos, y deleitarme en el placer de verle comer, dormir, sonreírme y cualquier tipo de interacción de la que fuera capaz. Así, al final, perdió sentido alejarlo a su cuna y privarme de esos placeres si eran ellos precisamente los que quería vivir. Y me tragué mis palabras.

Abandoné la lucha por aquellas creencias y las cambié para dejar que mis sensaciones me guiaran. Olvidé los “cuidado que se acostumbra” para pasarme a la crianza con apego. Y ahora, el sabor de mis viejas palabras me deja vivir mi vida y esta experiencia disfrutándola infinitamente más. Cada vez que mi niño me da una patadita o un manotacito con su pequeño cuerpecito, sonrío. Siento que por fin estoy disfrutando ese sueño que atesoré durante tanto tiempo.

Si no hubiese hecho el ejercicio de reconocer que me equivoqué y hubiese continuado empeñada en hacer aquello que me había planteado tantas veces, probablemente este tiempo tendría más sabor de pesadilla, desvelos y angustia del necesario y eso no tiene ningún sentido.

Este es solo un ejemplo y es solamente mi vida, pero, si dentro de ti, en la intimidad de tu soledad, en el silencio de la noche sospechas que algunas palabras dichas se pueden incluir en el menú del día, ponte a prueba y no te lo pienses más. Nadie nace sabiendo, errar es sano y humano, y ese error podría llevar escondido el mejor descubrimiento de tu vida.



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