El silencio de ellos

“Me dejó sin motivo alguno, al menos yo no he logrado que me diga por qué lo hizo. Un día simplemente me dijo que no podía seguir casado conmigo, y no solo se fue de mi vida, se fue del país y no he sabido más nada de él. Nos divorciamos y ya”.

Lo cuenta tranquila, pero cuando se sabe que años atrás este señor fue a buscarla tres veces para insistirle que su amor era real y rogarle que dejara el convento al que había entrado feliz porque quería ser monja de clausura -de esas que pasan el día entero en contemplación y orando- mi mujerabilidad se paraliza y respira para no caer en la típica indignación que no deja paso al razonamiento.

Ella –bella, inteligente, profesional y simpatiquísima- había cambiado a Dios por él, decidió dejar su vocación religiosa por la de construir una familia y se quedó a mitad de camino.

Detrás de la tranquilidad que dan el par de años que han transcurrido, todavía se puede intuir su incomprensión, pues un buen día dejó de hacerle el amor, y un tiempo después, aquella necesidad de que ella fuera la mujer de su vida dejó de existir, sin la más mínima explicación.

Y allí está el punto, ¿cómo luego de tanto empeño, un hombre es capaz de salir huyendo, como un niño atemorizado de que lo castiguen encerrándolo en una relación que no quiere más?

¿En qué parte de la educación de tantos hombres se pierde el contacto con la responsabilidad y el compromiso en los momentos difíciles? Son muy masculinos para enfrentar desafíos, ganar batallas y ser exitosos, pero entran en pánico cuando hay que asumir un error emocional, y su silencio –incomprensible para el lado femenino del mundo- nos daña mucho más que cualquier acción en nuestra contra.

Creo que el silencio de ellos es una de las formas de abuso psicológico más dañinas y poco analizadas. Nuestra mujerabilidad se empequeñece ante la ausencia de razones y nos lleva a buscar la culpa en nuestras acciones.  Cuántas veces no nos hemos preguntado ¿qué hice mal? ¿Será que no fui lo suficientemente buena pareja? ¿Si lo hubiera complacido más, no se habría ido? Y la lista de angustias se hace interminable, porque no conocemos la verdadera razón para el abandono.

Estoy segura de que se trata de un patrón aprendido en la infancia, proveniente de modelos de sus padres y madres, de la falta del llanto en sus vidas, de la cultura de “ocultar o mentir para no herir”, cuando es exactamente lo contrario.

Si bien es cierto que para que estas situaciones ocurran, hace falta que nosotras pongamos el 50% de la responsabilidad, también siento que es nuestro deber alzar la voz y hacerles comprender la importancia de las explicaciones válidas y de la verdad emocional.

Todos tenemos derecho a cambiar, a dejar de sentir amor, a agotarnos de una relación.  Pero, así como algún día llegaron a querer compartir sus vidas con las nuestras, buscaron las palabras más bellas para conquistarnos y las explicaciones más convincentes para que decidamos por ellos, los invito a reflexionar y salir de ese silencio, porque las heridas que causa –sumado a las consabidas mentiras- son con creces peores que las ocasionadas por las verdades.

En definitiva, existen formas de terminar una relación sin herir más de lo que ya hiere el fin. Este reto inicia cambiando los patrones desde la educación de nuestros hijos, para que conviertan estos terribles silencios en palabras asertivas que reducen los daños y nos llevan a construir relaciones más sanas y duraderas.



Deja tus comentarios aquí: