El sol sale en la cara de mi niño

Antes de que mi hermano vendiera su apartamento de la playa, pude ir con mi esposa y mi hijo a pasar un fin de semana fuera del agite citadino. Ya en la costa, la costumbre de despertar a diario tan temprano, me hizo abrir los ojos de madrugada, en ese preciso instante en que la noche anuncia su fin e inicia el lento proceso hacia el día, como si Dios con un gran dimmer empezara a girar la perilla que devuelve la luz paulatinamente.

Desperté como ya es costumbre: con mi hijo en mi cama, sus pies en mi pecho y su cabeza en la panza de su madre, desparramado, relajado y sintiéndose a salvo de los monstruos y dragones que dejó atrapados bajo la cama de su habitación.

A esa hora, algo así como a las 5:20 de la mañana, comenzaban a despuntar los primeros rayos de sol que pintaban un escándalo de colores en el cielo como regalo para aquellos insomnes, amantes furtivos, corredores o transeúntes que ya a esa hora están fuera de la cama. Pero cuando iba a darle el infaltable beso a mi hijo mientras dormía profundo, pude ver en su carita aquellos colores que advertían un espléndido amanecer. Era como si su rostro fuera una gran pantalla de cine en la que se proyectan distintos haces de luz. Fue un momento muy especial pues en apenas segundos descubrí que era mejor ver aquella mezcla de azules, rojos y anaranjados en la frente, párpados y nariz de mi pequeño que voltear a mirar el sol que aparecía a fuego lento. ¿Quién lo iba a decir? Me pregunté en silencio, que preferiría ver uno de los espectáculos más bellos del planeta de manera indirecta, como en un espejo, pues el reflejo se mostraba mucho más atractivo que la imagen original. Deseé ser poeta en aquel momento para poder describirlo con exactitud.

Es una reflexión cierta y sin sentidos figurados. Tan simple como contundente. Los hijos nos sacan del egoísmo natural para hacernos capaces de dar la vida por ellos, si es necesario. Son nuestros espejos y en sus ojos miramos nuestros temores, nuestras fallas y nuestras dudas. Pienso que debemos ofrecerles un amor auténtico e incondicional. Pero en mi caso también me ha ocurrido que dicho reflejo me ha invitado a transformarme en una mejor versión de mi mismo. Mejorar para mejorar a nuestros hijos.

Pero al parecer no he cambiado el egoísmo inmanente al ser humano. Porque en todo caso no quise compartir aquel momento con mi esposa que también dormía plácidamente; mucho menos despertar a mi niño para decirle “epa, no sabes lo bello que se ve el amanecer en tu carita”.



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