El tiempo se despide

La humanidad se encuentra en una encrucijada como especie, por primera vez, desde el siglo XX, poseemos la capacidad de destruir completamente el planeta, varias veces, además de un variado arsenal necrofílico que incluye armas biológicas  y químicas. En este contexto, hablar del futuro, podría ser  una irresponsabilidad, si no modificamos en el presente, estilos de vida y modelos de desarrollo. Esta cada vez más claro que el progreso, progresa solo, con indiferencia respecto a la vida y su calidad cada vez más deteriorada. Cuanto más progresamos, estamos peor, es decir, un poco más de progreso y estamos perdidos.

Los faroles  del optimismo, se encienden con frecuencia en  la oscuridad de esta época, las oportunidades de cambio vienen hasta la antesala de la vida y se marchan, al constatar  que estamos guiados por líderes ciegos, enfocados en no ver más allá de su propio ombligo, manejando un discurso que parece un pergamino cilíndrico, que rueda en sus manos periódicamente, ofreciéndonos lo mismo de siempre con otras palabras. Ya el célebre Borges  nos advirtió que  la democracia, es el abuso de la estadística. Comienzo a dudar   de la legitimidad de ladecisión de la mayoría,  en escenarios en los cuales la opinión publica, se fabrica en función de intereses. Lo que pensamos, ya no proviene de espacios de reflexión personal ni de  círculos donde se debate argumentos, mayoritariamente se dice lo que  nos dicen, desde la publicidad o la propaganda. Podemos ser optimistas, pero no tanto,  precisamos con urgencia gestar cambios estructurales, antes que sea demasiado tarde.

Es el siglo XXI y a pesar de tanto despliegue tecnológico, no podemos ignorar  que la oscuridad permanece; los días transcurren, ajados por la  frivolidad, el consumismo está saludable, las economías, luego de eventuales crisis, continúan creciendo, al mismo ritmo que la calidad de la vida decrece. Las utopías de los sesenta están derribadas junto al idealismo político de los setenta, ese entusiasmo encarnado por las masas, que  en Latinoamérica tuvo  la fuerza para derribar dictaduras, en su reemplazo, aparecen diversas formas de pragmatismo  carente de principios  y en las multitudes, indisimulable indiferencia. La política parece estar enferma de corrupción sin terapia posible. Ante este panorama, la gente opta por el nomeimportismo que coadyuva a quien  busca aprovecharse de los bienes públicos, impunemente.

Y mientras la danza de intereses continúa, el  galopante ecocidio avanza en su vocación destructiva, las nuevas generaciones crecen con cada vez menos probabilidad de tener  mejores condiciones de vida. Está claro que no se puede mejorar sin apostar por grandes transformación estructurales que comiencen  en cambios internos. la humanidad se convulsiona, la civilización occidental se hunde, el efecto Titanic hizo que se creyera inmortal y ahora se cae a pedazos. La crisis política tiene detrás a la crisis financiera que esconde la crisis ecológica que tiene en el fondo la crisis existencial. El hombre extravió su rumbo y se limitó a objetivos de corto plazo y se engañó imaginando explotar recursos limitados indefinidamente y cerró los ojos a los efectos colaterales he invento para sí mismo un estilo de vida consumista que termina consumiendo al planeta y a los consumidores y que para continuar funcionando, requiere de cárceles cada vez más grandes y nuevos manicomios.

Quizá tengamos que repensarlo todo, cambiar nuestro paradigma, cambiar incluso la forma de cambiar. La historia nos ha enseñado que cambios externos resultan insuficientes, hacer una revolución como las que ya vimos, es acuchillar al espíritu transformador  e inducir a la gente a la resignación. Precisamos un hombre nuevo y ello será fruto  de una revolución interior que  incluya un reaprender a vivir. Precisamos un mundo más humano y ecológico, donde la vida sea lo más importante, donde la diversidad sea celebrada y la mujer ocupe un nuevo rol. Necesitamos un nuevo modelo de sociedad, en el cual la felicidad sea principio constitucional, la salud más que un derecho, un deber y la contaminación un delito. Precisamos recuperar la capacidad de soñar y  la tranquilidad de marcharnos sabiendo, que las nuevas generaciones, heredaran un mundo en el cual su bienestar, este garantizado.



Deja tus comentarios aquí: