“Ella era como ninguna”

Era una celebración formal y feliz, con abuelos, tíos, nietos, vecinos, coleados y ella. Llegó en un vestido exuberante de bajo presupuesto, con pretensiones de miss.

Aquella gran cantidad de piel expuesta causaba estupor a las damas, y hasta los más conservadores volteaban los ojos en tirabuzón para observarla, sin importar que sus esposas, novias o hijas estuvieran a su lado.

Ella sabía que no era precisamente bienvenida; su mirada baja, su media sonrisa, su no conversación, mezclados con altivez, cabellera y maquillaje, se convirtieron en alaridos de “¡Aquí estoy yo, mírenme!”. Y lo logró.

A sotto voce la pregunta horrorizada tenía mil respuestas que pretendían ocultar su obvio carácter de pre-pago -la forma moderna de definir a las damas de compañía por cuyos favores los hombres ponen billete sobre billete-.

Debo reconocer que mi mujerabilidad se sintió vulnerable y que no me enorgullezco de mi primera reacción. A medida que pasaba la velada, ella iba mimetizándose con los invitados y en algún momento hubiera hasta podido pasar desapercibida.

Quisiera afirmar que fui elevada, que no la critiqué, que no sentí ganas de reclamarle a él que su trabajo sea manejar mujeres, pero confieso que su presencia me consternó.

Las razones que llevan a tantas mujeres en el mundo entero a irse por la vía “fácil” pueden ser incontables, pero me pregunto ¿es realmente fácil tener una relación sexual con alguien con quien no hay relación sino transacción? ¿será verdad que no les importa? ¿será cierto que ellas optaron por este camino porque les gusta?

Mi mujerabilidad intuye que en muchos casos ocurre como en aquella canción de Yordano en el que ella era como ninguna, él hacía cualquier cosa por dinero y el coro decía “y lloró y lloró y lloró y lloró, desde aquel día no paró”.

Creo que si fuera fácil serían felices, creo que la prostitución es una de las expresiones más dramáticas del materialismo extremo, creo que para la autoestima y la conciencia espiritual de los involucrados hay mucho camino por recorrer.

Esta experiencia me hizo recordar la historia –absolutamente real y de hace pocos años- de un hombre asiduo a clubes exclusivos de cita, quien llegó a uno del que era cliente habitual y solicitó algo único: una muchacha de alto nivel y virgen, no quería una de barrio.

Pasó un par de semanas esperando, porque lo que pedía no era fácil, hasta que le presentaron la fotografía de la susodicha. El “caballero” terminó en la clínica con un infarto porque le ofrecieron a su propia hija.

Estas y miles de historias duras y complejas de comprender respecto a las relaciones hombre-mujer podrían hacernos sentir derrotados y pensar que no conseguiremos caminos para construir un mundo en el que haya más amor y menos dolor. Sin embargo, soy optimista y creo firmemente en que si alguno al leer estas o cualquier otra historia, reflexiona y se aproxima al otro desde la compresión, buscando la forma de que tengamos relaciones y no transacciones humanas, entonces, el Amor concreto será cada vez más una realidad que nos permita vivir en la armonía que anhelamos.

 



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